La fogata.

fire-2071860_960_720Yo creo que algunos apegos pueden detener la marcha. Incluso, la marcha del deseo de morir, pues se sabe que, cuando se tienen apegos, son precisamente ellos, los apegos, los que impiden un desenlace fatal como el del suicidio, por ejemplo. Cuando me apego a la vida, disfruto cada momento de mi existencia, porque le encuentro sentido o para qué.

Hay apegos adecuados y otros inadecuados. La sabiduría consiste en identificar cuáles son los más beneficiosos para enriquecer la vida emocional, en vez de minar las reservas de mi alegría.

Recuerdo hace muchos años, en un paseo a Coveñas, la manera deliciosa y espontánea, como decidimos encender una fogata, repartir cervezas muy frías y con ayuda de guitarras y percusión, cantar hasta el amanecer, a la orilla del mar.

La experiencia fue inolvidable. Los que estábamos allí reunidos, disfrutamos ese momento de profunda hermandad, con música interpretada por nosotros mismos, en un ambiente festivo y vacacional, que servía de marco a nuestro espíritu libertario y bohemio.

La inspiración brotaba por todas partes, el aire caribeño, la brisa y el sonido del mar y la compañía grata de amigos y familiares, se confabulaban esa noche para crear un espíritu de amor, felicidad y energía desbordante, simplemente por el placer de vivir, mientras la luna se acostaba a dormir, lo que nosotros no pudimos.

Sin embargo, un año después, pretendimos hacer lo mismo, pero no resultó. Y la explicación a este fenómeno fue sencilla…porque estábamos apegados al momento vivido en el pasado, sin permitir la novedad del momento presente, que siempre trae, emociones y sentimientos diferentes.

A este tipo de apegos, me refiero como paralizantes del proceso de crecer y madurar. Apegarse a un momento vivido, al cuerpo imposiblemente perfecto, a la belleza que va destruyendo los años, al dinero que tiene leyes de abundancia y escasez, a la opinión de los demás tan incierta y amañada, y sobre todo, apegarse a las personas que tienen derecho a vivir sin mí, es inadecuado, en tanto no reconozca la naturaleza cambiante y dinámica de ellos.

Así como apegarse a cosas materiales, temporales, superficiales que alimentan al ego, a la vanidad o al orgullo… no tiene sentido.

Todo cambia en el Universo, yo mismo cambio constantemente, para dejar atrás al hombre viejo, el que ya he vivido, para reemplazarlo por el hombre nuevo, el que estoy por vivir.

¿Entonces cuál es el apego que tiene sentido?

El apego a la tarea por hacer. A la misión por cumplir, al destino a donde quiero llegar, a la suerte que quiero crear, al deseo de lo que está por venir, porque, al fin y al cabo, lo he construido.

Apego a sueños e ideales. A causas sociales y naturales en pro del mejoramiento del planeta. A proyectos colectivos cargados de fe, esperanza y caridad. A dejar huella productiva, diferente a la huella de carbono.

Apego a la libertad de los amigos, cuando quieren volar, lejos de nosotros. Apego al respeto por las decisiones de los hijos, cuando desean hacer su vida, porque es el momento adecuado. Apego a la verdad conmigo mismo, que todo lo aclara y disipa, frente a la angustia que genera el vivir en un mundo de mentiras, construidas para guardar una imagen frente a los demás, porque se buscó equivocadamente la aprobación de los otros.

Definitivamente, yo creo que, en mi vida he disfrutado muchas fogatas…algunas de las cuales, es mejor dejarlas pasar… pues no debo apegarme.

Asuntos inconclusos…

Yo creo que es importante cerrar ciclos, y evitar, en la medida de lo posible, asuntos inconclusos.

Con el pretexto de: “lo voy a hacer luego”, vamos postergando la tarea, que en la mayoría de los casos no es agradable, pues precisamente, por no enfrentarla, vamos dejando que pase de largo y lo más grave es que creemos que no va a volver a aparecer. Pero como por arte de magia, siempre se las ingenia para hacernos figura y reclamarnos el proceso de cerrar.

