Yo quiero ser yo

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Yo creo que, en el sagrado arte de vivir, ser uno mismo es difícil. Por un lado, si pretendo “comprar” la aprobación de los demás. Y de otro lado, porque la lucha por ser uno mismo, es dura, si tengo partes de mí, que no valoro, no acepto o incluso no reconozco.

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Acompañ…arte

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Yo creo que la pareja tiene sentido como esa persona que he elegido para acompañarla y que me acompañe en el camino de la vida, el resto de mi existencia. Sin embargo, no es fácil acompañar. 

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¿Qué es un problema?

Yo creo que a la hora de evaluar lo que es un problema, es recomendable hacernos la pregunta desde el principio, para encontrar la diferencia entre lo que realmente es un problema y lo que para mi es un problema.
Recuerdo a mi madre, parafraseando un proverbio chino, cuando nos decía que “todo problema tiene solución, y que aquello que no tienen solución entonces no es un problema”. La sencillez y profundidad de estas palabras, cobran sentido al completarlas con esta otra afirmación: “todo tiene solución, menos la muerte” … aunque para algunos la muerte sea una solución en sí misma.
¿Entonces qué es un problema? Yo pienso que es aquella situación confrontadora, que permite al ser abordada adecuadamente, hallar la respuesta; o si no, pregúntale al matemático cuando trabaja con un problema y observarás cómo va en procura de la solución, de lo contrario no perdería tiempo con algo que no tiene cómo resolverse.
Existen muchas clases de problemas… económicos, políticos, psicológicos, morales, sentimentales, matemáticos, filosóficos y todos ellos, de alguna manera, nos ayudan a desarrollar nuestras habilidades para resolverlos, desde las inteligencias múltiples, ayudados por la creatividad y la capacidad para adaptarnos. Así se convierten en excelentes motivadores para investigar en el campo de todas las posibilidades y alcanzar la sabiduría en el sagrado arte de vivir.
Y en esa dinámica adaptativa, el problema es obligatorio para probar nuestra capacidad emocional, racional y operativa, dándole sentido a la existencia misma, pues nada más monótono que una vida sin problemas.
En el niño, el problema como tal, desarrolla su creatividad para encontrar recursos, y de esta forma resolver los pequeños y al mismo tiempo, grandes conflictos que le garantizan el aprendizaje, a su corta edad. En la adolescencia la problemática se torna más compleja debido a los cuestionamientos existenciales propios de esta etapa de la vida; y en los años posteriores, y aquí viene el misterio y la magia de la adultez, no hay realmente problema que no estemos en capacidad de enfrentar y resolver.
Ahora, porque definitivamente nada es al azar, a cada quien le llega el problema que necesita, en su debido momento, para aprender algo, de sí mismo y de la vida. Es decir, el Universo repite las lecciones…hasta que se aprenden. Esto explica porque los problemas se repiten, debido a que no hemos hecho el debido proceso de aprendizaje, ya por terquedad, por orgullo, por escasez de recursos cognitivos o porque no nos hemos permitido darnos cuenta de lo que está sucediendo y, en consecuencia, no podemos hacernos cargo.
Yo creo que los problemas vistos como oportunidades, son excelentes maestros. Y que cada quien alcanza la maestría, si está preparado para asumir el desafío de la situación problematizadora, como una magnífica oportunidad para demostrar de lo que somos capaces.

¿Qué tan bueno es tolerar?

