La quimio.

pexels-photo-4625626Yo creo que lo más importante en este momento de mi vida es conectarme con el ahora; sobre todo porque vivo tan inconscientemente que sólo cuando se presenta una situación límite comienzo a darme cuenta y a hacerme cargo.

Como preparación psicológica y moral para la quimio, le pedí al peluquero de la casa que procediera a pasar la cuchilla para irme acostumbrando a mi nuevo aspecto. Las barbas que me acompañaron en este último periodo fueron cayendo al suelo en compañía del abundante pelo de la cabeza.

Con mi nueva imagen, a las siete de la mañana, me dirigí asustado a la sala de oncología de la clínica, donde todo estaba preparado de manera milimétrica para mi llegada. Tenía asignado un espacio con mi nombre, una silla cómoda y una enorme cantidad de bolsas con diferentes líquidos que iban a pasar por mi sangre gracias a un catéter preinstalado en la vena basilar.

-Don Juan, usted va a estar hoy aquí todo el día, ¿trajo almuerzo y algo con que entretenerse? – dijo con cariño y amabilidad sincera la enfermera.

Primero me tomaron los signos vitales, me pesaron e hicieron las preguntas de rigor en torno a cómo me sentía, por si tenía algún dolor.

Luego comenzó la preparación del cuerpo, con sueros que acondicionaban el estómago para evitar las náuseas y el vómito. Y casi al medio día, las primeras cargas de la quimioterapia.

Mas tarde me visito el médico, y me explicó todos los cuidados que debía tener por la inmunosupresión.

Miré a mi alrededor y vi otros combatientes, de diversas clases y actitudes. Los vencedores y los vencidos. Los derrotados y los valientes con ganas de vivir. Decidí unirme al clan de los ganadores.

De pronto apareció un violinista que rompió la tensión del momento. Tocó melodías dulces y románticas, pero debo reconocer que las cuerdas me suenan tristes y nostálgicas. Hubiera preferido una papayera estridente que despertara del letargo a todos en aquella sala.

La jornada se hizo larga…pero logré pasarla alegre y optimista. Trabajé, soñé, dormí y medité.

En este momento, estoy en reposo, esperando la nueva sesión de quimioterapia, con la certeza de que el éxito de este tratamiento está en mi actitud y en la manera optimista, como aquí y ahora construya futuro.

Yo creo que cada cosa que sucede trae muchos aprendizajes si estoy dispuesto a recibirlos con agradecimiento.

No hay peor enfermedad, que el diagnóstico.

pexels-photo-6436252Yo creo que no hay peor enfermedad que el diagnóstico.

Esa mañana la sala de espera del médico estaba fría y llena de caras largas. Algunos se quejaban otros miraban al infinito y los más resignados cerraban sus ojos, no sé si porque dormían, oraban, o con su gesto pretendían aislarse del mundo.

Esperé mi turno con paciencia. Luego el llamado cálido pero distante.

Con una sonrisa verídica, mas de amigo que de médico me invitó a pasar y sentarme en la silla asignada.

No había terminado de sentarme, cuando de manera directa y sin rodeos, mi cirujano me dijo que las noticias no eran buenas. -Juan tienes un linfoma y te voy a remitir a oncología-.

Sentí, mucho miedo e indefensión. Estaba con mi esposa a quien miré y estaba llorando también.

Sólo alcancé a preguntar: – ¿y el pronóstico? – No es bueno, respondió el galeno, porque estamos frente al papá de los linfomas, según la interconsulta que hice con el oncólogo. Es un linfoma anaplásico de células T.

En ese instante, desfilaron por mi mente, el pasado, el presente y el futuro.

Al salir del consultorio tomé la mano de mi compañera y en un silencio profundo y muy amoroso caminamos por un corredor que ahora se hacía más largo, oscuro y tenebroso. La muerte estaba frente mí, tocándome con su mano fría e inexorable.

Luego con más calma, tomé la decisión de vivir conectado con el ahora, aquí y en este momento decidí que iba a vivir solo el día a día.

