La ventaja de tener problemas.

pexels-photo-5623729Yo creo que, por estos días, debo aceptar que estoy viviendo diferente.

Recuerdo a mi padre cuando afirmaba: – “No hay mal que por bien no venga”-. Expresión maravillosa que servía de bálsamo para refrescar mi confusión emocional, cuando las cosas no marchaban bien, es decir cuando iban, como yo no quería.

Para los ojos de los demás, mi papá era un “hombre tranquilo”; demasiado para la proactividad de mi madre, quien marcaba el ritmo rápido en casa cuando se requerían movimientos acelerados, en oposición a la lentitud de mi viejo, apodado “paso lento”, por sus hermanos.

Viene a cuento este comentario sobre ambos, pues heredé una mezcla deliciosa de rapidez y lentitud comportamental y mental frente a las situaciones de crisis, sobre todo en este año en particular, cuando se puso a prueba mi capacidad de resiliencia.

Hoy al mirar atrás, recordando el proceso de quimio y radioterapia, reconozco que ese “mal” que para mi bien llegó, cambió mi vida principalmente en el disfrute y conciencia de cada evento existencial y en la comprensión del sentido del para qué vivo.

En otras palabras, cada hora que vivo, la canto y la celebro intensamente. Así que exhorto a los jóvenes, para que aprovechen su tiempo, porque tiene una finitud imperceptible, cuando se está embriagado por la ilusión de la eternidad.

Juan y Carlos PosadaMi vida tiene un tiempo. Por lo tanto, mientras se cumple, trabajo en resolver las preguntas problematizadoras que surgen día a día. Similar a la época de colegio cuando los profesores en sus respectivas materias me dejaban problemas para resolver en casa, como tarea obligatoria para optar el título de ciudadano del mundo.

Ahora, esta gran escuela de la vida y de la muerte tiene asignaturas que no son optativas y que requieren de toda mi atención y conciencia para ser resueltas en su debido momento.

Mientras me tomo un delicioso café, me quedo largo rato observando la vida a mi alrededor. Y luego repaso la muerte que de manera cotidiana se refleja en mi jardín, cuando lo veo morir y nacer.

Cada anochecer significa la muerte, para luego negarse en la alborada que representa la nueva oportunidad.

Después de la tempestad, viene la calma, pero se que es un tiempo de preparación para las nuevas tormentas que están por llegar.

Este es el ciclo de la existencia, que está plagado de maravillosas oportunidades para aprender de mí mismo, porque sólo cuando respondo al desafío, aparece el aprendizaje.

Entonces a la altura de este final de año, yo creo que “los problemas” fueron beneficiosos, porque permitieron desplegar mi creatividad divergente.

Destruir para construir.

nino-pequeno-que-pone-botella-plastico-bolsa-basura_23-2148309924Yo creo que los cambios que vienen son grandes y significativos.

La clave está en destruir para construir y de esta forma comenzar de nuevo, a partir de los aprendizajes adquiridos, como una preparación para los desafíos del futuro. De nada vale aferrarse a lo conocido. Es preferible y más inteligente, permanecer abierto frente a lo que está por venir.

Romper el paradigma de la comodidad no es cosa fácil, más aún cuando la cultura predominante, enseña a valorar lo superficial, desde el tener o el sentir placer, sobre el ser.

Ahora, más que nunca, ser persona, es mucho más importante que aparentar lujo, poder o fama. Definitivamente, tener valores como ser humano, será la verdadera riqueza.

Nada más aplicable para estos tiempos de crisis económica, que las palabras del Mahatma Gandhi cuando decía: -“Un hombre debería ser siempre más grande que lo que hace y más precioso que lo que posee”-. En este momento, el Covid-19 es el mejor parámetro para medir, el valor de la persona, independientemente de su capacidad económica, laboral o social.

En medio de este panorama de receso mundial, generado por la pandemia, retomo la visión futurista del escritor norteamericano Mark Twain, cuando haciendo una crítica a la sociedad de su época afirmaba: “la civilización es la multiplicación ilimitada de innecesarios necesarios”.

