La pirotecnia de nuestro enojo.

pexels-photo-2526105Yo creo que los juegos pirotécnicos, más allá de los destellos de luz de variados colores que despliegan, y de los chispazos de asombro que nos arrebatan, representan el estallido de nuestro propio enojo cuando detonan.

La ira contenida termina por explotar. El grito fuerte, sonoro y contundente de las personas furiosas, también está muy bien representado, en cada rugido que produce la pólvora cuando estalla.

La pólvora detonante, estremece el entorno, convirtiéndolo en un campo de batalla multicolor. Y al mismo tiempo cada explosión, cuando se repite en el espacio, despliega con sus ecos, el recuerdo triste de los cañonazos que han apuntado contra la humanidad.

Las celebraciones de la navidad, en varios lugares del mundo, van acompañadas de fuegos artificiales, que, con sus vívidos colores, producen alegría, pero con sus sonidos secos y estremecedores, causan miedo para quienes tenemos oídos musicales, y odiamos el ruido de la guerra.

En la ciudad donde habito, y como una costumbre, se inicia el mes de navidad con un ritual prolongado, que realmente no es de mi gusto, porque además son muchos los animales que sufren con este evento y que consiste en estallar pólvora toda la noche y durante la madrugada, hasta que se acaban los pertrechos.

Cuando soy testigo de este acto visual y sonoro, no tengo otra explicación que la de interpretar el estruendo prolongado, además de la alegría, como una manifestación del enojo y la ira acumulada, por tantos meses de encierro, silencio y quietud; que claro, para algunos fue una experiencia maravillosa, durante esta cuarentena en pandemia, sobre todo para quienes amamos los sonidos de la naturaleza, el silencio y la paz interior, pero que para otros fue de frustración y estrés, porque estaban acostumbrados al bullicio, al estrépito y a la vibración de los altos decibeles… que produce la alegría humana, cuando está reprimida, como consecuencia del encierro que termina siendo muy angustiante.

Según, los que saben de estadísticas, esta alborada decembrina en mi ciudad fue la más ruidosa y prolongada de los últimos años, porque se disparó al aire, lo que estaba guardado como una protesta y en vez de gritar de angustia, por el encierro y el aislamiento preventivo, escogieron como representantes a los artificieros, para hacer catarsis colectiva.

Yo creo que, tanta detonación en la madrugada del primero de diciembre de este año 2020 representó de un lado una celebración por la vida y de otro una especie de desahogo explosivo frente al miedo que causa la muerte, dada la alerta mundial por la salud física y económica que está debilitada por estos días.

¿Para dónde voy?

pexels-photo-4145249Yo creo que cuando se trata de encontrar respuestas, la pregunta es lo importante. Una buena pregunta es el primer paso para una excelente investigación.

Salí a caminar, para hacer ejercicio, estirar las piernas, y disfrutar de esa pequeña sensación de libertad que ofrece el estar al aire libre, luego de tantos meses de encierro.

Me preparo con todos los protocolos de bioseguridad. Aplico abundante protector solar, pues dado mi tamaño corporal, tengo bastantes áreas de piel que debo cubrir. A mi paso, muchas personas también caminando, la mayoría con sus mascarillas, me saludan más por cortesía, que por saber quien soy, pues la gafa oscura, la mascarilla, el bloqueador que procura que me vea como un mimo y el sombrero protector para el sol, me hacen pasar de incógnito o al menos eso quiero creer.

De pronto, me llama poderosamente la atención, una pareja y su pequeño hijo, de cabello rubio ensortijado, que lleva una diminuta mascarilla tanto como él, decorada con muñecos alegres y muy coloridos. En ese instante pensé en su mañana y al mismo tiempo me llegó la imagen apocalíptica como de película de ciencia ficción. - ¿Qué futuro le espera? Me pregunté –

Luego me comparé. Ya estoy mayor, he vivido un buen trecho de vida, he sufrido y disfrutado mucho hasta el momento, pero él, este pequeño ser, apenas empieza la vida y ya tiene que enfrentar un mundo hostil, lleno de retos y desafíos para la supervivencia.

La imagen de ese niño sigue presente en mi recuerdo y me cuestiona mucho sobre el sentido de la vida, en medio de la adversidad.

Esta semana, mis pensamientos y reflexiones han estado centrados en la inquietud que me genera el saber para dónde voy.

Al menos tengo clara una cosa y es que el camino no está hecho, no está trazado, debo andarlo; es decir, en la medida en que avanzo, voy creando la senda.