Por lo tanto, desde ese instante, agradezco cada amanecer, disfruto el nuevo sol que me enseña el poder del ahora, oigo cantar a la naturaleza que ahora se me antoja una oración. Y agradezco todo lo que vivo incluso el dolor infinito que reporta mi cuerpo.

En el momento que escribo estas líneas estoy en el proceso de quimioterapia. Acá en la unidad de oncología todo está diseñado para la camaradería solidaria. Cada uno de mis compañeros, me recuerda que la enfermedad no establece ningún distingo social y que todos somos iguales.

Miro a mi alrededor y por un momento me siento aliviado.

Esta mañana llegó un paciente recuperado, a darnos ánimo. Acababa de salir de su cita de revisión donde le daban de alta, luego de siete años de lucha contra un cáncer de estómago. -Tengan fe, esperanza, fortaleza y no desfallezcan yo estuve siete años como ustedes y hoy puedo cantar victoria, si yo pude, ustedes también-. Lo aplaudimos con fuerza durante largo rato. Aunque en el fondo, ese aplauso era para nosotros mismos.

Yo creo que no hay peor enfermedad que el diagnóstico. La mente se nubla con negros presagios. Pero al vivir el día a día, descubro y confirmo que todo tiene su propósito, que nada viene al azar y que definitivamente ésta es la siguiente lección de la que debo aprender para mi crecimiento espiritual.

Agradecer, es lo más importante.

robin-european-robin-erithacus-rubecula-red-46166Yo creo que hoy es el día preciso para agradecer.

Esta mañana, muy temprano me despertaron los sonidos maravillosos de la naturaleza. Cada amanecer, en una increíble precisión por su programa, los cantos de muchos pájaros colmaron con armonías diversas los espacios del cielo, para recordarme que tengo otro día para vivir, otro día para trabajar en lo que amo y otro día para hacer lo que me place hacer.

Sin embargo, si me acostumbro o me descuido, cada día que pasa, lo podría considerar como rutinario y a veces hasta eterno, como algo dado, que es obligatorio y que sucede sin cambio. Pero hoy se me antoja pensar que podría ser el último día que tengo para trabajar, aprender, disfrutar, para sufrir, para llorar, para amar y perdonar.

Vivo como si fuera a persistir en el tiempo, pero pocas veces me pregunto – ¿y si hoy fuera mi último día?-.

Entonces busco múltiples opciones en la razón, que me responde con argumentos prefabricados. Pero luego me dirijo al corazón que tiene para mí respuestas salidas del sentimiento y la emoción.

Me dice que, si hoy fuera mi último día, lo dedicara aquello que tengo pendiente desde el amor y el perdón con mis seres queridos más cercanos.

Y posiblemente me invitaría a darles las gracias por tantos aprendizajes compartidos y tantas experiencias ricas en emociones, perdones, reconciliaciones, abandonos y encuentros para de esta forma aquilatar el valor de esas personas tan importantes que han pasado por mi vida.

Encuentro que todo lo que he vivido ha sido necesario para el crecimiento y aprendizaje de mi alma.

Y además porque si la vida me regala otro tramo de existencia, lo debo aprovechar intensamente porque el tiempo es poco para todo lo que tengo por hacer.

Hoy agradezco también, a mis sufrimientos, tristezas, angustias y decepciones.

Agradezco los momentos de dolor profundo que me causaron muchas personas y pido perdón para todos aquellos a los que pude haber hecho daño sin pretenderlo y para aquellos a quienes lastimé desde mi inconciencia.

Hoy es un día maravilloso para decirle gracias al Universo por haberme elegido para cumplir tareas muy específicas en las vidas de las personas con las que he tenido y tendré contacto.

Y sobre todo un día especial para perdonarme por no haber hecho lo suficiente hasta el momento, para cumplir la misión encomendada.

Esta mañana, en medio del festejo de la naturaleza, sentí una profunda necesidad de decirle gracias a la vida al recordar este famoso y bello poema En Paz, de Amado Nervo, que dice: Continuar leyendo

La linterna.

pexels-photo-5829645Yo creo que la función del faro tiene sentido para quien navega en la oscuridad y tiene ojos para ver la luz.

Cuentan que en el antiguo Japón se usaban linternas de bambú y papel con velas adentro.

