El origen de la violencia.

buddhist-737275_960_720Yo creo que el origen de la violencia se encuentra en el miedo, la frustración, el estrés, la tristeza, la melancolía, la sensación de fracaso, en la codicia, la envidia, el orgullo, y la búsqueda de lujos para satisfacer al ego.

Por estos días, me ha llamado mucho la atención, la manera violenta como se están comportando algunas personas en la calle, en el barrio, en la urbanización, en la oficina, en el mundo entero. En sus rostros y en sus cuerpos se percibe la tensión propia de quien está en pie de lucha.

En estas semanas de descanso, me he permitido, largas horas de reflexión, tratando de comprender la fuente de tanta agresividad y la manera de canalizar dicha energía.

Los libros espirituales explican que la no-violencia, se asimila a la indefensión. Para las filosofías taoísta, védica, jainista y budista la indefensión, la no violencia o el Ahimsa, como se diría en sánscrito, busca no causar sufrimientos a los seres vivos con el lenguaje, la mente o el cuerpo.

Aunque soy consciente de que ser “inofensivo” no es suficiente en sí mismo, porque se requiere el cultivo de la voluntad, la consideración y la compasión.

Entonces el proceso de la no-violencia, comienza con el trabajo sobre nosotros mismos; para lograr la compasión interna y de esta forma construir bienestar y felicidad como individuos frente a la sociedad.

El erudito indio del budismo, Buddhaghosa decía que: “la compasión se basa en ver la indefensión de aquellos que son vencidos por el sufrimiento, por lo tanto me abstengo de hacer daño a otros”.

Cuando se actúa con violencia, esto crea un círculo vicioso que, a su vez, genera más violencia merced a las represalias y los desquites, en forma de respuesta agresiva.

Así, la verdadera Ahimsa, depende de la disciplina y el autocontrol.

Sobre el tema de la no-violencia, consultando los textos de las diferentes religiones y filosofías del mundo, encuentro similitudes significativas, donde el denominador común es la idea de que, para enfrentar la violencia, hay que responder con la serenidad y la paz que nace desde el interior.

Por ejemplo:

En el Antiguo Testamento encontramos que: “Una respuesta bondadosa hace desaparecer la colera”.

Y en el Nuevo Testamento se lee la importancia de: “Bendice a los que te maldigan y haz el bien a los que te odien”

En el Taoísmo se dice: “Recompensa el daño con la amabilidad

Los Confucionistas enseñan que: “No hagas a los demás, lo que no quieras que se te haga a ti”.

Desde el Hinduísmo: “Si el perjudicado devolviera el daño, las consecuencias serían la destrucción de toda criatura viva y el pecado predominaría en el mundo”.

En la misma línea los seguidores de la filosofía budista trabajan en la serenidad interior: “No montes en cólera con los que son coléricos contigo y replica mejor, con palabras amables, a las palabras duras”.

Y los Jainistas aconsejan: “Vencer a la cólera con el perdón”.

Nuevamente estoy de acuerdo con el maestro Chuang Tzu cuando al referirse a la violencia decía: -“es como tratar de detener un eco… gritándole”-.

Yo creo que el origen de la violencia está en nuestra infelicidad.

Soy agresivo…porque tengo miedo.

man-2364347__340Yo creo que la agresividad es la manera como se manifiesta el miedo.

Entonces reconozco que cuando me enojo, debo investigar las causas de mi miedo, porque es allí, donde está el origen de todos los fantasmas que me acechan.

En el día de ayer, por razón de mi trabajo, me acerqué a la portería de la institución pública, destino de mi charla. El portero muy amable, y con buen manejo del servicio al cliente, me explicó que el vehículo en el que me transportaba no podía ingresar, debido a la política ambiental que restringe el uso del parqueadero a aquellos que tienen “pico y placa”. En mi ciudad, se prohíbe la circulación de automóviles a determinadas horas y en ciertos días de la semana, teniendo en cuenta el último número de la placa que aparece en la licencia de tránsito. Con la misma amabilidad, respondí a la directriz y me dispuse a buscar parqueo fuera de allí.