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Yo creo que la tolerancia tiene límite sobre todo cuando ya están en juego otros factores como la dignidad y el amor propio.
Si la tolerancia es un valor, que nos lleva a la actitud que nos permite respetar opiniones, ideas, creencias, comportamientos y actitudes de los demás, aunque no coincidan con las nuestras, también es cierto que en determinados momentos no podemos permitir que afecten nuestra integridad física, mental o espiritual.
¿Qué tan bueno es tolerar?… la respuesta a esta pregunta puede tener múltiples lecturas y va en dirección al desarrollo de la capacidad de resistir o aguantar los impactos que causan los comportamientos, pensamientos y acciones de otros que, de alguna manera, van en contravía de nuestro propio parecer. Sin embargo, esto significa que es bueno para la convivencia, respetar las diferencias naturales y obligatorias que presentan los demás y que, de otro lado, nos lleva a revisar nuestro egoísmo, terquedad o punto de vista cerrado, cuando nos falta empatía y no nos ponemos en el lugar y en el derecho del otro.
Así mismo, cabe preguntarse, ¿qué sucede cuando lo que hace, dice o actúa el otro, atenta contra nuestro derecho? La sabiduría personal juega un papel importante en la manera cómo asumimos lo que hace el otro…es decir si lo vemos como un ataque o una excelente oportunidad para probar nuestra paciencia, al tiempo que relativizamos lo que consideramos nuestro derecho.
Además, porque también debemos reconocer que existen personas intolerantes que se quejan por todo, o creen que nadie puede pensar diferente a ellos y que corremos el riesgo de caer en el juego de las mutuas intolerancias.
Yo creo que tolerar hace parte de la inteligencia emocional y que con un buen discernimiento como el que nos brinda la sabiduría, nos damos cuenta cuándo es bueno o no hacerlo.

El riesgo potencial de tomar una decisión

Yo creo que el problema está en nuestra indecisión. A veces nos cuesta tomar decisiones, que por lo trascendentales, sabemos que van a repercutir en nuestro futuro. Y esto se debe posiblemente a nuestro temor a fracasar o equivocarnos. Sé, que ésta “herida narcisista”, nos duele en lo más profundo de nuestro ego. Y también sé que no nos gusta reconocer que nos hemos equivocado. Sin embargo, todo beneficio, requiere un sacrificio y cualquier buen resultado, exige una inversión o tiene un costo.

Dicen los abuelos, que “algo” saben, que “quien no arriesga un huevo no obtiene una gallina”. Y lo angustioso del asunto radica en el hecho de que, en cada momento, la toma de decisiones, encierra un riesgo potencial. Así para quien no le gusta perder y todo lo tiene o lo cree tener bajo control, tomar decisiones se convierte en un martirio.

La vida todo el tiempo nos exige tomar decisiones. Hoy me levanto de la cama o no lo hago; me ducho con champú o mejor utilizo el gorro de baño; desayuno abundante o tomo un alimento ligero; utilizo el metro o camino; estudio esta carrera o mejor hago la otra; me caso con este o mejor me separo de aquel; invierto en este proyecto habitacional o guardo el dinero para mi viaje de vacaciones; sigo viviendo o interrumpo mi existencia.

Hay decisiones acertadas y otras equivocadas. Hay decisiones tomadas desde el impulso o el desespero y las hay geniales y sabias, gracias a la serenidad de la meditación consciente.

Otras en cambio, tomadas desde la razón, frías y sin emociones, semejan el proceso mental del ajedrecista, que piensa que cada movimiento es una jugada maestra, resultado de ponderar posibles amenazas.

Yo creo en las decisiones que pasan por el tamiz del corazón, de la intuición, y del placer corporal y estomacal que brindan el sentido común y la sensatez. Pues cuando no lo he hecho así… el cuerpo y su malestar me lo reclaman.

Creo en las decisiones que benefician a los demás, incluso sacrificando el interés personal, pues no hay nada tan vacío como disfrutar el triunfo solo.

Creo que a veces se necesita la colaboración especial de seres iluminados y más sabios, que te ayudan a discernir, siempre y cuando superemos el orgullo.

Y creo que la inteligencia emocional tiene mucho que ver con la capacidad de adaptarse, resolver problemas y tomar decisiones.

Postergar una decisión, lo único que consigue, es la intervención del Universo, que finalmente toma la decisión por nosotros.

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