Lo que puede una creencia…

pexels-photo-6509146Yo creo que soy el reflejo de mis creencias.

Debo reconocer que siento, pienso y actuó proporcional a lo que creo. Y por lo tanto me doy cuenta de que mis creencias me pueden limitar, pero de otro lado también pueden significar el motivo para que obtenga grandes resultados durante el proceso de vivir.

Desde hace buen rato, vengo dándole vueltas a la pregunta: - ¿Cómo creo que soy?.-

Entonces observo que la respuesta a dicho interrogante define la manera como creo que es el mundo y por supuesto la manera como percibo a los demás.

Así, frente a mi mapa de creencias, que se ha convertido en una cartografía representacional del mundo, me he llenado de argumentos, la mayoría de las veces falsos, para respaldar mis creencias. Y me he dado cuenta de esto, porque al confrontarlo con la realidad, descubro lo engañado que he estado durante todos estos años.

Reflexiono sobre todas aquellas creencias que han limitado e impedido mi movimiento hacia la acción; y de las ganancias secundarias que he obtenido falsamente.

Ahora sé que las creencias se pueden cambiar y que esto se logra cambiando el mapa representacional del mundo, a partir de la deconstrucción y el desmontaje de aquello que creía cierto, pero que al amplificar el marco de conciencia … no ha sido otra cosa que una ilusión creada por una educación llena de miedos y prevenciones.

Definitivamente el cerebro cree lo que le diga. Hace lo que le ordeno. Pero para ello debo estar absolutamente consciente de lo que digo, pienso, siento y hago.

Por lo tanto, la clave está en cambiar el lenguaje.

No es un secreto que, para lograr esto, se requiere tiempo y práctica. Luchar contra algo aumenta la resistencia. Para convertir un propósito en un hábito, los expertos en el tema recomiendan repetirlo durante al menos veinte días, con disciplina y plena conciencia, hasta que el cerebro lo convierta en una nueva costumbre.

La raíz de una creencia limitadora es el miedo.

De manera que, me he propuesto reconciliarme con lo pasado. Y lo estoy logrando al descubrir que: -No soy el pasado. Que en mi pasado está lo que he vivido y lo que he hecho hasta el momento…y que puedo sentirme en paz con aquellas experiencias, porque han servido para aprender y corregir la marcha y centrarme en el presente, aquí y ahora, para darle forma y sentido al futuro-.

Al fin y al cabo, es necesario estar en paz con el pasado para poder focalizarme en el presente.

La fuerza del temor se puede canalizar y convertirla en energía para la acción.

pexels-photo-2681319Ahora estoy consciente de que he postergado la acción por temor a la culpa, al fracaso, a la vergüenza y al rechazo y en muchos casos al mismo triunfo.

Está claro, que el temor al rechazo está vinculado al miedo a perder el amor, el poder o el conocimiento. Si soy rechazado puedo aprender mucho de dicho rechazo. Por ejemplo, de las redes sociales, he aprendido que las personas admiran a los que tienen el valor de decir lo que piensan, aunque no estén de acuerdo con ellos-.

Yo creo que, el mayor temor no es ser incapaz, sino todo lo contrario… le tengo miedo a ser capaz.

Engaño perceptual.

pexels-photo-3781544Yo creo que vivo engañado. Al fin y al cabo, la realidad no es la realidad, sino una construcción subjetiva que elaboro a partir de mis percepciones. Por lo tanto, dependiendo de mi punto de vista, no puedo asegurar que lo que veo, escucho o siento, sea una verdad absoluta, sino más bien una interpretación particular de los hechos.

Cuando tomo el teléfono móvil, quisiera que su inteligencia artificial, sirviera para filtrar las noticias y mensajes falsos, y me pudiera ofrecer una información mas apegada a la realidad.

Porque cada día corro el riesgo de juzgar a primera vista, de una manera rápida y sin profundidad.

Y porque me atrevo a expresar, incluso cosas terribles de los demás, gracias a mi desbordada imaginación o porque también puedo ensalzar a aquellos que me caen en gracia y cumplen con mi expectativa ideológica, sexual, política, económica o cultural.

