Hablar para sanar

cup-2884058_960_720Yo creo que la efectividad de la terapia está en la palabra. Hablar hace bien. Lo fundamental, es ser capaz de decir lo que hay que decir y no engañarse a sí mismo. La magia de este procedimiento radica en la verdad que se enfrenta al momento de hablar. Claro, el interlocutor es muy importante porque debe escuchar sin juzgar y mucho menos interrumpir el discurso, buscando la defensa. Continuar leyendo

Escapar…me aleja de mí.

directory-1495843_960_720Yo creo que vivimos escapando de la realidad. Entonces inventamos una gran cantidad de estrategias para la defensa. Con frecuencia nos decimos mentiras para evitar dicha confrontación en nuestro interior y así, nos escondemos en la superficialidad que ofrece el mundo de hoy, con el licor, las sustancias psico-activas y tranquilizantes, la comida, los lujos, el sexo, el placer por el placer, como si fueran anestésicos, para pretender que nada pasa, ni dentro ni fuera de nosotros mismos.
Salir huyendo es relativamente fácil, lo difícil es reconocer que a donde quiera que vayamos, la sombra nos persigue, porque ella existe, precisamente, debido a que no hemos resuelto asuntos pendientes que requieren cierre.
Los asuntos sin cerrar, a nivel emocional, se agolpan, debido a que somos procrastinadores de los temas psicológicos, y dejamos para más tarde lo que debe resolverse en el ahora. Y ese auto-engaño nos impide percibir la realidad tal como es, pues preferimos verla desde una óptica amañada y tendenciosa.
Elaborar un duelo, terminar una relación inadecuada, iniciar un proceso de cambio, aceptar el envejecimiento, propiciar un diálogo liberador con aquel miembro de la familia a quien no le dirigimos la palabra desde hace tiempo, para abrirnos al perdón, comenzar una terapia médica o psicológica, cambiar hábitos alimenticios, dejar un vicio, son algunos de los ejemplos más clásicos de asuntos pendientes de los cuales escapamos, sin éxito, pues el Universo se encarga de recordarnos permanentemente, nuestra obligación con nosotros mismos.
¿Si no es ahora…cuándo? Es la pregunta fundamental a la hora de iniciar la marcha hacia nosotros mismos, en vez de seguir en dirección contraria, en una huida imposible.
Yo creo que escapar me aleja de mí, y evita ese contacto obligatorio con mi mismidad, que es en definitiva el único camino para exorcizar el temor de establecer contacto íntimo conmigo.
Creo que cuando me confronto, me libero, pues confirmo que el camino no es para afuera, sino para adentro de mí mismo.

Soy persona, soy valioso, pero no conozco mi valor…

Yo creo que ser persona es algo valioso.

Yo creo que no sabemos realmente nuestro valor. Y esto se demuestra cuando permitimos que otros asalten nuestra dignidad. O cuando, con nuestro comportamiento, autorizamos a los amigos, familiares y cercanos, a que nos falten al respeto.

¿Y que es faltar al respeto? Es atentar contra lo más sagrado que el otro tiene o cree poseer.

Lo he visto en niños con actitudes tiránicas, quienes tratan a sus padres como si fueran iguales o incluso más pequeños que ellos mismos.  Como si los niños fueran los padres de sus padres.

Lo he percibido en conversaciones entre amigos, caracterizadas por el comentario desobligante contra la integridad moral del otro, sin estar este presente, para tener derecho a la réplica o a la defensa.  O cuando se escudan en la espalda del amigo, para que les haga el “cuarto” de turno, en desmedro de la ética, la lógica, el sentido común, o la verdad.

Lo que quiero decir es que con el pasar de los años he observando como la autoestima, la autoimagen, la autoeficacia y el autoconcepto se van diluyendo en el diario vivir. Y los conciudadanos del mundo vamos saltando límites y permisos y leyes para atropellar a los demás.

Cada uno de nosotros tiene un valor. Por el solo hecho de ser persona…eso ya significa que tiene un valor, Incluso histórico, porque nadie sabe el recorrido vital de otro y por lo tanto desconoce la riqueza de su vida, gracias a las experiencias y conocimientos que ha ido ganando en el proceso de vivir.

Yo creo que valgo, porque mi vida tiene sentido no solo para mí mismo, sino para otros, aunque ese valor sea subjetivo y sólo importante para quien con sabiduría, sabe apreciar y valorar.

Las apariencias engañan…

Yo creo que las apariencias engañan.

A primera vista, juzgamos a los demás de una manera rápida y sin profundidad. Decimos cosas terribles de los otros, gracias a nuestra desbordada imaginación o ensalzamos a nuestros semejantes, porque nos caen en gracia y cumplen con nuestras expectativas.

Subimos de nivel al bien vestido y bajamos a los estratos más profundos, a quien se sale de los cánones del vestuario esperado.

Soltamos comentarios dañinos y mal intencionados para afectar la honra y reputación del colega o para ganar puntos irreales frente a otros, quienes también juegan el deporte lingüístico de destruir el buen nombre de los demás. Todo esto para ser aplaudidos como héroes, sin derecho a que la víctima pueda defenderse.

Será que los ciudadanos del mundo podremos algún día, descubrir cómo la verdadera sabiduría está en el silencio respetuoso, que sabe guardar distancia.

Ahora puedo reconocer que no soy quién para juzgar. Y mucho menos cuando estoy en igualdad de condiciones, como ser humano falible.

A propósito: ¿Se dejaría guiar por este individuo, en la Plaza de Bolivar de Sante Fé de Bogotá, Colombia?