Cuando por fin llegué a la portería, esta vez a pie, me indicaron que debía registrarme con mi cédula de ciudadanía, para recibir una escarapela de seguridad y además mostrar el número de serial y marca del computador portátil que llevaba conmigo, para poder ingresarlo y así dictar la conferencia.

Estoy acostumbrado a este ritual en cada empresa pública o privada que visito y por lo tanto me preparo mental y emocionalmente para la espera obligatoria que se debe tener en estos lugares.

Sin embargo, mi vecino no tenía la misma energía. Se adelantó pasando por encima del derecho de quienes nos encontrábamos en la fila y puso su dedo índice en el detector electrónico del torniquete. Pero este no funcionó. Insistió cada vez, con más desagrado y desesperación, sin lograr su objetivo. Llamó al vigilante y en tono autoritario le dijo que necesitaba pasar. El vigilante pausadamente respondió: -señor, el sistema lector de huellas está malo, por favor permítame su carné institucional para autorizarlo a pasar-.

¿Usted no sabe quién soy yo? – gritó enfurecido. -No señor, usted sabrá disculparme, solicitó el guarda de seguridad, soy nuevo y hoy es mi primer día de trabajo aquí-.

Es que yo soy… y describió su pomposo título. Agregando: -a mí nunca me han dado una identificación para entrar, solo el registro de mi huella-.

Señor, lo comprendo, ahora le pido que me entienda… ¿cómo hago para identificarlo?

La furia de este hombre no tenía comparación, incluso a costa de su salud cardíaca, porque estaba exageradamente enrojecido y con la respiración entrecortada, faltó poco para que colapsara y así desencajado, jadeante y furioso, pretendía seguir caminando delante de la portería, sin autorización.

Pensé: ¿de qué tiene miedo? Probablemente, este indefenso hombre…tenía miedo de que los demás, allí presentes incluyendo el novel portero, no le hiciéramos reverencias a su ego. Pues su vanidad pedía a gritos reconocimiento, y clamaba por retomar el supuesto poder de su título.

Quizá tenía pánico de no “ser nadie” frente a los otros. Y lo que logró en cambio, fue demostrar, a los muchos testigos que presenciábamos su metamorfosis psíquica, su falta de capacidad directiva para manejar un tema de seguridad y protocolo tan delicado y sensible, pues es el primero que debe dar ejemplo de respeto por la persona encargada del acceso seguro a la institución y respeto por las ordenes, que más que un capricho, en este caso, son necesarias para la tranquilidad de todos.

Cuando se actúa desde la humildad, el sufrimiento es menor, porque quien se encuentra instalado en lo más alto de su orgullo, cae y se golpea muy fuerte.

En el juego del poder, aquel que necesita de la aprobación, y el reconocimiento, en el fondo sabe que su estado es tan etéreo, temporal y veleidoso como la vanidad misma.

Ahora, pensando en mí, cada vez que me enojo, identifico que tengo miedo de no ser valorado y apreciado por lo que pienso, digo, o siento.

También sucede que este miedo agresivo aparece, cuando me siento impotente, por lo tanto, veo muy claro mi miedo a estar vulnerable.

Yo creo que encuentro mi serenidad, cuando desde la humildad me acepto, y acepto las circunstancias, sin esperar ser aceptado. Y entonces el miedo desaparece y con él la agresividad, porque ya no necesito defenderme, al no sentirme atacado.

Una ayuda que incapacite… no es ayuda

fishing-1814486_960_720

Yo creo que una ayuda que incapacite no es ayuda.

A veces nuestras ganas de ayudar no nos permiten ver más allá de la apariencia de indefensión del otro y entonces, sin contar con el ayudado…nos convertimos en un buen servidor, prestos a ofrecer nuestra colaboración y conocimiento, pero sin contar realmente con las consecuencias que se generan con nuestra ayuda.

Tal vez porque hay algo que no vislumbramos en el momento de ayudar, y es la respuesta a esta pregunta: ¿será que nuestra colaboración empeora el cuadro, porque convierte en “inútil”, (o al menos podríamos hacerlo sentir así), a quien pide ayuda? Continuar leyendo