¿Te gusta tu nombre?

Yo creo que algunos de nosotros, tenemos la ventaja de sentir gusto por el nombre que llevamos. Pero conozco más de uno que se encuentra bastante molesto con la decisión que tomaron por él. Es un problema psicológico real cuando afecta incluso la identidad de la persona. Surge entonces la pregunta: ¿qué hacer, cuando nuestro nombre no nos gusta?

Aunque parezca curioso, no es raro encontrar este tipo de quejas, no solo frente a un psicólogo, sino frente al notario mismo y por supuesto a la Registraduría del Estado Civil. Más de un ciudadano no está contento con el nombre que porta.

El nombre tiene la importancia de la identidad y por ello, es fundamental para los padres y maestros, saber cómo enfrentar el descontento de sus hijos y alumnos al llevar un nombre que en algunos casos, no tiene tocayo o en otros, no coincide con la expectativa que tiene el niño. El nombre puede afectar su autoestima y hasta su autoeficacia.

De otro lado, en algunos niños encontramos la posibilidad de cambiar el nombre, como un juego, pues determinan, que a partir de la fecha, ya no se llamarán Federico, sino Andrés, como una manera de identificarse con un personaje en particular o porque, con ese nuevo nombre, puede ensayar nuevas conductas y darse cierto permisos, que por supuesto con su nombre original, no pueden. Muy parecido a lo que ocurre en el teatro, cuando encarnamos determinado personaje.

Pero más allá de la identidad y la personalidad que puede dar un nombre, observemos el juego del deseo de quien bautiza o nombra a un hijo. De alguna manera el nombre no le pertenece a ese niño, sino que más bien representa el deseo de quien lo bautiza. En este acto no interviene la voluntad del niño; diríamos entonces que es una victima y/o beneficiario de quien decidió por él.

¿Entonces cómo ayudar a un niño a aceptar y a querer su nombre?

En un primer lugar, tomar conciencia de lo que significa bautizar un hijo.  Pues va a llevar ese nombre durante toda la vida y esto repercutirá en su autoestima y en la aceptación en el grupo social. En segundo lugar, y aunque parece obvia la respuesta, el nombre tiene que ver con el llamado amoroso y el uso placentero del mismo, por parte de sus padres y de las personas claves de su entorno. Tercero: el tono tiene demasiada importancia y hasta los diminutivos se tornan parte del conflicto. No es lo mismo decir Ana, que Anita; Como no es lo mismo utilizar el nombre completo, sobre todo cuando se trata de castigar o regañar.

Lo mismo ocurre cuando el nombre compuesto se parte y la persona termina adoptando la identidad de uno de sus nombres; entonces responde con mayor facilidad a aquel al cual se acostumbró o lo acostumbraron. ¿Soy Juan o soy Carlos?

En definitiva, la mejor manera de ayudar a un hijo, cuando le disgusta la manera como se llama, es mostrarle el significado que su nombre tiene y la importancia de destacarse en un grupo social, por lo diferente del mismo. No al azar en el mundo público y político, el secreto está en llamarse diferente, o si no Virgilio, Belisario y Baltasar pasarían desapercibidos.

Ser feliz en una relación

Yo creo que continuamente nos preguntamos: ¿Hay alguna manera de ser feliz en las relaciones?  Y algunos autores como Neale Donald Walsch intentan responder a este interrogante, a través de su texto Conversaciones con Dios, en su primera parte.

Según Walsch, hay una manera de ser feliz en las relaciones; y consiste en utilizarlas para el fin que les es propio, y no para el que les hemos designado. Pues según su argumento las relaciones son una prueba constante para crear, expresar y experimentar las más elevadas facetas de nosotros mismos.

Sostiene el autor que cuando las relaciones amorosas humanas fracasan (en realidad, las relaciones nunca fracasan, excepto en el sentido estrictamente humano de que no producen el resultado que se quiere), es porque se habían iniciado por una razón equivocada. Es decir, las relaciones cambian -más a menudo de lo esperado- cuando se han iniciado por razones que no son beneficiosas o que de alguna forma no conducen a su supervivencia.

