Soy… los demás de los demás.

pexels-photo-5444943Yo creo que el mayor “pecado” que existe es ver a los demás como pecadores.

Recuerdo que Alberto Cortez, el poeta y cantautor argentino, era uno de mis compañeros inseparables al momento de estudiar, caminar, reflexionar y tertuliar en torno a la vida y su propósito. Y aquel día en particular, miraba con deseo profundo, un libro de poemas suyo, exhibido en la librería de la universidad, pero que, dadas las condiciones precarias de mi bolsillo de estudiante, era imposible de alcanzar, porque cualquier recurso económico, lo destinaba al pago de las fotocopias del capítulo de turno, para presentar el examen parcial de psicoanálisis, mientras me conseguía las obras completas de Sigmund Freud.

Lo que, si era posible, consistía en tomar por un momento el texto del librero, y de una manera ceremonial y simbólica, abrirlo para sentir su olor a imprenta y papel nuevo y en medio de este ritual, ojearlo y hojearlo para memorizar y copiar rápidamente alguna frase, estrofa o párrafo completo. La suerte me llevó a abrir la página donde se encontraba este tesoro:

Los demás… 

“Nunca estamos conformes del quehacer de los demás. Y vivimos a solas sin pensar en los demás.

Como lobos hambrientos, acechando a los demás, convencidos que son nuestro alimento, los demás.

Los errores son tiestos que tirar a los demás; los aciertos son nuestros y jamás de los demás;

Cada paso un intento de pisar a los demás, cada vez más violento es el portazo a los demás.

Las verdades ofenden si las dicen los demás, las mentiras se venden, cuando compran los demás;

Somos jueces mezquinos del valor de los demás, pero no permitimos que nos juzguen los demás.

Apagamos la luz que, por amor a los demás, encendió en una cruz, El que murió por los demás;

Porque son ataduras, comprender a los demás, caminamos siempre a oscuras sin pensar en los demás.

Nuestro tiempo es valioso, pero no el de los demás; nuestro espacio, precioso, pero no el de los demás.

Nos pensamos pilotos del andar de los demás;
“donde estemos nosotros… que se aguanten los demás”

pexels-photo-54377Condenamos la envidia, cuando envidian los demás, más lo nuestro es desidia, que no entienden los demás.

Nos creemos selectos entre todos los demás; seres “pluscuamperfectos”, con respecto a los demás.

Olvidamos que somos, los demás de los demás; que tenemos el lomo como todos los demás,

Que llevamos acuestas, unos menos y otros más, vanidad y modestia como todos los demás…

Y olvidando que somos los demás de los demás, nos hacemos los sordos, cuando llaman los demás.

Porque son “tonterías” escuchar a los demás… lo tildamos de “manía” al amor por los demás”.

Desde ese maravilloso día, creo que la armonía y la paz interior, no se consiguen enjuiciando las conductas de los otros, tal vez como una forma fallida de tener el control de los demás, sino todo lo contrario, cuando desarrollo la capacidad para ver a mis semejantes… como mis espejos. El secreto está en silenciar cualquier tipo de comentario o juicio, que sólo habla de quien soy yo, y realmente no dice nada de quienes son ellos.

Engaño perceptual.

pexels-photo-3781544Yo creo que vivo engañado. Al fin y al cabo, la realidad no es la realidad, sino una construcción subjetiva que elaboro a partir de mis percepciones. Por lo tanto, dependiendo de mi punto de vista, no puedo asegurar que lo que veo, escucho o siento, sea una verdad absoluta, sino más bien una interpretación particular de los hechos.

Cuando tomo el teléfono móvil, quisiera que su inteligencia artificial, sirviera para filtrar las noticias y mensajes falsos, y me pudiera ofrecer una información mas apegada a la realidad.

Porque cada día corro el riesgo de juzgar a primera vista, de una manera rápida y sin profundidad.