Vivo rodeado de posesiones innecesarias. Para nadie es un secreto que la economía de mercado busca motivarme como consumidor para que compre cosas que ni necesito, ni deseo. Y me doy cuenta de cómo esta inmensa industria del deseo me bombardea con llamadas telefónicas, mensajes subliminales y promociones tentadoras, pretendiendo que realice compras innecesarias, que en el fondo procuran llenar vacíos existenciales.

Entonces me pregunto: ¿Qué es vivir? ¿Cómo estoy viviendo? ¿Para qué vivo?

Gracias a este tiempo de aislamiento he aprendido a vivir mejor, con menos dinero. A vivir mejor con menos problemas de apariencia… ahora me mantengo con la misma pantaloneta y tres o cuatro camisetas que adoro.

A vivir mejor, consumiendo la comida que preparo en casa. A vivir mejor con menos contaminación pues llevo meses sin utilizar transporte que afecte el medio ambiente.

Yo creo que el secreto está en distinguir entre necesidades y deseos; porque una cosa es lo que necesito y otra muy diferente lo que deseo.

Con esta cuarentena he descubierto que el poder y la riqueza están en la capacidad para centrarme menos en la apariencia material y fijarme más en la calidad de las relaciones con las personas.

Ahora la clave es renunciar, para poder ganar la vida. Este proceso se da como consecuencia de la nueva percepción frente a los signos e invitaciones para el cambio que trae la pandemia.

El proceso de duelo es obligatorio.

Destruir para construir, será la constante durante un buen tiempo; por lo tanto, la creatividad y la capacidad para desapegarme, serán las protagonistas para salir adelante aprovechando este vacío… fértil.

Viajar fortalece la autopercepción.

Yo creo que viajar, es una de las actividades que más amplía la percepción del mundo. Sin embargo lo que más se beneficia, gracias a los viajes, es nuestra auto-percepción, pues aprendemos de nosotros mismos y de nuestras capacidades para la adaptación.

Lo primero que impacta al viajero, es la agitación de las personas en las terminales aéreas internacionales y la manera como cada quién viaja: sus atuendos, expresiones, idiomas y equipajes nos van ofreciendo una dimensión amplia, ancha y ajena de las diferentes culturas y lo lejanas que se encuentran. Y con ellos, la pregunta de a dónde van y de dónde vienen, así como nuestra ignorancia en relación con sus pensamientos, deseos e ilusiones.

Pero lo que más nos cuestiona, es nuestra propia experiencia de sentir como pasan las horas dentro de un avión, y de esta forma se percibe, la distancia entre nuestro punto de origen y el destino planeado y por lo tanto la conciencia de lo pequeños que somos frente a la inmensidad del planeta tierra.

Al descender, los olores, colores y sonidos van marcando la nueva diferencia. Los acentos y tonos de la piel, así como los rasgos faciales, indican que somos extranjeros y que estamos en desventaja en todos los sentidos. Entonces nos cuestiona nuevamente, nuestra incapacidad para comunicarnos de manera adecuada y nos asalta el temor de dar a entender algo diferente a aquello que se pretende decir, solicitar o reclamar.

La ropa es distinta merced a los rigores del tiempo, y nuestra indumentaria habitual no sirve de nada frente a las bajas temperaturas del ambiente, cuando se viaja en invierno.

Y eso que aún no hemos hablado de la comida, que por lo primitivo de nuestro condicionamiento, nos invita a la añoranza de la alimentación materna y entonces por doquier buscamos algo que se parezca en su sazón.

El mes de diciembre en estas tierras, solo es soportable por la novedad de la experiencia y por la generosa compañía de la familia que se ha embarcado en esta aventura de pasar la navidad lejos de casa. Así descubrimos en cada momento la capacidad del ser humano para adaptarse, y cómo va aprendiendo de cada experiencia.

Sin embargo lo más sorprendente es nuestra autoconciencia. El “darse cuenta” se facilita con cada desafío. Todo nuevo viaje se convierte en un aprendizaje y en una forma de crear conexiones cerebrales para aprender de nosotros mismos y nuestras capacidades.

Responder a la pregunta: ¿quién soy yo? Es más fácil cuando se lee, o cuando se viaja.