Cierta noche un ciego se encontraba visitando un conocido. Al momento de partir, su amigo le ofreció una linterna para que lo acompañara en su regreso a casa.

El ciego entre enojado y con risa irónica le respondió con brusquedad a su anfitrión: -no necesito linterna… al fin y al cabo la oscuridad o la luz son lo mismo para mí -.

En un tono conciliador y más bien reflexivo su amigo le responde: – sé que no necesitas una linterna para encontrar tu camino, pero si no llevas una, alguien puede tropezar contigo-.

pexels-photo-2883926El ciego a regañadientes tomó la linterna y se puso en marcha. Al mucho rato de estar caminando, alguien se golpea contra él. Entonces el ciego indignado le dice al fulano: – ¡mira por dónde vas! ¡¿Acaso no ves la linterna que llevo?!-
Entonces el extraño le contesta: -hermano, tu vela se ha consumido-

A veces me siento como el ciego, es decir caminando en solitario, en medio de la oscuridad tratando de encontrar mi destino. Sin embargo, y aquí está lo contradictorio, al mismo tiempo pretendo ser luz para otros.

Recuerdo que hace muchos años, en medio de una sucesión de “noches oscuras”, me encontraba sumido en la más profunda tristeza y desesperación. Me invadían los sentimientos de culpa y me sentía indigno de acompañamiento y, sobre todo, incapaz de acompañar a alguien.

Deposité mi dolor y mi desesperanza en una persona muy sabia, quien escuchó con paciencia y ternura mi compleja situación. Le dije: – me siento perdido, porque yo mismo estoy buscando el camino…pero me he extraviado…entonces ¿Cómo pretendo ser luz para otros…si yo mismo he fracasado en mi propia búsqueda? -.

Luego de un amoroso silencio susurró en mi oído: -Eres una linterna, que por ahora se ha caído y está embarrada por la suciedad del camino. Sin embargo, aún funciona a pesar de que el barro la está cubriendo en su gran mayoría. Ese poco de luz, que todavía emana de su fuente, le sirve a los que transitan por este mismo camino.

Ese día comprendí, que soy más útil para otros, desde mi experiencia vital, recorriendo y cayendo en el camino.

La única función que tengo como faro, es servirle de orientación a otros, en su propia andadura, pero no para que sigan mis pasos, pues al fin y al cabo el faro está estático sin moverse.

Yo creo que soy una linterna para avisarle a los caminantes, que allí estoy. Así lo importante, no es ser luz para otros… sino que, en medio de mi propia ceguera, al permitirme ver la luz de los demás, en la medida de lo posible me vaya iluminando, para servir al menos de guía para quienes también están perdidos en el camino.

¿Existen antídotos contra la tristeza?

pexels-photo-2535859Yo creo que la mejor recomendación para lidiar con la tristeza, es precisamente reconocerla y aceptarla; es decir…reconocer que estoy triste y que me puedo dar el permiso de estarlo, para luego de atravesar por este período, salir avante y pasar al otro lado del abismo.

En la cultura de donde provengo, llorar no es permitido para un hombre. Se niega esta posibilidad con el argumento de que la hombría se demuestra a partir de la dureza de los sentimientos. La inexpresividad es premiada como un acto heroico, y el llanto, las quejas y los lamentos son castigados o censurados porque indican debilidad que puede aprovechar el enemigo.

Toda esta paranoia te convierte lentamente en un super vigilante de ti mismo y de los demás. Y cualquier manifestación sospechosa de afecto, alerta los mecanismos de defensa, entonces las murallas para proteger el sentimiento se yerguen poderosas para evitar que sucumbas y que las lágrimas derritan al débil corazón sentimental.

Yo creo que llorar es necesario, por no decir obligatorio, para sentir precisamente la propia humanidad. Y que no se trata de crear trincheras, diques y fortines para ocultar los verdaderos sentimientos, sino de reconocer que, en medio de la debilidad, las verdaderas fortalezas del alma y del espíritu se manifiestan triunfantes.

Yo creo que más bien se trata de aceptar la tristeza como una compañera ocasional, cuando de pérdidas, rechazos, abandonos e ilusiones rotas se trata.

