Ella, mi compañera.

pexels-photo-1534633Yo creo que la enfermedad, por la que estoy atravesando, es un desequilibrio temporal, que le acontece a mi cuerpo, pero no a mi espíritu. El cuerpo es un vehículo que, por el uso y el abuso, puede deteriorarse hasta el punto de desaparecer. Entonces lo que importa no es el cuerpo, desde su estética, sino desde su funcionalidad.

Aunque el cuerpo es el portador de mi esencia, lo que soy, no se determina por mi apariencia, ni por mi presencia, sino por mis ejecutorias. Al fin y al cabo, el Universo no premia al que piensa sino al que hace, razón por la cual, por mis frutos me reconocerán.

Dicho así y siguiendo este orden de ideas, me quedo pensando en cómo actúo como pareja.

Esta mañana pasé mucho rato mirándola, pero ella no se percató. Se encontraba absorta en su trabajo, mirando el computador y respondiendo las preguntas de sus interlocutores al otro lado del ciberespacio.

Ella sabe que la miro, aunque tal vez no se imagina lo que siento y lo que pienso cuando me quedo observándola. Disfruto mi presente con ella, aunque por momentos me asalta la incertidumbre del mañana, pues por un instante reconozco que el viudo podría ser yo.

En la cotidianidad de nuestros días, los minutos que pasan son ricos y valiosos, porque los asumo como si fueran los últimos que voy a vivir con ella. Entonces me dispongo a saborearlos para degustar hasta la última gota de estas experiencias vitales que tengo con mi esposa.

Nuevamente la observo y confirmo lo mucho que la amo.

Cuando se está enfermo, o en el camino de la sanación, la pareja juega un papel fundamental en dicha evolución. De esta relación depende el estado emocional y la recuperación del paciente y me considero muy afortunado pues siento que ambos hemos estado a la altura de las circunstancias.

Nuevamente pienso en las personas que están alrededor del enfermo, y tomo consciencia de su cansancio y desgaste. Y también sé que algunos pacientes son más demandantes que otros; por lo tanto, le he dicho a ella, en nuestras conversaciones más trascendentales, que no quiero ser una carga, sino un paciente responsable.

Entonces en esta etapa de mi vida me he preguntado mucho, qué tipo de pareja he sido y qué tipo de pareja requiero ser ahora.

Porque tengo claro que la pareja tiene como sentido, el demostrarme quién realmente soy. Pues la pareja es la que determina qué tipo de relación puedo construir desde mí.

pexels-photo-1463563No es al azar, que en el ritual matrimonial se diga: “prometo acompañarte en la salud y en la enfermedad”. Es allí precisamente donde se verifica el amor incondicional, pues acompañar al otro en la enfermedad, es demostrarle en el campo de todas las posibilidades, la generosidad, la compasión y la magia de la misericordia.

Yo creo que, el compromiso verdadero está en no abandonar. –“Cuenta conmigo”-, es la expresión más poderosa dentro de una relación de pareja, y soy testigo de que eso es lo que vivo y siento ahora, con ella.

Nada sucede al azar.

pexels-photo-6249522Yo creo que nada es al azar y que todo lo que sucede en el Universo tiene un propósito. Lo importante consiste en saber leer estos signos, para poder interpretar lo que quiere o necesita el Universo de mí.

Hace poco la vida me regaló la oportunidad maravillosa de confrontarme con la muerte. Entonces la pregunta fundamental en torno al sentido de la vida, comienza a resolverse, gracias a que cuando contemplo la parca, le encuentro sentido a la existencia.

Por un momento, vuelvo al pasado y me pregunto:- ¿ha valido la pena?- Y la respuesta es afirmativa; pues los pasajes más oscuros de mi vida han servido para corregir el rumbo y encontrar de nuevo el camino que había perdido. Instantes dolorosos llenos de infelicidad, culpa y remordimiento se tornaron en luz, felicidad y propósito, cuando fui capaz de reconocer mis errores y enmendarlos para no volver a caer en el infierno del sufrimiento creado por mí mismo.

Ahora, en este momento decisivo, entiendo por qué la ira, el poder de destrucción, el odio, el dolor, el drama emocional, la violencia e incluso la enfermedad, aparecen cuando pierdo el rumbo de la felicidad, para darle cabida a la tristeza y a la depresión.

