¿Soy libre?

pexels-photo-3284344Yo creo que mi libertad es relativa.

Y creo que hay distintas maneras de ser y estar libre pues, al fin y al cabo, no todas las libertades son iguales.

Durante estos días de encierro obligado por la cuarentena, he aprovechado para entrar en profundas meditaciones, en torno al tema de la libertad, debido a tantas restricciones para salir, compartir, abrazar, pasear y visitar familiares y amigos.

Por un momento, pienso en el reo o en el secuestrado e intento ponerme en su lugar y descubro que el problema no está en las paredes físicas, sino más bien en las barreras mentales que voy creando a mi alrededor, en este caso fruto del miedo, la ansiedad y la angustia de morir o causar la muerte a los seres queridos, posiblemente debido a mis comportamientos ausentes de autocuidado.

Se, que un secuestrado espera que se produzca un milagro. Entonces la fe y la esperanza son sus aliados permanentes, junto con las noticias positivas provenientes de sus seres queridos.

Esta pandemia me obliga a esperar el milagro de que por fin algún día, las autoridades sanitarias permitan la salida de mi cárcel temporal, construida a partir de los muros del terror, el pánico y la ansiedad. 

Me siento responsable de proteger la salud pública y privada, además del futuro de la economía y la estabilidad de mis actividades cotidianas y básicas en la hoy llamada “nueva normalidad”.

Allí es donde encuentro las diferencias en torno a la libertad. Si bien es cierto el cuerpo está prisionero, el espíritu puede volar en compañía del pensamiento, visitando el futuro, oteando el horizonte y soñando con la libertad añorada.

A propósito de este encierro, recuerdo un pasaje del logo-terapeuta Viktor Frankl, cuando en su famoso libro El hombre en busca de sentido, refiriéndose a su vivencia en el campo de concentración, dice que: “…en tales momentos no es ya el dolor físico lo que más nos hiere…sino la agonía mental causada por la injusticia, por lo irracional de todo aquello”.

Y más adelante Frankl añade que, el daño físico, era compensado por la capacidad de huir hacia el interior de sí mismo, pues era posible en tales circunstancias, desarrollar una profunda vida espiritual. “…eran capaces de aislarse del terrible entorno retrotrayéndose a una vida de riqueza interior y libertad espiritual”.

Concluye Viktor Frankl que al ser humano se le puede arrebatar todo salvo una cosa: – “la última de las libertades humanas, la elección de la actitud personal ante un conjunto de circunstancias para decidir su propio camino”-.

Entonces para mi es claro, que a pesar de las dificultades que pueda vivir, debido al encierro obligado, existe la posibilidad de encontrar mi libertad relativa en el interior de mi espíritu y que el cuerpo se convierte en mi propia cárcel si no he trascendido los límites del placer corporal y la condena o esclavitud que significa, vivir del cuerpo, por el cuerpo y para el cuerpo.

En definitiva el miedo a perder… es el principal carcelero. El miedo paraliza. El miedo deforma la percepción, me hace ver monstruos invencibles en medio del camino.

Es momento para dejar el miedo y enfrentar el destino y comprender que aquí y ahora este fue el mundo que me tocó vivir y que estoy en la tierra para aprender de todo esto.

Yo creo que estoy empezando a disfrutar de los placeres de la libertad del espíritu, cuando me permito soñar con un mundo donde la sensatez, el respeto y la responsabilidad estén presentes, porque han surgido de la conciencia colectiva y la sabiduría interior.

El dolor existe… y el sufrimiento es mi creación.

hombre-guapo-meditando-piso_23-2147791983Yo creo que en la medida en que va pasando el tiempo, en medio de esta crisis de la salud pública y económica, generada por la pandemia y la cuarentena, la angustia y la desesperación se van apoderando de aquellos a quienes les cuesta soltar.

¿Qué es lo que hay que soltar?

En términos generales, la propuesta consiste en soltar el pasado, para poder vivir en el presente, preparando el futuro.

Buda, decía que: – “El mundo está lleno de sufrimiento. La raíz del sufrimiento es el apego, por lo tanto, la supresión del sufrimiento está en la eliminación del apego”.

Al meditar estas palabras de Siddhartha Gautama, concluyo que me he llenado de falsas expectativas asociadas a lo que creo es la felicidad y por lo tanto he construido un panorama de falsas ilusiones, para respaldar mi propio mapa de creencias y para aferrarme a él y percibir el entorno según dicha cartografía distorsionada.