De otro lado está la alegría, como respuesta contraria. Como un bálsamo que limpia la herida y cicatriza poderosamente aquel vacío que dejó lo que consideraba propio, perteneciente y que reporto como una ausencia.

El tiempo para el duelo es importante, porque es un tiempo para mí. Es un regalo que me permito…para estar en contacto con mi mismidad y para lograr en medio del dolor agudo, el llanto, la melancolía y la tristeza más honda, el desahogo, la tranquilidad, la paz y la serenidad necesaria para continuar el camino, a pesar de la herida profunda que poco a poco va sanando, porque es lo normal, claro, si yo lo facilito y lo tramito.

Por todo esto es por lo que estoy de acuerdo con Buda cuando dice: – “El dolor existe, lo que no debe existir…el sufrimiento…porque el sufrimiento surge cuando me resisto al dolor”-.

Entonces en medio de una pérdida significativa, también acepto que puedo despedir con amor, y agradecimiento lo que pude vivir en su compañía y todo el aprendizaje alcanzado, mientras estuvo presente.

Gracias a esta pandemia, he comprendido aún más, el valor de la vida y la inexorabilidad de la muerte; porque en cada momento, cuando converso con las personas que han perdido seres queridos durante este tiempo, me doy cuenta de lo importante de darse permiso de llorar y estar triste… para luego levantarse en medio de la alegría que regala la resignación y el entendimiento de la ley de la vida, para elaborar un nuevo proyecto de vida…sin lo perdido.

Por eso sé que debo vivir…mientras tenga vida y amar y agradecer mientras llega la hora de partir.

Cicatrices.

teddy-teddy-bear-association-ill-42230Yo creo que son muchas las cicatrices que voy coleccionando a medida que camino por la vida.

Cada una de ellas me recuerda un proceso doloroso que ya pasó y un enorme aprendizaje que es indispensable y debo capitalizar para enfrentar lo que está por venir.

El proceso de cicatrización depende en gran medida de mi actitud, porque potencia la capacidad para sanar. Además, porque en medio del proceso de sanación, es obligatorio el perdón.

Las cicatrices del cuerpo tienen la magia de quedar como un recordatorio del pasado, pero que al ser tocadas ya no duelen, salvo en la memoria que evoca lo sucedido. Y aunque me lo proponga, no puedo sentir el dolor original ni mucho menos las condiciones asociadas.

Sin embargo, hay otras cicatrices que provienen del alma, del espíritu y de mi emocionalidad, y que dejan huellas indelebles que, además, requieren procesos terapéuticos y tratamientos mucho más profundos y prolongados.

Por estos días un familiar muy cercano, y a propósito de mi reciente cirugía, me sugirió que hablara de este tema y me envió un escrito maravilloso, de esos que circulan por internet y que ayudan a tomar conciencia de los actos con los que agredimos a los demás.

Esta historia narra la vivencia de un joven que tenía muy mal genio y poco control de sus emociones de enojo. Él mismo se daba cuenta de ello, se sentía mal, sufría y era consciente del sufrimiento que causaba a otros.

Un día se armó de valor, y bajando desde lo más alto de su orgullo le pidió consejo a su papá.

Su padre entonces le entregó una bolsa de clavos y le dijo: – Cada vez que pierdas la paciencia, debes clavar uno de estos, detrás de la puerta de tu cuarto-.

pexels-photo-209235Ese primer día, clavó casi tres docenas de clavos. En las semanas posteriores, a medida que aprendía a controlarse, clavaba cada vez menos puntillas detrás de la puerta.

Se fue dando cuenta de que era más fácil controlar su genio, que clavar clavos detrás de la puerta. Hasta que un día, pudo controlar su temperamento por un tiempo más prolongado.

Feliz le compartió a su papá el logro alcanzado y entonces éste le invitó a que retirase un clavo por cada día que lograra controlarse. Los días pasaron y el joven finalmente pudo mostrarle que no quedaban más clavos en la puerta. En ese momento, le dijo: – Te felicito, has logrado controlar tu mal carácter, sin embargo, mira todos esos hoyos en la puerta. Nunca más, será la misma de antes-.