Nada en la rueda de la vida, sucede sin un propósito. Cada evento tiene una razón de ser y de existir. Estos acontecimientos se presentan para enseñarme algo, para el crecimiento de mi alma y para el fortalecimiento de mi espíritu. Son maestros poderosos que traen enseñanzas fundamentales para la toma de conciencia.

Yo creo que es posible transmutar el sufrimiento en conciencia.

pexels-photo-750897Por ello cada mañana enfoco mi atención en lo que estoy sintiendo, no en lo que pienso. Esto me permite identificar la sensación predominante y aceptarla porque reconozco que está ahí. No pienso en ello. No dejo que el sentimiento se convierta en pensamiento. Esto con el fin de no juzgar ni analizar. No soy el dolor, no soy el sufrimiento, no soy la angustia, no soy la ansiedad, solo observo y dejo que pase.

Actúo como testigo silencioso. Soy el observador, que no juzga, no analiza, no interpreta, sólo siento y dejo pasar. Así evito identificarme. Porque si me identifico con el dolor, no podré liberarme de él.

Dice Eckhart Tolle que tener identidad de víctima es creer que el pasado tiene más fuerza que el presente. Y continúa sosteniendo que tener identidad de víctima es creer que las otras personas y lo que me hicieron son responsables de quien soy ahora, de mi dolor emocional y de mi incapacidad de ser yo mismo.

Es por esto por lo que he decidido liberarme y liberar a otros de su supuesta responsabilidad en el daño causado a mi vida. Nadie puede hacerme daño, salvo si yo lo permito.

En el fondo de mi alma, descubro que cada evento tiene sentido, porque abona el terreno para que dichos acontecimientos sirvan como lección magistral, donde los demás no son mis enemigos, sino mis maestros, quienes con sus actuaciones están probando mi talante espiritual y me permiten demostrar de qué estoy hecho, porque ya se que la vida no es acumular riquezas, prestigios y placeres, sino servir amorosamente, para el crecimiento propio y de otros.

El daño que causan los pensamientos catastróficos.

pexels-photo-1547094Yo creo que los pensamientos catastróficos hacen mucho daño a la esperanza.

De todo lo maravilloso que he aprendido en este momento de mi vida, es precisamente a no darles cabida a los pensamientos catastróficos anticipando un futuro que no ha llegado.

Por ejemplo, el solo hecho de escuchar la palabra cáncer, ya invita a pensar que el desenlace será la muerte. Olvidando lo avanzada que está la ciencia de la medicina y sobre todo cuando se detecta a tiempo el evento amenazante, es posible buscar los correctivos para vencerlo prontamente.

Además, ¿por qué pensar en el cáncer como un enemigo?, sino mas bien como una excelente oportunidad para crecer espiritualmente y como persona, frente a la magnitud del regalo que me brinda la existencia. Es decir, el momento para relativizarlo todo y entender que la vida es un rato y que debo aprovecharla intensamente, aquí y ahora.

Esto hace que tome conciencia de la cantidad de tiempo que perdí, sobre todo lamentándome y jugando a la víctima y utilizando la enfermedad como un gancho para comprar afecto de mis seres queridos a muy alto precio.

Quien piensa en forma catastrófica le tiene miedo a la vida y por supuesto a la muerte. Se auto bloquea en ambos sentidos, porque no vive bien, pensando en lo peor y entonces ni disfruta ni goza la vida, porque está proyectado en el futuro, pensando el peor escenario.

¿De dónde vienen los pensamientos catastróficos?

De un ambiente familiar pesimista verificable en las frases y comentarios negativos, donde nada salía como se esperaba, pues no existía el merecimiento de lo mejor, y de un entorno donde ocurrieron sucesos lamentables, o de una demanda de amor que sólo se satisfacía si se estaba enfermo, eso sí, para recibir caricias de lástima. -De la única forma que me “amaban” era si estaba enfermo-, suelen decir muchos de mis consultantes.

Entonces surge la hipocondriasis como el recurso supremo para lamentarse, demostrar que se está enfermo, con el agravante de que como no tiene nada observable a través de resultados de laboratorio, ningún médico puede avalar el proceso mórbido del “pseudo paciente”.

Ahora también es cierto que cuando se está deprimido, el cuerpo tiende a enfermar como una forma de solidarizarse con la mente triste.