Y porque me atrevo a expresar, incluso cosas terribles de los demás, gracias a mi desbordada imaginación o porque también puedo ensalzar a aquellos que me caen en gracia y cumplen con mi expectativa ideológica, sexual, política, económica o cultural.

Definitivamente las apariencias engañan. A partir de lo que creo ver, subo de nivel al bien vestido y condeno a la profundidad de los estratos más inferiores, a aquellos que se salen de los cánones del vestuario idealizado y la belleza imposible. Y lo más grave, soy capaz de censurar a quienes tatúan en su piel símbolos personales o se rapan la cabeza o dejan sus cabellos largos y de diferentes colores, porque causan miedo, debido a sus diferencias en el uso de la norma.

Sin tener claro el contexto, suelto comentarios dañinos y mal intencionados para afectar la honra y reputación de los demás; esto con el fin de ganar puntos irreales frente a otros, quienes también juegan el deporte lingüístico de destruir el prestigio y el buen nombre. Todo esto para ser aplaudido como héroe, sin derecho a que la víctima pueda defenderse, porque me creo dueño de la verdad y conocedor único del arte de saber vivir.

Yo creo en la sabiduría del silencio respetuoso, que sabe guardar distancia, para permitir que cada uno viva como le place y desde su filosofía personal.

Creo en la construcción de un proyecto de vida sano sin hacerle daño a nadie, y por supuesto tampoco a sí mismo.

Creo que es posible una convivencia pacífica, desde la tolerancia a la diferencia.

Creo en la responsabilidad personal para evaluar, canalizar y redirigir comportamientos propios dañinos que puedan afectar, perjudicar o destruir a otros.

Creo que mi derecho llega hasta donde comienza el derecho del otro.

Y creo que las apariencias engañan porque desde muy joven aprendí que no puedo juzgar un libro por su portada.

Ahora, con mayor conciencia, me doy cuenta de que no soy quién para juzgar. Y mucho menos cuando estoy en igualdad de condiciones, como ser humano falible y sujeto de la percepción engañosa.

Y más ahora con tanta noticia falsa, donde es mejor observar los acontecimientos que están sucediendo particularmente este año, dibujando en mi rostro, una sutil sonrisa epistemológica, debido al engaño perceptual.

¿Quién soy…para juzgar?

audience-1866738_960_720Yo creo que juzgar es muy fácil; lo difícil es ponerse en el lugar del otro…cuando se juzga.
Desde niños hemos sido receptores de juicios. El entorno se obsesiona calificando nuestro comportamiento. Crecemos en medio de críticas y dedicamos gran parte del tiempo a hacer lo mismo con los demás. Esto nos convierte en unos jueces implacables del quehacer del prójimo y al mismo tiempo, queremos estar eximidos de la evaluación que nos hacen los demás. Continuar leyendo

Quiero amarte…sin absorberte

Yo creo que esta publicación de Virginia Satir, titulada Mis Metas y que aparece en el libro “En contacto íntimo” de la editorial Concepto S.A. en su onceava reimpresión en Méjico en 1988, tiene esa estructura característica de escrito simple pero profundo, que merece ser disfrutado .

En este texto la autora, de quien ya he escrito algunos otros comentarios, propone lo siguiente:

Mis metas

“Quiero amarte sin absorberte,

apreciarte sin juzgarte,

unirme a ti sin esclavizarte,

invitarte sin exigirte,

dejarte sin sentirme culpable,

criticarte sin herirte,

y ayudarte sin menospreciarte.

Si puedes hacer lo mismo por mí, entonces nos habremos conocido verdaderamente y nos podremos beneficiar los dos”.

Comencemos por la expresión “amarte sin absorberte”. Creo que se refiere a la posibilidad de amar al otro permitiéndole ser. Esto significa: permitirle ser libre, ser ella o él mismo. Para poder desarrollar libremente su personalidad desde sus creencias y valores. Desde su mapa representacional y conceptual del mundo. En resumen, se trata de observar al otro desde el respeto, sin intervenir en su construcción, para beneficio de mis propósitos egocéntricos. Es importante reconocer nuestro egoísmo y nuestras ganas de controlar a la otra persona, para que se acomode a nuestros intereses.