Definitivamente las apariencias engañan. A partir de lo que creo ver, subo de nivel al bien vestido y condeno a la profundidad de los estratos más inferiores, a aquellos que se salen de los cánones del vestuario idealizado y la belleza imposible. Y lo más grave, soy capaz de censurar a quienes tatúan en su piel símbolos personales o se rapan la cabeza o dejan sus cabellos largos y de diferentes colores, porque causan miedo, debido a sus diferencias en el uso de la norma.

Sin tener claro el contexto, suelto comentarios dañinos y mal intencionados para afectar la honra y reputación de los demás; esto con el fin de ganar puntos irreales frente a otros, quienes también juegan el deporte lingüístico de destruir el prestigio y el buen nombre. Todo esto para ser aplaudido como héroe, sin derecho a que la víctima pueda defenderse, porque me creo dueño de la verdad y conocedor único del arte de saber vivir.

Yo creo en la sabiduría del silencio respetuoso, que sabe guardar distancia, para permitir que cada uno viva como le place y desde su filosofía personal.

Creo en la construcción de un proyecto de vida sano sin hacerle daño a nadie, y por supuesto tampoco a sí mismo.

Creo que es posible una convivencia pacífica, desde la tolerancia a la diferencia.

Creo en la responsabilidad personal para evaluar, canalizar y redirigir comportamientos propios dañinos que puedan afectar, perjudicar o destruir a otros.

Creo que mi derecho llega hasta donde comienza el derecho del otro.

Y creo que las apariencias engañan porque desde muy joven aprendí que no puedo juzgar un libro por su portada.

Ahora, con mayor conciencia, me doy cuenta de que no soy quién para juzgar. Y mucho menos cuando estoy en igualdad de condiciones, como ser humano falible y sujeto de la percepción engañosa.

Y más ahora con tanta noticia falsa, donde es mejor observar los acontecimientos que están sucediendo particularmente este año, dibujando en mi rostro, una sutil sonrisa epistemológica, debido al engaño perceptual.

Las fantasías que no me dejan ver la realidad

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Yo creo que estar centrado en la realidad es una tarea compleja, cuando todavía no hemos despertado de la anestesia que produce la fantasía, sobre todo cuando creemos que vivir es un proceso fácil y sin complicaciones.

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“Después lo hago” no existe

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Yo creo que soy un gran mentiroso cuando me digo: “luego lo hago”. Yo creo que “después”, no existe.

El tiempo pasa inexorablemente y pierdo el tiempo, mi valioso y escaso tiempo, cuando dejo para más tarde lo que puedo y debo hacer ahora mismo. Desde lavar los platos, terminar el informe, organizar el papeleo contable, o la llamada telefónica para solucionar un problema menor, hasta postergar esa conversación importante: todo esto es procrastinar si lo dejo para mañana pudiéndolo hacer ahora, pues, si no es ahora, ¿cuándo?

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Hablar para sanar

cup-2884058_960_720Yo creo que la efectividad de la terapia está en la palabra. Hablar hace bien. Lo fundamental, es ser capaz de decir lo que hay que decir y no engañarse a sí mismo. La magia de este procedimiento radica en la verdad que se enfrenta al momento de hablar. Claro, el interlocutor es muy importante porque debe escuchar sin juzgar y mucho menos interrumpir el discurso, buscando la defensa. Continuar leyendo

Ser feliz en una relación

Yo creo que continuamente nos preguntamos: ¿Hay alguna manera de ser feliz en las relaciones?  Y algunos autores como Neale Donald Walsch intentan responder a este interrogante, a través de su texto Conversaciones con Dios, en su primera parte.

Según Walsch, hay una manera de ser feliz en las relaciones; y consiste en utilizarlas para el fin que les es propio, y no para el que les hemos designado. Pues según su argumento las relaciones son una prueba constante para crear, expresar y experimentar las más elevadas facetas de nosotros mismos.

Sostiene el autor que cuando las relaciones amorosas humanas fracasan (en realidad, las relaciones nunca fracasan, excepto en el sentido estrictamente humano de que no producen el resultado que se quiere), es porque se habían iniciado por una razón equivocada. Es decir, las relaciones cambian -más a menudo de lo esperado- cuando se han iniciado por razones que no son beneficiosas o que de alguna forma no conducen a su supervivencia.