Así lo primero que hay que sanar es el pensamiento, la mente y la actitud depresiva, para invitar a la felicidad, a que ocupe el primer lugar, pues como lo he dicho antes, al dolor le molesta la alegría y no es compatible con la enfermedad.

Yo creo que le doy paso al proceso de sentirme enfermo cuando he perdido la alegría.

¿Y dónde queda el derecho a ser realista?

Precisamente en la certeza de los hechos comprobados, demostrados y contundentes; no en la especulación anticipada, llena de juicios a priori que nada aportan a la comprensión de los hechos.

Una cosa es declarar medicamente al paciente desahuciado, terminal y otra comenzar un proceso de quimioterapia, como en mi caso.

Estoy convencido, de que la esperanza, es lo último que se pierde y lo único que jamás debe robársele a un ser humano.

Dejar ir…

pexels-photo-5588318Yo creo que el secreto de la felicidad está en el desapego. Es decir, en desarrollar la capacidad de dejar ir.

Porque si me apego y me resisto a soltar, estoy negando el libre fluir de la vida que va y viene destruyendo para construir. La muerte es necesaria para la vida. La disolución es necesaria para que se produzca un nuevo crecimiento.

Por lo tanto, la estrategia consiste en aceptar los momentos de descenso, para aprovechar la conexión con lo espiritual, es decir lo inmaterial, para de esta forma darme cuenta de lo verdaderamente esencial que es invisible a mis ojos.

Experimentar el fracaso o una pérdida a cualquier nivel, es fundamental para observar el regalo que brinda la liberación de la esclavitud asociada con el éxito, el prestigio, la posesión material, la fama, la belleza o la riqueza. Porque todo es relativo.

El fracaso vive oculto en cada éxito y el éxito se agazapa en el fracaso.

En el mundo material, el fracaso hace parte del inventario. Lo interesante de este asunto es que, lo material no es permanente. Por ello lo único que me queda, en este momento de mi vida, está en el plano espiritual, que es eterno por lo permanente.

Por lo tanto, la enfermedad del cuerpo-material, es una condición natural, que hace parte del proceso de deterioro. Es normal que el cuerpo entre en fases de baja energía, que son vitales para la regeneración. Las células están programadas para sobrevivir, reproducirse, crecer, pero finalmente su ciclo termina. Sin embargo, la inteligencia del cuerpo necesita de la pausa y del reposo, cuando hay baja energía, para lograr el proceso de regeneración. Para mí, es tiempo de quietud, reposo y espera paciente, confiado en la regeneración de mi cuerpo.

pexels-photo-5694144Entonces, gracias a la meditación, uso mi mente creativa y entro profundamente en mi cuerpo…no lo pienso, lo siento, me conecto con La Fuente Invisible de todas las cosas, El Ser Eterno dentro de mí. Y visualizo que estoy sano, armonioso, alegre, feliz, completo pues, al fin y al cabo, tener acceso al reino de lo informe es liberador… porque si no, me quedo anclado en la forma.

Siento el cuerpo, desde dentro, como un campo energético unificado, fortaleciendo mi sistema inmunológico e inundo mi cuerpo de conciencia.

Ahora estoy consciente de que hay períodos de éxito y otros de fracaso. Momentos en los cuales lo material se marchita, se desintegra, para darle paso a la transformación, y permitir de esta manera que llegue lo nuevo.

Yo creo que, lo más maravilloso que me está pasando ahora, es adquirir la consciencia de dejar ir el pasado, dejar ir lo material, dejar ir la fama y el prestigio, para darle paso a lo espiritual donde me encuentro en esencia, pues todo lo demás es relativo.

Al dolor le molesta la alegría.

pexels-photo-3851309Yo creo que al dolor le molesta la alegría.

Durante este período de tratamiento oncológico, he venido observando que la intensidad del dolor depende más de mi grado de resistencia a aceptarlo y de la identificación que haga o no para convertirme en víctima o sanador.

Continuamente busco la manera de no desconectarme del ahora, porque si lo hago, me identifico con el dolor, al fin y al cabo, la mente cree que “lo correcto” es sentir dolor. Por lo tanto, la tarea consiste en aceptar y valorar el dolor en el ahora, para liberarme del sufrimiento y permitir que la consciencia tome las riendas de la situación.

