Lo terapéutico de las noches oscuras.

tree-736885_960_720Yo creo que, al caminar por la vida, es posible pasar por noches oscuras.

En cada paso que doy, percibo que el camino está iluminado por fuentes de luz que tienen un toque de paranormales, por el mensaje espiritual que portan y porque debo leerlos desde la fe y la esperanza, entonces me asombro por el milagro que está más allá de la mirada normal. Continuar leyendo

Se cierra un ciclo, cuando el amor acaba.

hands-437968_960_720Yo creo que el amor cumple ciclos vitales. Va pasando desde el erotismo incontrolable, a la amigabilidad tranquila, con la tertulia trascendental que sueña el futuro.
El verdadero amor en pareja tiene en sí mismo todas las contradicciones de la naturaleza humana. Su funcionamiento hormonal, impide que la razón haga parte del proceso, pues deja de ser romántico y emocionante, cuando le metemos lógica y cabeza fría, ya que esto aterriza el asunto.
En el amor romántico se pierde la sensatez, entonces hacemos locuras en nombre del amor.
En algunos casos, las diferencias de caracteres, ciertos rasgos de la personalidad, la intolerancia, los juegos de poder, los comportamientos egoístas y los celos enfermizos, van minando la relación hasta llevarla a niveles críticos.
De otro lado las infidelidades, la incomunicación, y la falta de sexo gratificante le dan muerte a la sana convivencia y por lo tanto a la vida en pareja.
Yo creo que el amor en estas condiciones acaba. Entonces la pregunta que nos hacemos es: ¿Cómo elaborar duelo frente a la perdida de la relación? ¿Cómo cerrar el ciclo, para poder continuar el camino sin dejar este tema pendiente?
La respuesta comienza con la interpretación del apego. Nuestro miedo al abandono marca una diferencia importante a la hora de despedirnos. Así como la negación de la perdida…sabiendo que el secreto consiste en la aceptación humilde de la derrota al comprender que no somos el objeto de amor preferido del otro.
La culpa aparece como un elemento clave, pues me siento responsable de la pérdida de la relación y cargo con todo el peso de esta muerte del amor.
El miedo a la soledad es otro factor decisivo al momento de disparar todos los mecanismos rebeldes, que evitan la obligatoria separación. Somos capaces de comprar compañía a muy alto precio, con todos los inconvenientes que esto trae, con tal de sentirnos acompañados, así sea, de un compañero inadecuado.
El orgullo herido o “la herida narcisista”, en definitiva, es lo que toma protagonismo, frente a las preguntas angustiosas: ¿por qué yo? ¿Por qué a mí? ¿Qué tiene el otro(a) que no tenga yo? ¿Qué le da esa persona, mejor que yo? …si yo soy tan buena pareja…negando la posibilidad que tiene el otro, desde su libertad, de elegir cualquier otro objeto de amor, cuando y como lo desee.
Trabajar la negación, es el primer paso en el proceso de elaboración del duelo. Aceptar la realidad es un duro golpe para el ego; pero es la condición necesaria para comenzar el proceso de cierre.
Luego la rebeldía rondará un buen rato -lo que es normal- acompañada de la culpa y el deseo de destruir el objeto de amor. Para más tarde ver la realidad y reconocer sin orgullo, que hemos perdido y que debemos exorcizar nuestros fantasmas asociados con el miedo, al abandono, la soledad y la autoestima, así como la autoeficacia vulnerada.
Aquí se trata de construir un proyecto de vida con una nueva pareja… buscando en lo posible corregir nuestros errores del pasado y con humildad reconocer que en el amor no es posible controlar nada… salvo nuestra fiera interior, que a su paso destruye todo, desde el miedo.

Estamos anestesiados

Yo creo que estamos anestesiados. Y gran parte de ese adormecimiento se debe a nuestra propia incapacidad para reconocer la fuente y la causa del analgésico. Puede ser que le tenemos miedo al dolor y en consecuencia buscamos cualquier pretexto para evadir la responsabilidad de enfrentarnos con nuestros propios agentes de angustia.

O talvez nuestros padres y educadores hicieron todo lo posible para aislarnos de la realidad, ocultando hechos y acontecimientos, que según ellos, podrían perturbar la calma angelical de los “inocentes” niños, que todavía “no entendían” la realidad de las cosas.

El problema es que al crecer… seguimos siendo ignorantes de muchas realidades ambientales, familiares, sociales, culturales y psicológicas que nos toman por sorpresa y asaltan nuestra buena fe e inocencia.

Seguimos creyendo en príncipes azules y damiselas encantadoras que oficiarán como excelentes compañeros de viaje. Seguimos soñando con los personajes de celuloide que a través de los medios de comunicación se convierten en el prototipo del éxito. Y seguimos comprando ilusiones y prestigio y fama, al adquirir el computador, teléfono o vehículo de moda, para asegurar la respetabilidad perdida, gracias a que papá y mamá, escuela y maestros, nos enseñaron a preocuparnos demasiado por el qué dirán.

Con la premisa de ganar más, para gastar más, esta enorme sociedad de consumo nos anestesia con productos para el placer y la diversión, haciendo que olvidemos por un momento nuestros problemas reales.

No queremos hablar de aquellos temas “prohibidos en familia”. Por ejemplo la proximidad inexorable de la muerte. Entonces todos los miembros del clan huyen espantados con el tema y nadie quiere asumir el compromiso del diálogo relacionado con seguros, herencias, deudas y asuntos pendientes por cerrar.

Otro ejemplo. Cuando se tienen vidas paralelas, con hijos y otros compromisos abordo, y luego como por arte de magia, vienen a reclamar lo que sienten que es propio… sorprendiendo a más de uno, sobre todo cuando en el funeral, preguntan quién es aquel o aquella que llora tanto y nadie conoce.

Así mismo temas como la infidelidad, entendida como la existencia de otra persona en la vida de nuestra pareja, que al compartir la intimidad, no solo sexual sino dialogal, nos hace partícipes de un triángulo incómodo, que se torna más molesto, cuando somos ignorantes, aunque no todos los demás, pues todo el mundo sabe, menos yo. Entonces no queremos hablar del asunto y le echamos tierra o nos hacemos los que no vemos para anestesiar el dolor y pasar invictos aunque desdichados.

O cuando invertimos grandes cantidades de tiempo y dinero en diversiones pasajeras y hasta peligrosas para obtener placer temporal y evitar el encuentro son nosotros mismos.

Estamos anestesiados y la mayoría no lo sabemos… o pretendemos no saberlo para evitar sufrir. Sin embargo el despertar nos ayuda a ver la realidad en otra perspectiva y nos permite actuar desde la conciencia, pues al darnos cuenta, el cambio viene por añadidura y eso tiene su toque de esperanza.