La mayoría de nosotros establecemos relaciones, buscando lo que podemos sacar de ellas. El verdadero objetivo de una relación es decidir qué parte de mí mismo quiero ver “expuesto”; y no qué parte de la otra persona puedo capturar, conservar y controlar.

Entonces el resultado es una enorme presión sobre la otra persona, forzándola “a ser” y actuar de una manera contraria a lo que realmente es su esencia. Así nace el resentimiento, el enojo y la desilusión porque esa persona, no dio la medida de tu expectativa.

Y para enfrentar dicha presión, la otra persona busca recuperar su auténtico yo,  actuando de acuerdo con su verdadera identidad,  y es cuando dices que tu pareja ha cambiado y que está muy extraña y que no entiendes su conducta.

De otro lado creemos que la tarea del otro es completarnos. Pero el objetivo de una relación de pareja,  no es tener a otro para que te complete; sino disfrutar de la compañía del otro para tener la oportunidad de compartir tu completitud.

Yo creo que lo fundamental en una relación de pareja es permitir que el otro sea él mismo.

Si dejamos que cada uno se preocupe de sí mismo, de su esencia, de lo que hace, tiene y siente; de lo que quiere y pide, y por supuesto obtiene; de lo que busca, crea y experimenta… entonces las relaciones servirían para construir un compromiso de crecimiento personal mutuo, donde exista la libertad de ser auténtico, sin máscaras ni escondites.

Sin embargo nuestra lucha se centra en controlar al otro para que no se vaya. Pues tenemos miedo del engaño, la desilusión, el abandono y la soledad. Si tengo claro que no necesito al otro y permito que cada quien haga lo que necesita hacer para realizarse, entonces estoy amando realmente, porque, insisto, amar es dejar ser.

Definitivamente, antes de establecer una relación con otro, primero hay que fortalecer la relación consigo mismo, ya que es fundamental honrarnos, cuidarnos, amarnos, valorarnos, para no buscar esa estimación, en el afuera, en cabeza y conducta de otros.

La felicidad en una relación de pareja entonces se fundamenta en la capacidad de ser uno mismo y permitir que el otro sea. Más que en el control obsesivo de lo que hace, piensa, motiva y decide el otro. Dicho esto, la pregunta no es: ¿me amas? Sino más bien, te amo porque me permites ser yo mismo…entonces: ¿me dejas ser yo mismo?

¿Qué tan importante es el otro?

Yo creo que, ya como espejo o como ser de carne y hueso, el otro me confronta y le da sentido a mi mismidad.

En esta línea, la realidad de la presencia del otro, me invita a encontrar mi propio ser en función del nexo que tengo con mi semejante.

Y gracias a esta presencia, el yo busca su identidad, al diferenciarse de quien a su vez oficia como espejo: el otro.

En la relación de pareja, cada quien aporta su historia y recorrido personal. En palabras de Fritz Perls, uno de los padres de la Terapia Gestáltica, cuando sostiene que: “…Yo soy yo, tu eres tu. Yo hago mis cosas y tú las tuyas” se refiere a la importancia de la diferencia de cada quien… en cuanto al pensar, actuar, sentir o desear se refiere. El otro, al ser distinto, se convierte, a manera de contraste, en mi otra polaridad. Y para algunos esa sombra de mi “otro yo”, como diria Jung, genera miedo y evitación.

Continua Fritz Perls diciendo: “…si nos encontramos, qué hermoso, sino, que la vamos a hacer”; aquí subraya, la inevitable lucha, de algunas parejas, cuando pretendemos obligar al otro a pensar, actuar, sentir o desear semejante a nosotros. Pues la queja más frecuente es: no piensa como yo, no quiere como yo, no desea como yo”.

El otro es diferente y su presencia, actúa como espejo, ya que al final, la rueda de la vida o samsara, nos recuerda que la relación de pareja, es una excelente oportunidad para conocer y reconocer quienes somos; pues lo importante no es el otro, sino quien soy yo, cuando estoy en relación con otro.