Así, me he dado cuenta de que todo dolor es “ilusorio”, porque está asociado con el cuerpo, que tiene allí, un mecanismo de alarma para avisar que algo no está bien en el sistema y no porque algo esté mal en mí, o en mi ser.

El dolor es inevitable mientras siga identificándome con mi mente victimizada. Además, porque si acepto que el dolor existe, puedo minimizar el sufrimiento, en tanto no lo necesito.

De otro lado, también he descubierto que el dolor emocional es la principal causa del dolor físico y de las enfermedades físicas. Es decir, cuando experimento resentimiento, odio, autocompasión, culpabilidad, ira, depresión, celos e incluso la menor incomodidad psíquica, todo ello se representa en el cuerpo como enfermedad y por supuesto como dolor.

El dolor tiene dos niveles en el tiempo: el dolor que siento ahora y el dolor del pasado que aún vive en mi cuerpo y en mi mente, como algo que está por resolver, tramitar y sanar. Entonces el dolor de lo pasado persiste si me identifico con él.

Por ejemplo, si me dedico a buscar señales de infelicidad en mi vida, tengo motivos suficientes para quejarme y culpar a otros de mi dolor. Así necesito de la irritación, la impaciencia, el estado de ánimo triste, la depresión y la ansiedad para “hacerles daño” a los demás, como “compensación” de lo que “supuestamente” me han hecho. Nadie puede hacerme daño, a menos que yo lo permita, es decir, lo manipule para tener argumentos contra los demás.

El dolor se alimentará con cualquier experiencia que resuene con su vibración dañina.

Es aquí donde me doy cuenta de que al dolor le molesta y le estorba la alegría.

Ser y estar feliz es posible como una decisión, donde el centro soy yo y no los demás. No necesito a los demás para ser feliz. Más bien requiero y construyo mi felicidad para aceptar y recibir a los demás.

pexels-photo-1130626Yo creo que la alegría y la felicidad proyectan luz a la sombra del dolor. Y solo puedo construir felicidad en tanto esté iluminado; a diferencia del dolor, que desde la sombra fabrica un yo infeliz que necesita de la tristeza y la derrota para demostrar su hipótesis oscura.

Con todo este proceso del linfoma, estoy aprendiendo a mirar sin interpretar ni juzgar. Simplemente observo el dolor y lo entiendo como algo que debo soltar, porque no lo necesito. Es decir, soy solamente el testigo de mis pensamientos y emociones dolorosas.

En fin, porque estoy dispuesto a enfrentar y aceptar desde la alegría, todo este proceso como algo necesario para mi evolución, y porque estoy consciente de la felicidad y liberación que produce el estar conectado aquí y ahora. 

¿Y quién cuida al que cuida?

pexels-photo-4270365Yo creo que, en un proceso de enfermedad, hay otro protagonista importantísimo del que poco se habla y que para mí es necesario comentar hoy: me refiero al cuidador.

Esa persona clave que, desde el momento mismo del diagnóstico, sufre un impacto particular por todo lo que representa y significa el futuro en compañía del paciente.

Interminables horas de atención, paciencia, amor, paz interior y sobre todo renuncia total o parcial a su propia vida, por dedicársela al cuidado de otro ser que en gran parte depende de él.

Se conoce como el síndrome burnout donde literalmente el cuidador se “quema”, se agota y pierde todas sus energías. Según Christina Maslach y Susan E. Jackson este síndrome se caracteriza por el agotamiento emocional, despersonalización y reducción de la realización personal.

La persona acusa un progresivo agotamiento físico y mental que lo lleva a mostrar cambios en su comportamiento que por supuesto se refleja en su parte afectiva y emocional.

El tema es más impactante cuando se trata de cuidar a un familiar o a la misma pareja, pues la cercanía y el compromiso afectivo son mucho más fuertes, y completamente diferentes al nexo que se establece con una persona contratada para tal fin.

Con mi esposa, hemos conversando mucho sobre el tema, pues soy consciente de lo penoso y pesado que puede ser mi cuidado en este camino oncológico que apenas estamos comenzando.

¿Cómo identificar si se padece el síndrome del cuidador quemado?

Para ello existe una escala conocida como Test de Zarit. De todas formas, es importante proteger al cuidador y estar atento a los signos y a los síntomas que vaya presentando.