Y esto se enlaza muy bien con la siguiente frase, donde la doctora Satir, nos invita a apreciar a la otra persona sin juzgarla. Qué difícil no juzgar, no censurar, no perseguir. Pues desde niños hemos sido educados en la crítica. En la observación evaluadora de nuestros padres y maestros y por lo tanto de sus juicios que nacen de su comportamiento como seres de control y manipulación. Entonces perpetuamos la acción de juzgar y la convertimos en nuestra aliada más poderosa, para de esta forma obligar a los demás a actuar y pensar según nuestro criterio.

Amar es dejar ser. Entonces nuestras uniones de pareja no pueden convertirse en una forma sutil de esclavitud. No se trata de establecer un vínculo entre un amo y un esclavo. Se trata del encuentro respetuoso y responsable de un par de personas que desde la libertad optan por acompañar al otro en sus respectivos caminos; sin presiones, sin culpas, sin chantajes emocionales.

Y mucho menos se trata de exigir al otro que actúe, piense, reaccione o se comunique en una determinada dirección. Renunciado a sus propios ideales, valores y mapas de creencias.

Lo preferible es formular una invitación amistosa y amigable a ese otro, para que nos acompañe en el camino. Pero dicha compañía no se puede exigir. No se puede obligar. Porque debe originarse desde el deseo del otro. Desde la búsqueda del otro. No únicamente desde mi deseo o mi necesidad de ser acompañado.

Porque si, en medio de la marcha, se suscita una necesidad de caminar solo, entonces es cuando se puede recobrar la libertad sin remordimientos.  Pues, es posible abandonar sin sentirse culpable.

Criticar se facilita cuando se hace con amor. Con respeto por el proceso y el estilo del otro. Cuando se busca ayudar al crecimiento personal propio y de la pareja.

Y la ayuda a mi pareja o compañero de viaje, tiene sentido cuando la ofrezco para agilizar el camino y no para entorpecerlo. Porque una ayuda que paralice no es ayuda. Una ayuda que incapacite no es ayuda. Una ayuda que genere dependencia, no es ayuda.

En esta línea, amar se parece más a un proceso de desapego que de apego. Pues se trata de caminar, respetando las individualidades, que de fusionarme con el otro, perdiendo la identidad y el libre albedrío.

Por ello quiero amarte…sin absorberte… para que seas tu misma.

Lo bueno que dejan los que se van…

Yo creo que más allá de su estilo de vida, sufrimientos, gustos, hábitos y costumbres, Michael Jackson dejó su aporte a la humanidad a través de la música. Su talento incluso como coreógrafo merecen nuestra admiración y reconocimiento.

Y siendo consecuentes con la filosofía de este blog, que busca resaltar lo bueno de las personas, porque todas son dignas de respeto, me gustaría disfrutar con ustedes un poco de la música de él.

Yo se que el respeto se gana con las actuaciones y que son éstas, las que juzgará la historia... por eso dejemos que la historia se encargue de esos juicios, mientras nosotros disfrutamos de lo bueno que dejan, los que se van.

Donde menos se espera…

Yo creo que nuestra percepción falla cuando nos dejamos llevar por una primera impresión. “Donde menos se espera salta la liebre”… decían con frecuencia nuestros ancestros y esta expresión popular, cada día tiene más vigencia, cuando se trata de emitir un juicio o una opinión sobre alguien.

Lo maravilloso de un ser humano es su humanidad. Y esta merece todo nuestro respeto en relación con su persona y más aún cuando a primera vista o por comentarios, formamos un concepto a priori de las personas.

Este es el caso de Susan Boyle y el famoso concurso cazatalentos ingles: ¡Cero y van dos!