Por todo ello, ahora entiendo por qué los índices de ansiedad, estrés y depresión se han disparado, precisamente porque el encierro, sumado a una mente sin control, van creando pensamientos catastróficos, donde solo existen futuros apocalípticos, signados por la muerte, la desesperación y la desesperanza.

Si lo miro a nivel mundial, me pregunto: ¿Es factible ser y estar feliz en medio de las malas noticias, que hablan de muerte, quiebras económicas y escasez de recursos y empleo, más aún cuando la convivencia y el encierro han incrementado las crisis familiares y principalmente de pareja sin mencionar la violencia contra los niños?

Yo creo que sí es posible construir una propuesta de felicidad, a partir de una actitud proactiva inspirada por la esperanza. Estoy convencido de que nada es imposible para el ser humano que se atreve a salir adelante, movido por la certeza y la confianza en sus propias capacidades.

De esta salimos…si en el presente logramos un cambio, dentro de nosotros mismos, iluminados por un proyecto de vida, cargado de sentido y de vida futura.

Vivir aquí y ahora, es permitir que los eventos sucedan, porque tienen que suceder y observar, desde un silencio reflexivo, sin resistencia y sin forzar nada, ni tratar de controlar lo incontrolable.

En este punto el secreto está en renunciar a lo pasado y abrirse a lo porvenir sin miedos que paralicen la marcha hacia el futuro.

Es tiempo de desapego. Ya no es momento de aferrarse a lo perdido. Es ahora cuando se presenta la oportunidad para soltar y de esta forma liberarme y volar sin ningún tipo de lastre.
Anthony de Mello decía con frecuencia que: -la felicidad y la desdicha dependen de cómo afrontemos los acontecimientos, no de la naturaleza de los acontecimientos en sí mismos-.

Por lo tanto, el desapego se produce cuando soy capaz de despedirme del pasado con amor y aceptación, porque si logro esto, permito la llegada de nuevas experiencias para seguir creciendo como persona.

Se que, en lo profundo de mi interior espiritual, habita la perfección, que me permite sanar todo miedo, pesar o dolor.

Las cosas pasan como tienen que pasar, para mi aprendizaje y crecimiento personal.

Al final confirmo,  en estos momentos de cambio universal. que el dolor existe y que el sufrimiento es mi creación mental. Y este descubrimiento trae unas maravillosas recompensas: la paz interior, la serenidad y la capacidad incondicional para dar y recibir amor.

Destruir para construir.

nino-pequeno-que-pone-botella-plastico-bolsa-basura_23-2148309924Yo creo que los cambios que vienen son grandes y significativos.

La clave está en destruir para construir y de esta forma comenzar de nuevo, a partir de los aprendizajes adquiridos, como una preparación para los desafíos del futuro. De nada vale aferrarse a lo conocido. Es preferible y más inteligente, permanecer abierto frente a lo que está por venir.

Romper el paradigma de la comodidad no es cosa fácil, más aún cuando la cultura predominante, enseña a valorar lo superficial, desde el tener o el sentir placer, sobre el ser.

Ahora, más que nunca, ser persona, es mucho más importante que aparentar lujo, poder o fama. Definitivamente, tener valores como ser humano, será la verdadera riqueza.

Nada más aplicable para estos tiempos de crisis económica, que las palabras del Mahatma Gandhi cuando decía: -“Un hombre debería ser siempre más grande que lo que hace y más precioso que lo que posee”-. En este momento, el Covid-19 es el mejor parámetro para medir, el valor de la persona, independientemente de su capacidad económica, laboral o social.

En medio de este panorama de receso mundial, generado por la pandemia, retomo la visión futurista del escritor norteamericano Mark Twain, cuando haciendo una crítica a la sociedad de su época afirmaba: “la civilización es la multiplicación ilimitada de innecesarios necesarios”.

Vivo rodeado de posesiones innecesarias. Para nadie es un secreto que la economía de mercado busca motivarme como consumidor para que compre cosas que ni necesito, ni deseo. Y me doy cuenta de cómo esta inmensa industria del deseo me bombardea con llamadas telefónicas, mensajes subliminales y promociones tentadoras, pretendiendo que realice compras innecesarias, que en el fondo procuran llenar vacíos existenciales.

Entonces me pregunto: ¿Qué es vivir? ¿Cómo estoy viviendo? ¿Para qué vivo?

