¿Qué sentido tiene vivir?

Yo creo que la intensidad del deseo es proporcional a la claridad de la meta. Es decir, cuando desde el fondo del corazón deseamos algo y tenemos claro lo que queremos, vamos creando oportunidades para lograr nuestros objetivos.

Sin embargo la cosa no es tan sencilla. No basta con desear; se necesita trabajar, intensa, amorosa y creativamente por lo que queremos.  Las cosas no “caen” del cielo si no se ha construido el respetivo merecimiento. Si no se ha sembrado la semilla adecuada para el crecimiento de nuestros sueños.

Yo creo en los sueños. Creo en el poder de los sueños. Creo que la vida tiene sentido cuando nos proponemos metas e ilusiones. Cuando hemos visualizado nuestro objetivo y lo creemos real. Cuando desde la fe nos anticipamos y declaramos que ya existe, que ya es.

Creo en el campo de todas las posibilidades.  Creo que la palabra decreta y creo que el pensamiento es poderoso cuando se proyecta no solo desde la creatividad, sino en la materialización de consecuencias concretas; pues creo que la palabra tiene poder cuando se convierte en acción.

Este es el motivo, el para qué, el sentido que mueve mi vida. Si no, de lo contrario, levantarme cada mañana sería una experiencia vacía, pues ¿para qué un nuevo día?

Creo que siempre hay un nuevo amanecer; creo en la esperanza de una puerta que se abre; en la posibilidad de una mano que se tiende cuando la necesitamos. Y principalmente creo que teniendo metas, cada día se llena de motivos para vivir.

La lucha entre el deber ser y el querer ser

Yo creo que libramos una lucha interior entre el deber ser y el querer ser. Es claro que el “deber ser” lo impone la cultura, la moral o la ética y que está dado desde el exterior. Como algo que hay que seguir muchas veces sin que medie la razón o la conciencia racional. Y del otro lado está el querer ser, como algo que opto desde mi interior, que parte del deseo y que algunas veces va en contra vía de lo esperado por el grupo social y que por supuesto el colectivo condena por salirse de lo ordenado por la norma.

Sin embargo hay ciertas cosas que naciendo desde el querer ser, pertenece a la propia capacidad de discernimiento y que hacen parte del libre albedrío. Y es ahí cuando se plantea la posibilidad y la capacidad de optar que tiene el ser humano, por ejemplo, por aquello que le hace más persona aunque no sea una decisión popular.

Lo ideal es encontrar un equilibrio entre el deber ser y el querer ser. Para que esta armonía nos permita vivir entre semejantes, respetando las normas y las reglas de juego, sin faltar a nuestro deseo e interés personal; sin sentir que nuestra dignidad está siendo vulnerada o peor aún confirmar que nuestros derechos o los de otros, están siendo pisoteados.

La propuesta consiste en desarrollar “nuestro buen gusto moral”, para de esta forma fortalecer nuestra capacidad de discernimiento y resolver los dilemas que plantea la vida, frente a decisiones morales, desde el deber ser versus el querer ser.

En nuestra vida cotidiana, con frecuencia nos vemos atrapados en medio de las siguientes afirmaciones: “yo debo llegar temprano a casa”, “yo debo pagar la tarjeta de crédito”, “yo debo estudiar inglés”, “yo debo llamar a…” “yo debo respetar la reputación de…” y este tipo de expresiones terminan por bloquear la acción, consiguiendo que no hagamos nada de lo dicho. Si lo explicáramos de manera psicológica, encontraríamos que el bloqueo se encuentra precisamente en la utilización de la palabra “debo”, como una orden que viene desde afuera.

Qué pasaría si empleáramos la expresión: “yo opto por estudiar”, “yo elijo llamar a”, “yo decido pagar la tarjeta de crédito”, “es mi decisión, llegar temprano a casa”; “yo respeto la reputación de…”esto automáticamente ubica el poder dentro de nosotros mismos.

Somos responsables de nuestros pensamientos, nuestras palabras y nuestros actos y cada acción humana puede ser filtrada por el tamiz maravilloso de la sensatez, que nos permite ser justos en la manera como nos relacionamos; entonces utilicemos sabiamente, este poder.

Sorderas selectivas

Yo creo que a veces desarrollamos sorderas selectivas. Y son muy prácticas cuando se trata de evadir responsabilidades. También son muy útiles cuando el material por escuchar es doloroso o dañino. Y la sordera más sutil es aquella que se da cuando “no entendemos lo que nos dicen” y sólo mucho tiempo después esas palabras cobran significado para nosotros y entonces comprendemos.

Aquella frase que dice: “no hay peor sordo que aquel, quien no quiere oír” se torna incómoda cuando habla la conciencia; o cuando el Universo se pronuncia y nos quiere decir algo, pero todavía no estamos preparados o no tenemos oídos para oír.

Se parece a aquellos padres de familia, que ven a sus hijos perfectos y solo escuchan lo que coincide con su percepción distorsionada.

Se parece aquel hijo que se muestra sordo a las recomendaciones de sus padres cuando le prohíben determinado acto peligroso.

