Enséñame a vivir.

college-students-3990783_960_720Yo creo que, al comenzar un nuevo semestre académico, siento el enorme compromiso de garantizar, con mi actuación como docente, que los contenidos que ofrezca en clase, sirvan de maravillosa excusa para tocar el corazón de mis estudiantes.

Definitivamente, los diplomas universitarios no enseñan a vivir. Eso sí, nos capacitan técnicamente en un oficio profesional, pero al mismo tiempo, pasan por alto la formación de la persona que, pienso yo, es más importante que el mismo título.

Tener un posgrado, una maestría, o ser candidato a un doctorado, dice mucho del tiempo invertido en el estudio y la investigación, así como también habla, de la vanidad y el ego aumentado. Sin embargo, a la hora de hacer equipo, sentirse solidario, respetuoso y amoroso con el saber de los demás, deja mucho que desear, tanta prepotencia y orgullo doctoral.

Se que el buen profesional se mide, no por lo que sabe, sino por la manera como ofrece su conocimiento y experticia, al servicio de la comunidad.

Además, porque reconozco que, en los procesos de selección, las empresas buscan más valores personales y experiencias vitales, que cúmulo de conocimientos técnicos.

Y en la vida misma, la humildad, la sencillez y el don de gentes, hacen que ese experto académico pase a un segundo plano, para darle protagonismo a la persona, al ser humano, al individuo especial, único e irrepetible, que mira con respetuoso amor a sus pares y abraza su profesión desde la fe y la esperanza puesta en sus semejantes, pues sabe que ellos confían en él, porque lo necesitan.

Qué hermoso sería que, en cada clase en la universidad, los profesores enseñáramos el sagrado arte de vivir, fortaleciendo la toma de decisiones, facilitando la pacífica y sana convivencia al apreciar al otro como un interlocutor válido, enseñando a respetar la palabra, la diferencia, los sentimientos, las ideologías y las distintas maneras de ser y estar en el mundo.

Yo creo que pasar por la universidad, significa reconocer el universo amplio, vasto y ajeno donde la diversidad es lo cotidiano, para evitar caer en la trampa de pretender que otros, piensen, actúen, reaccionen y razonen como yo.

Cuentan que en cierta ocasión un estudiante asistió a una charla universitaria para escuchar a un conferencista famoso, respetado y autor de varios libros importantes. Al terminar dicha jornada académica dijo a sus amigos que estaban inquietos por los apuntes que había tomado en el foro: -No recuerdo ni una sola palabra de todo lo que ha dicho el profesor. Incluso si me preguntan qué tesis ha defendido, o con que argumentos respondió a las preguntas de los asistentes, no podría decirlo. Es más, si mañana en clase tuviera que presentar una evaluación o informe sobre el contenido de la charla, creo que me sacaría un cero. Pero lo que si se, es que, durante toda la conferencia, sentí que sus palabras tocaban mi corazón, debido a que me hicieron reflexionar sobre mi vida, al cuestionar mi futuro y replantearme el propósito que tengo al estudiar mi carrera. Tengo claro que ya no soy la misma persona después de escuchar a ese maestro-.

Yo creo que la universidad tendría sentido… si enseñara a vivir.

Educando

Yo creo que educar es el acto más sublime y comprometedor que una persona puede cometer. Y es la más noble de las tareas, porque sus frutos se observan al atardecer de nuestras vidas, como consecuencia  del proyecto vital;  entonces se muere tranquilo, con la sensación de haber cumplido la tarea.

Yo creo que cada amanecer tiene sentido, cuando voy al salón de clase a cumplir el sagrado deber.  Así mi corazón palpita por la incertidumbre que genera, el no saber con qué alma me voy a topar. Pues cada encuentro pedagógico con el otro, me hace tomar conciencia del compromiso que transforma mi vida y la suya.

Yo creo que ser maestro, más que un regalo, es una deuda con la vida. Gracias a que el encargo proviene del Universo y esa elección se paga, porque nada es gratis y entonces me hace responsable de cumplir la misión. Estoy seguro que al finalizar de mis días, me van pedir cuentas del encargo y sobre todo de mis conductas magistrales.

Yo creo que ser maestro tiene el compromiso ineludible de ser testimonio de vida… lo que implica revisarme. Y de esta forma, cuando me voy construyendo, también voy ayudando a la construcción de otros.

Hoy quiero rendirles un sentido homenaje a mis maestros, de quienes copié sus aciertos y me permití la posibilidad de corregir sus errores, para perfeccionar el oficio. Y espero que mis alumnos me superen y perdonen mis arrebatos de ego, porque en el fondo lo único que quiero es dejarles lo que he cosechado en todos estos años y ahora, más que nunca, necesito repartir.

Yo creo que ser maestro, es ser inmortal en el recuerdo de mis educandos.

Post data:

Este poema de Gabriel Celaya, me llega al alma cada vez que lo leo y reverdece mi corazón de profe.

Educar

Educar es lo mismo que poner un motor a una barca,

Hay que medir, pensar, equilibrar, y poner todo en marcha.

Pero para eso, uno tiene que llevar en el alma, un poco de marino, un poco de pirata, un poco de poeta, y un kilo y medio de paciencia concentrada.

Pero es consolador soñar, mientras uno trabaja, que esa barca, ese niño, irá muy lejos por el agua.

Soñar que ese navío llevará nuestra carga de palabras, hacia puertos distantes, hacia islas lejanas.

Soñar que cuando un día esté durmiendo nuestro propio barco, en barcos nuevos, seguirá nuestra bandera enarbolada.