Gracias a este tiempo de aislamiento he aprendido a vivir mejor, con menos dinero. A vivir mejor con menos problemas de apariencia… ahora me mantengo con la misma pantaloneta y tres o cuatro camisetas que adoro.

A vivir mejor, consumiendo la comida que preparo en casa. A vivir mejor con menos contaminación pues llevo meses sin utilizar transporte que afecte el medio ambiente.

Yo creo que el secreto está en distinguir entre necesidades y deseos; porque una cosa es lo que necesito y otra muy diferente lo que deseo.

Con esta cuarentena he descubierto que el poder y la riqueza están en la capacidad para centrarme menos en la apariencia material y fijarme más en la calidad de las relaciones con las personas.

Ahora la clave es renunciar, para poder ganar la vida. Este proceso se da como consecuencia de la nueva percepción frente a los signos e invitaciones para el cambio que trae la pandemia.

El proceso de duelo es obligatorio.

Destruir para construir, será la constante durante un buen tiempo; por lo tanto, la creatividad y la capacidad para desapegarme, serán las protagonistas para salir adelante aprovechando este vacío… fértil.

Beneficios psicológicos y espirituales de la cuarentena.

hombre-rostro-que-relaja-sillon_23-2147800039Yo creo que, este nuevo tiempo de aislamiento debido a la presencia del Covid-19 en su pico más alto, me ha servido para reflexionar sobre los efectos de la cuarentena en mí comportamiento y en el de los demás.

Décadas atrás, mis profesores destinaban largas horas de trabajo académico para explicar siete conductas humanas que debíamos observar y en lo posible controlar, para alcanzar los cielos del éxito personal en nuestros anhelados proyectos de vida.

Decían: -la lujuria, la ira, la soberbia, la envidia, la avaricia, la pereza y la gula son los enemigos de la sabiduría y la profundidad espiritual y de alguna manera nos condenan a permanecer atados a un mundo físico, relativo.

Ahora, con los tiempos que se avecinan, cuando pase esta pandemia, me pregunto con frecuencia, si la crisis económica que ya se insinúa, ¿me va a llevar hacia las “profundidades de la espiritualidad” cultivando en mí, virtudes como la templanza, la generosidad, la laboriosidad, la paciencia, la caridad y la humildad?

Al menos, lo que voy descubriendo a mi alrededor, me permite tomar conciencia de lo relativo del lujo y el placer; por ejemplo, ya estoy aprendiendo a disfrutar placeres muy sencillos.

Así mismo, frente a la posible escasez de comida, hoy consumo hasta el último grano de arroz servido en el plato, apreciando la generosidad del Universo y entendiendo lo poco importante que es poseer bienes materiales, frente a la primacía de la salud; He entendido que de nada vale tener dinero en el banco, si mis pulmones y mi sistema circulatorio están colapsados.

Al principio del aislamiento, la pereza la consideraba un premio, con todo el tiempo disponible para no hacer nada. Ahora me gusta estar ocupado, para darle sentido a mi existencia, haciendo tareas que valgan la pena, antes de morir.

Durante esta cuarentena, para algunos de mis amigos y allegados, la impotencia y los duelos por las pérdidas, han hecho que los pensamientos suicidas, la tristeza, la depresión y la ira, sean protagonistas durante este confinamiento, obligándolos a cometer actos de violencia física y verbal, dentro de los hogares y sitios de trabajo.

Entonces, en estos momentos, ni siquiera hay personas a quien envidiar. Lo más democrático que existe es una pandemia, pues toca a todos por igual, llevándonos a un lugar común, de pobreza, desesperanza, abandono e inseguridad.

Y la soberbia ya no aparece en primer plano. Por estos días, nadie es superior, ni más poderoso que otro, si lo miro desde la perspectiva del narcisismo o la vanidad. La peluquería, los cosméticos, la ropa de marca, las fiestas y reuniones sociales, los viajes de lujo, los buenos restaurantes, los paseos costosos a lugares exóticos y soñados, quedaron congelados en los avisos promocionales de los comerciantes, impidiendo demostraciones de poder adquisitivo.

Incluso, no es importante si uso un tapabocas de marca o uno hecho en casa, si los dos me protegen del virus enemigo. Además, prefiero el de bajo costo, por los ahorros que debo hacer.

Yo creo que es tiempo de profundidades espirituales, porque esta pandemia al menos a mí, me ha enseñado la importancia de la paciencia, la humildad, el desapego y la alegría, para enfrentar al principal enemigo:… el miedo a morir… desde el ego.

123