La mayoría de nosotros establecemos relaciones, buscando lo que podemos sacar de ellas. El verdadero objetivo de una relación es decidir qué parte de mí mismo quiero ver “expuesto”; y no qué parte de la otra persona puedo capturar, conservar y controlar.

Entonces el resultado es una enorme presión sobre la otra persona, forzándola “a ser” y actuar de una manera contraria a lo que realmente es su esencia. Así nace el resentimiento, el enojo y la desilusión porque esa persona, no dio la medida de tu expectativa.

Y para enfrentar dicha presión, la otra persona busca recuperar su auténtico yo,  actuando de acuerdo con su verdadera identidad,  y es cuando dices que tu pareja ha cambiado y que está muy extraña y que no entiendes su conducta.

De otro lado creemos que la tarea del otro es completarnos. Pero el objetivo de una relación de pareja,  no es tener a otro para que te complete; sino disfrutar de la compañía del otro para tener la oportunidad de compartir tu completitud.

Yo creo que lo fundamental en una relación de pareja es permitir que el otro sea él mismo.

Si dejamos que cada uno se preocupe de sí mismo, de su esencia, de lo que hace, tiene y siente; de lo que quiere y pide, y por supuesto obtiene; de lo que busca, crea y experimenta… entonces las relaciones servirían para construir un compromiso de crecimiento personal mutuo, donde exista la libertad de ser auténtico, sin máscaras ni escondites.

Sin embargo nuestra lucha se centra en controlar al otro para que no se vaya. Pues tenemos miedo del engaño, la desilusión, el abandono y la soledad. Si tengo claro que no necesito al otro y permito que cada quien haga lo que necesita hacer para realizarse, entonces estoy amando realmente, porque, insisto, amar es dejar ser.

Definitivamente, antes de establecer una relación con otro, primero hay que fortalecer la relación consigo mismo, ya que es fundamental honrarnos, cuidarnos, amarnos, valorarnos, para no buscar esa estimación, en el afuera, en cabeza y conducta de otros.

La felicidad en una relación de pareja entonces se fundamenta en la capacidad de ser uno mismo y permitir que el otro sea. Más que en el control obsesivo de lo que hace, piensa, motiva y decide el otro. Dicho esto, la pregunta no es: ¿me amas? Sino más bien, te amo porque me permites ser yo mismo…entonces: ¿me dejas ser yo mismo?

Cómo vivir mejor con menos…

pexels-photo-2204542Yo creo que si es posible vivir mejor con menos

Sin embargo me podrán preguntar: ¿menos qué?

Dice Mahatma Gandhi: “Un ser humano, debería ser siempre más grande que lo que hace y más precioso que lo que posee”… esto significa que, para una sociedad materialista, donde lo importante es tener y no ser… no podemos seguir valorando a las personas por lo que tienen, ni mucho menos por lo que hacen, profesionalmente hablando, si no más bien por su esencia como personas.

En palabras de Mark Twain: “la civilización es la multiplicación ilimitada de innecesarios necesarios“.  En este orden de ideas, el materialismo, la competencia, la fiebre del prestigio, la envidia y la falta de humanidad son, sin lugar a dudas las enfermedades sociales del siglo XXI y esto de alguna manera produce estrés, depresión y ansiedad.

De otro lado Scott Nearin sostiene que “una economía de mercado necesita empujar y engañar a los consumidores a comprar cosas que ni necesitan ni desean, obligándolos así a vender su fuerza de trabajo como medio para pagar sus adquisiciones”.

Entonces nos asalta la duda: ¿Qué es vivir?

O la pregunta más directa: ¿Cómo estoy viviendo?

Y tal vez, la más trascendental: ¿Para qué vivo?

La vida es un viaje a través del tiempo en un determinado espacio. Y durante ese camino, buscamos status para proteger nuestra reputación.  Así,  ¿Qué es lo que hay que defender?

Vivimos para rodeamos de posesiones innecesarias. Creemos que la felicidad es la comodidad, la seguridad y el dinero. Con el “slogan” de ganar más para gastar más, la sociedad de consumo diseñó un inmenso aparato que nos inventa necesidades y nos hace creer, que tal o cual bien o servicio, nos hará felices… y en el fondo, lo único que logramos es cubrir un vacío emocional interior, que nos deja aún más insatisfechos.

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