Lo mismo pasa con las heridas del cuerpo. No se cierran si todavía no se ha hecho un proceso de sanación. Y requieren de un trabajo doble y duelen hasta que se encuentra la cura y entonces se cierran, por que ¡la naturaleza es sabia!

De la misma manera, nuestra psicología requiere de los procesos de cierre. Y con solo hablar de ellos y enfrentarlos y mirarlos desde distintas ópticas vamos entendiendo, el porqué y el para qué de las cosas y el mismo pensamiento va tomando conciencia y el darse cuenta es la consecuencia lógica.

Sin embargo muchos jugamos a las escondidas con nuestros propios asuntos. Y al hacerles el quite empeoramos el cuadro.

Se necesita ser valiente y exorcizar todos los fantasmas generadores de miedo, por que en el fondo, asustan más de lejos que de cerca.

Nos enseñaron a no enfrentar. Nos mal-educaron en el camino de las auto-confrontaciones y nos dijeron que era hasta peligroso hacerse preguntas problematizadoras en torno al sí mismo.

Por eso cuando vamos a una terapia, nos molesta tanto que nos hagan preguntas difíciles y nos asignen tareas complejas; porque nos debemos reconocer ignorantes de “nosotros mismos” y del proceso de crecer, a partir del diálogo interno, por supuesto, ayudados por otro.

Se trata entonces de facilitar el camino, con alguna que otra parada reflexiva, para cerrar asuntos inconclusos y de esta forma vivir al día con nosotros mismos.

Cuando sea grande…

Yo creo que esta pregunta típica, ¿qué quieres ser, cuando seas grande? se la formulamos a los niños cuando los invitamos a proyectar su futuro.   

Algunos responden con la profesión o actividad que hasta el momento les ha impactado más; respuestas como policía, bombero, piloto o astronauta son comunes.  Sin embargo muy pocos responden: ¡quiero ser un buen papá o una buena mamá como tú! 

Algunos incluso piensan en su futuro económico: viajar, conocer otros paises, hablar otros idiomas y ser famosos… pero proyectos de vida como ser buen esposo, buena novia, excelente padre de familia… pasan a un segundo, tal vez, último plano.

En cada momento de nuestro desarrollo como personas, debemos hacernos preguntas básicas en relación con el futuro.   

Sabemos que el futuro se construye desde el presente, en el presente; y que, con las actuaciones de hoy, vamos dándole forma al mañana

Aprovechemos cada oportunidad para preguntarnos… ¿qué clase de papá o mamá soy? O ¿quiero ser?

¿Resistiría la evaluación de mis propios hijos? 

¿Qué programas y estilos, estoy repitiendo de mis  padres? 

¿Estoy a tiempo de cambiar

Recordemos que estamos perdiendo tiempoganando dinero. Tiempo valioso para compartir con los hijos, que apenas están un breve lapso con nosotros. 

De tal forma que si le preguntas a tus hijos… que quieren ser cuando grandes… él o ella puedan responder:… quiero ser una mamá o un papá tan excelente como tú.

Padre no es quien engendra un hijo…

Yo creo que padre no es quien engendra un hijo.

Desde la psicología, padre es aquel hombre quien, alimenta, educa, acompaña, brinda afecto, protección, ejemplo, a un niño o una niña. Esto significa que el abuelo, el tío, el hermano mayor, el novio de la mamá etc, se convierte en un modelo significativo para el niño y por lo tanto adquiere la función de padre.

Ser padre es una función, un proceso y un aprendizaje; por lo tanto, el hecho de aportar la semilla, no nos convierte automáticamente en padres. Se necesita algo más, que depende de nuestra vocación de servicio, que por supuesto nace del amor incondicional. Difícil palabra para quienes, su egoísmo, les impide entregarse concientemente, a esta tarea tan importante.

Los padres perdemos mucho tiempo ganando dinero.  Propongo entonces, que al menos un día a la semana, en nuestra agenda, separemos un buen rato para la junta más importante de nuestras vidas: encontrarnos con nuestros hijos, para verlos crecer, madurar y volar.