Hijo, recuerda -que cada vez que pierdes la paciencia, dejas cicatrices como las que ves aquí en la puerta. Tú puedes insultar a alguien y retirar lo dicho, pero dependiendo del modo como se lo digas, lo lastimarás tanto, que la cicatriz quedará para siempre-.

Yo creo que, en este instante de mi vida, tomo conciencia del daño que he causado, con ciertas expresiones cargadas de ansiedad, temor y falta de paz. Así como me doy cuenta de las cicatrices que llevo tatuadas en mi corazón.

Y decido ser más cuidadoso al momento de hablar, pues reconozco que una ofensa verbal, es más dañina que un golpe dado al cuerpo. Y que, sí es posible acariciar con las palabras, especialmente cuando dulcifico el tono y la manera como lo digo… si así me lo propongo, porque encuentro armonía y serenidad en mi interior.

El arrepentimiento es el primer paso para lograr el perdón.

pexels-photo-4584462Yo creo que el arrepentimiento, es el primer paso para lograr el perdón.

Por estos días transitaba por la ciudad en medio de las congestiones del tráfico, normales por el fin de año. Los vehículos estaban en fila esperando el cambio del semáforo. Sin embargo, un motociclista imprudente, hizo suficientes maniobras indebidas que no solo pusieron en peligro su propia vida, sino que además comprometieron la seguridad de quienes utilizábamos correctamente la vía en el momento del arranque. La persona más afectada le hizo un reclamo airado al infractor. Pero desafortunadamente la reacción de éste fue la de atacar a quien le hacía el reclamo, sin reconocer que la falta la había cometido él mismo con sus piruetas a destiempo, por el camino equivocado y a una considerable velocidad.

Lamenté profundamente el hecho y entré en una reflexión profunda alrededor de la pregunta sobre el arrepentimiento.

¿Por qué es tan difícil arrepentirse?

En primer lugar, porque creo que lo que hice o dejé de hacer está bien hecho.

Hago todo lo posible por convencerme racionalmente, de que lo realizado, tiene una lógica y una razón de ser que me asiste. Por lo tanto, así demuestro que yo no soy el equivocado, sino que los equivocados son los demás. Entonces justifico cada acto, para tranquilizar mi conciencia.

Arrepentirse se torna complejo cuando no me pongo en el lugar del otro. Si carezco de empatía, y me cuesta reconocer el sufrimiento, el dolor y la angustia de los demás, entonces así es muy difícil que reconozca que he hecho daño y he causado inconvenientes en las vidas de los otros.

Además, cuando responsabilizo a mi hermano de su autocuidado y termino afirmando que aquello que sucedió, se produjo porque él lo permitió, sabiendo en el fondo que debo actuar como el protector del posible daño que yo pueda causar a los demás, sin endosarles completamente la responsabilidad.

Lo complejo del arrepentimiento está en el orgullo, que no permite el paso de la humildad que desde el corazón acepta la falta cometida y está dispuesta a reparar el daño causado. Un orgullo que se protege de cualquier toque en su contra porque parte del supuesto de que su pensar y su actuar, son perfectos.

Y en la falta de conciencia en torno a las consecuencias que tienen mis actos en las vidas de los demás, porque cada cosa que hago o dejo de hacer en relación con mis semejantes, repercute de manera diferente, trayendo serias y profundas repercusiones.

En esta etapa de fin de año, es bueno para mí, hacer un alto en el camino para reconocer todo aquello en lo que me equivoqué, para repararlo en la medida de lo posible.

Identificar, cómo mi orgullo y mi falta de humildad, dificultaron procesos de perdón, necesarios en las relaciones con las personas en los espacios que frecuento.

Aprovechar cada momento significativo para mostrar mi arrepentimiento y con ello iniciar una reflexión profunda que me lleve al cambio.

Y modificar mis patrones de conducta que son dañinos, para mí mismo y los demás y de esta forma reconciliarme con la vida y darle sentido a la misma, a través de una convivencia sana y armoniosa con aquellos que necesitan mi arrepentimiento para lograr el proceso de sanación desde el perdón.

Yo creo que el arrepentimiento, definitivamente, es el primer paso para conseguir el perdón.