Por ejemplo, continuamente me pregunto si ¿le estoy pidiendo a mi cuidadora más ayuda de la que realmente necesito?

Tomo conciencia de que el tiempo que ella me dedica, le permita espacios para sus actividades personales y laborales, pues además de cuidarme tiene su trabajo, familia y unas obligaciones y actividades adicionales.

Evito causarle enojos o molestias para mantener la paz, la armonía y el equilibrio que ambos necesitamos sobre todo en este momento crucial de nuestras vidas.

El miedo lo estoy manejando, con la propuesta de vivir intensamente cada día, tarea en la que mi compañera me ayuda mucho pues, nuestras respectivas alegrías y maneras de ser, se confabulan para este propósito cotidiano de vivir conectados con el presente.

Abrimos momentos para que cada uno haga sus cosas, esto con el fin de proteger también su salud física y mental, y pueda continuar su vida social y familiar.

Dado el caso, estoy dispuesto a permitir que otra persona me cuide, para liberarla del compromiso de ser mi cuidadora exclusiva.

Y también, por supuesto hemos replanteado nuestras finanzas, debido a mi cese laboral y la carga que esto representa para ella.

En fin, yo creo que, desde el amor incondicional, el diálogo amoroso permanente y la conciencia clara de no ser un lastre para mi esposa es posible cuidar a mi cuidadora.

No hay peor enfermedad, que el diagnóstico.

pexels-photo-6436252Yo creo que no hay peor enfermedad que el diagnóstico.

Esa mañana la sala de espera del médico estaba fría y llena de caras largas. Algunos se quejaban otros miraban al infinito y los más resignados cerraban sus ojos, no sé si porque dormían, oraban, o con su gesto pretendían aislarse del mundo.

Esperé mi turno con paciencia. Luego el llamado cálido pero distante.

Con una sonrisa verídica, mas de amigo que de médico me invitó a pasar y sentarme en la silla asignada.

No había terminado de sentarme, cuando de manera directa y sin rodeos, mi cirujano me dijo que las noticias no eran buenas. -Juan tienes un linfoma y te voy a remitir a oncología-.

Sentí, mucho miedo e indefensión. Estaba con mi esposa a quien miré y estaba llorando también.

Sólo alcancé a preguntar: – ¿y el pronóstico? – No es bueno, respondió el galeno, porque estamos frente al papá de los linfomas, según la interconsulta que hice con el oncólogo. Es un linfoma anaplásico de células T.

En ese instante, desfilaron por mi mente, el pasado, el presente y el futuro.

Al salir del consultorio tomé la mano de mi compañera y en un silencio profundo y muy amoroso caminamos por un corredor que ahora se hacía más largo, oscuro y tenebroso. La muerte estaba frente mí, tocándome con su mano fría e inexorable.

Luego con más calma, tomé la decisión de vivir conectado con el ahora, aquí y en este momento decidí que iba a vivir solo el día a día.

Por lo tanto, desde ese instante, agradezco cada amanecer, disfruto el nuevo sol que me enseña el poder del ahora, oigo cantar a la naturaleza que ahora se me antoja una oración. Y agradezco todo lo que vivo incluso el dolor infinito que reporta mi cuerpo.

En el momento que escribo estas líneas estoy en el proceso de quimioterapia. Acá en la unidad de oncología todo está diseñado para la camaradería solidaria. Cada uno de mis compañeros, me recuerda que la enfermedad no establece ningún distingo social y que todos somos iguales.

Miro a mi alrededor y por un momento me siento aliviado.

Esta mañana llegó un paciente recuperado, a darnos ánimo. Acababa de salir de su cita de revisión donde le daban de alta, luego de siete años de lucha contra un cáncer de estómago. -Tengan fe, esperanza, fortaleza y no desfallezcan yo estuve siete años como ustedes y hoy puedo cantar victoria, si yo pude, ustedes también-. Lo aplaudimos con fuerza durante largo rato. Aunque en el fondo, ese aplauso era para nosotros mismos.

Yo creo que no hay peor enfermedad que el diagnóstico. La mente se nubla con negros presagios. Pero al vivir el día a día, descubro y confirmo que todo tiene su propósito, que nada viene al azar y que definitivamente ésta es la siguiente lección de la que debo aprender para mi crecimiento espiritual.

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