Además, no es adecuado seguir el camino construido por otros. Cada alma tiene su destino, y el proceso consiste precisamente en descubrir la propia misión; en otras palabras, identificar a qué vine a la tierra y cuáles son las tareas asociadas, que debo realizar.

No puedo emprender la marcha hasta que me convierta en el sendero.

Estoy centrado en el presente, respiro profundo y descubro que también estoy solo, porque nadie puede recorrer la ruta por mí.

¿Será que el destino está escrito y soy prisionero de sus designios?, o ¿está en mi poder construir la meta y diseñarla a partir de mis pensamientos y actuaciones?, o ¿la suerte tiene preparada para mí varias sorpresas, que se salen de mi control?

En fin, buscar las respuestas a estas preguntas, sólo me ha hecho tomar conciencia de la muerte como la preocupación suprema, en palabras de Irvin Yalom y tal vez como el suprasentido según la logoterapia de Viktor Frankl.

Yo creo que sé para donde voy…obligatoriamente hacia la muerte. Pero también sé que mientras muero, todavía tengo mucho por hacer.

¿Soy libre?

pexels-photo-3284344Yo creo que mi libertad es relativa.

Y creo que hay distintas maneras de ser y estar libre pues, al fin y al cabo, no todas las libertades son iguales.

Durante estos días de encierro obligado por la cuarentena, he aprovechado para entrar en profundas meditaciones, en torno al tema de la libertad, debido a tantas restricciones para salir, compartir, abrazar, pasear y visitar familiares y amigos.

Por un momento, pienso en el reo o en el secuestrado e intento ponerme en su lugar y descubro que el problema no está en las paredes físicas, sino más bien en las barreras mentales que voy creando a mi alrededor, en este caso fruto del miedo, la ansiedad y la angustia de morir o causar la muerte a los seres queridos, posiblemente debido a mis comportamientos ausentes de autocuidado.

Se, que un secuestrado espera que se produzca un milagro. Entonces la fe y la esperanza son sus aliados permanentes, junto con las noticias positivas provenientes de sus seres queridos.

Esta pandemia me obliga a esperar el milagro de que por fin algún día, las autoridades sanitarias permitan la salida de mi cárcel temporal, construida a partir de los muros del terror, el pánico y la ansiedad. 

Me siento responsable de proteger la salud pública y privada, además del futuro de la economía y la estabilidad de mis actividades cotidianas y básicas en la hoy llamada “nueva normalidad”.

Allí es donde encuentro las diferencias en torno a la libertad. Si bien es cierto el cuerpo está prisionero, el espíritu puede volar en compañía del pensamiento, visitando el futuro, oteando el horizonte y soñando con la libertad añorada.

A propósito de este encierro, recuerdo un pasaje del logo-terapeuta Viktor Frankl, cuando en su famoso libro El hombre en busca de sentido, refiriéndose a su vivencia en el campo de concentración, dice que: “…en tales momentos no es ya el dolor físico lo que más nos hiere…sino la agonía mental causada por la injusticia, por lo irracional de todo aquello”.

Y más adelante Frankl añade que, el daño físico, era compensado por la capacidad de huir hacia el interior de sí mismo, pues era posible en tales circunstancias, desarrollar una profunda vida espiritual. “…eran capaces de aislarse del terrible entorno retrotrayéndose a una vida de riqueza interior y libertad espiritual”.

Concluye Viktor Frankl que al ser humano se le puede arrebatar todo salvo una cosa: – “la última de las libertades humanas, la elección de la actitud personal ante un conjunto de circunstancias para decidir su propio camino”-.

Entonces para mi es claro, que a pesar de las dificultades que pueda vivir, debido al encierro obligado, existe la posibilidad de encontrar mi libertad relativa en el interior de mi espíritu y que el cuerpo se convierte en mi propia cárcel si no he trascendido los límites del placer corporal y la condena o esclavitud que significa, vivir del cuerpo, por el cuerpo y para el cuerpo.

En definitiva el miedo a perder… es el principal carcelero. El miedo paraliza. El miedo deforma la percepción, me hace ver monstruos invencibles en medio del camino.

Es momento para dejar el miedo y enfrentar el destino y comprender que aquí y ahora este fue el mundo que me tocó vivir y que estoy en la tierra para aprender de todo esto.

Yo creo que estoy empezando a disfrutar de los placeres de la libertad del espíritu, cuando me permito soñar con un mundo donde la sensatez, el respeto y la responsabilidad estén presentes, porque han surgido de la conciencia colectiva y la sabiduría interior.