O aquel enamorado loco, que no entiende la sabiduría de los que están afuera del enamoramiento, entonces ven, oyen y razonan diametralmente opuesto a lo que la locura del amor dicta.

“Quien tenga oídos que oiga”, sentencia el Maestro, esperanzado en la comprensión humana…pero yo creo que nuestra sordera se debe más a la falta de clarividencia, que da el oír desprevenido de contenidos prefabricados, amañados y manipulados por nuestro deseo.

En una terapia de pareja… el terapeuta recomendó a uno de los miembros de la misma, se dedicara a oír lo que el otro decía, al menos durante una semana. Esta persona muy juiciosa, consiguió una grabadora de periodista, una videocámara casera y una libreta de apuntes para no perderse nada de lo que el otro hablaba.  Cómo hizo muy bien la tarea, comenzó a descubrir muchos elementos importantes para la mejoría de la relación como tal.

Sin embargo el terapeuta, sugirió una tarea adicional. Si la semana anterior –dijo, se dedicó a escuchar lo que el otro decía… ahora, esta semana, -¡“Escuche” lo que el otro no dice!

Entonces la pregunta inquietante es: ¿qué no quiero oír?… para de esta forma poder oír y ser consciente de mis sorderas selectivas.

En este video, personas sordomudas…mostrando todo su potencial…

Parálisis paradigmática…

Yo creo que los miedos paralizan. Y son excelentes excusas para no enfrentar la vida. Y algunos de esos miedos son aprendidos. Y vienen de generación en generación como una manera de controlar nuestras conductas y reacciones. Claro, la idea es:… no ser temerario… pero tampoco temeroso.

Las parálisis paradigmáticas surgen cuando nuestros pensamientos riñen con nuestros deseos.

Cuando conectamos el cerebro racional, como respuesta subjetiva, entra en disputa el cerebro emocional. Y entonces, el tercero de ellos, el cerebro práctico y aplicado, el que ejecuta, el que hace, se encuentra paralizado por la pugna entre la razón y la emoción. Una cosa es lo que yo quiero y deseo y otra, muy distinta, lo que la lógica me permite hacer.

Desde que estamos pequeños, somos programados a partir de los mapas mentales de nuestros padres. Su conjunto de creencias y valores hacen parte de nuestro diario sentir y pensar. Y como dice Carl Jung: nuestro yo, es enajenado.No es nuestro propio yo…  es un self prestado, por un tiempo, mientras construimos el propio. Lo grave sucede, cuando pasa la vida y no hemos confeccionado nuestro propio yo.

Introyectamos los mapas mentales de los demás y los creemos válidos. Sin cuestionar ni someter a análisis. Entonces actuamos como masa por moda o falta de carácter.

Nos infunden miedo para evitar que alteremos el programa mental. Y luego, cuando no cumplimos la pauta, viene la culpa.

La pregunta es: ¿qué pasaría si no tuviéramos miedo? La respuesta: seríamos poderosos. Pues detrás de todo deseo, hay un temor… “dime lo que temes y te diré lo que deseas… dime lo que deseas y te diré qué te enseñaron a temer”. De esta forma nos mantienen a raya desde el miedo.

Al romper paradigmas, lo primero que asusta es el miedo mismo, al qué dirán…entonces ¿soy lo que soy… o soy lo que me enseñaron a ser para los demás?

Mi unicidad, nace de mi autenticidad, no de la apariencia. Y al ser lo que soy, proyecto mi esencia.

A veces somos, lo que nuestros miedos…permiten mostrar. Es decir un falso yo.

Celar… vigilar o perseguir …

Yo creo que los celos y la envidia son muy dañinos para la armonía de las parejas y/o las personas que se encuentran en convivencia o necesitan la convivencia como por ejemplo en el mundo laboral o familiar.

Al estudiar con detenimiento la envidia, encontramos que es el deseo de lo que tiene otra persona. En tanto que los celos son el miedo de que otra persona se adueñe de lo que tenemos.

Para darle organización a mi comentario, hablaré en primer lugar de los celos en pareja y más adelante, en otro momento, me referiré a la envidia.

De alguna manera, el celoso, desde la  paranoia obtiene algún placer de sus sospechas, ya que el conocimiento paranoico, satisface al masoquista por ejemplo, que se deleita en que lo hieran.

Sin embargo, los celos no son necesariamente inseguridad o inestabilidad emocional; pues también se podrían explicar desde el aprendizaje de las relaciones, la personalidad o los antecedentes familiares.

El celoso se siente descuidado por el otro, por ejemplo, en relación con el amor, la comunicación, el tiempo dedicado, la belleza, el sexo o el cuerpo entre otros. Es decir, los celos se producen como consecuencia de no atender las “necesidades” del celoso.

Todos queremos esa exclusiva y entonces nuestro propio dolor, nuestras sospechas y nuestros ataques de celos, se dan como consecuencia, de un individuo que cree, que no está recibiendo suficiente atención.  Curiosamente, el celoso siente y piensa que el otro es egoísta y solo se preocupa por sí mismo…no se ve en el espejo.

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