El miedo protector.

pexels-photo-3991311Yo creo que, como un ensayo preliminar, y tal vez como un ejercicio para vencer mi ansiedad, aproveché que tenía una diligencia bancaria obligatoria, de esas que son inaplazables e intransferibles, entonces me dispuse a adoptar todos los protocolos de bioseguridad, para salir a la calle.

Me sentí muy extraño, como indefenso. A pesar de ir dentro de un vehículo cerrado, con tapabocas, guantes y mi gafa permanente recetada (para corregir el astigmatismo y la hipermetropía desde niño), la sola idea de estar expuesto me invadió durante todo el recorrido.

Mi primera estación fue la oficina de la contadora, pues debía entregarme unos documentos para llevar al banco. Metí mis zapatos en la esponja dispuesta con solución de cloro y el saludo distante y acelerado marcó la pauta de la conversación. Ella muy gentilmente me ofreció algo de tomar, y el recuerdo del exquisito café que preparan allí, se hizo agua en mi boca, pero luego llegó la voz de la conciencia paranoica, que decía: -“Juan ten cuidado, en el pocillo puede estar tu enemigo”-; entonces decliné la oferta, con la certeza de que me había perdido un delicioso tinto, por el miedo al contagio.

Salí de allí, lo más pronto que pude. Marqué en el sistema de navegación por satélite la ruta rápida al banco y mientras me dirigía a la siguiente estación, observé la ciudad que hacía más de sesenta días no tenía la oportunidad de recorrer. Aunque percibí más vehículos, de los que circulaban al principio de la cuarentena, si noté que la vía estaba despejada, para ser un martes a esa hora.

Al llegar al centro comercial donde se encuentra el banco de mi destino, la ausencia de la energía de los clientes, sumado a los locales y restaurantes cerrados, heló mis huesos, como en esas películas de futuros apocalípticos, donde siempre presentan una típica escena al interior de un parqueadero desierto, para sugerir el posible ataque del mutante agazapado.

Me llamó la atención que a donde llegara, tomaban mi temperatura, revisaban el número final de la cédula, para luego señalar el lugar distante que me correspondía en la fila. Debo reconocer que fue la primera vez que me atendieron tan rápido en ese banco.

Y en otro lugar que visité para comprar suministros de papelería, en una planilla prediseñada, anotaron no sólo mi temperatura, sino además el nombre completo, la dirección física, el correo electrónico y el número celular.

Luego me dirigí al consultorio, para dar una vuelta y hacer presencia social y dar constancia de supervivencia, a los empleados de seguridad del edificio y de paso, un buen aseo, con tiempo suficiente para revisar que todo estuviese en orden, por si las autoridades de salud, en un futuro que espero próximo, permitan regresar y de esta forma atender a mis consultantes en vivo y en directo. Esto porque a la fecha, todo se ha realizado virtualmente, con ayuda de las distintas plataformas, lo que ha significado un proceso de adaptación y aprendizaje para ambas partes.

Mi ultima estación fue el supermercado. Esperaba más protocolos de bioseguridad, porque en este tipo de establecimientos el desorden social, no es raro. Encontré, para aumentar mi temor, personas con el tapabocas en la nuca, sin guantes y estacionando vehículos, uno enseguida del otro, sin la debida distancia recomendada, al igual que en la fila de espera para llegar a la caja registradora.

Yo sé que el miedo es un factor protector frente a la probabilidad de contraer el virus, aunque al mismo tiempo paraliza la espontaneidad de la vida, pues tengo la sensación de que, al salir a la calle, aumenta la posibilidad de ver a mis vecinos como enemigos y la probabilidad de que ellos sientan lo mismo conmigo.

Pregunto: - ¿realmente cambiará mi conducta social y afectiva cuando finalice la cuarentena?

Yo creo que el miedo al contagio va a ceder, para dar paso al miedo a la pobreza y a la pérdida de ciertos placeres de fin de semana; por lo tanto, el instinto de supervivencia y la búsqueda natural de bienestar, harán que muchas conductas permanezcan, porque las necesidades de sustento, protección económica de la familia y de encuentros sociales y afectivos, serán más fuertes que el mismo miedo al contagio.

El tiempo de la espera.

pexels-photo-3954635Es un tiempo largo el que me espera. Una jornada completa, como un viaje de ida y vuelta hacia mi interior. Alguna vez, los minutos pasan raudos, otras veces los veo lentamente en el reloj. Los días de esta cuarentena, por el covid-19, pasan dejando su huella. Estoy consciente de lo que representa el coletazo, cuando pase esta primera parte del encierro.

Mientras espero, leo, escucho música, escribo, preparo y dicto clases virtuales, converso con mis seres queridos presentes y con los otros, gracias a las videollamadas, cocino, me baño y afeito todos los días, porque atiendo consultas por las distintas aplicaciones tecnológicas, veo películas, canto, procuro hacer ejercicio, y luego me pregunto ¿qué más puedo hacer?.

Entonces en los instantes en que no tengo actividad, me atrapa desprevenido el pensamiento a veces optimista y otras lleno de negros presagios. Y vuelvo a sentir esperanza por todo lo bueno que está por venir.

Se parece a una purga. Es lo mismo que se logra en psicoterapia con la catarsis. El universo entero se está limpiando y me invita a ser solidario con su desintoxicación.

Mientras tanto en casa… todos procuran estar ocupados, para no sentir miedo.

La convivencia me ha enseñado a tolerar. A ser paciente, para no estallar sin motivo y lo más importante, agradecer porque aún sigo vivo;  entonces como Viktor Frankl, me enfoco en el futuro y proyecto en mi mente, qué voy a hacer cuando todo esto termine y pueda volver a disfrutar la libertad de caminar por los parques y las calles, sin el temor del encuentro con otro ser humano.

Me sorprende ver a la naturaleza en su majestuosidad. La visión surrealista de las películas de ciencia ficción, se torna en realidad, cuando ahora, los noticieros cotidianos, pasan vídeos de los animales entrando en la ciudad de los humanos. Porque ya no tienen miedo, o porque simbólicamente, intentan recuperar lo que les quitamos.

Me impresiona la lección para la vida que me ofrece el sólo hecho de detener la contaminación, y por otro lado, la carrera económica por atesorar riquezas… que a la postre, no sirve de nada en este momento.

Entonces, tomo conciencia y me siento responsable por la manera como me he convertido en un depredador.

Todo se ha detenido…el universo se prepara y yo también para lo que está por venir.

De la disciplina de hoy para quedarme en casa, depende el futuro del planeta.

Debo apelar a la sensatez personal, cuando pueda salir a continuar mis labores, porque es obligatoria mi reconciliación con la naturaleza, que al fin y al cabo es la dueña de las leyes de la vida y de la muerte.

Yo creo que este tiempo de encierro, es propicio para planear mi nueva vida, completamente agradecido con lo que he aprendido de mí mismo y de mi papel en la tierra, mientras sobrevivo la espera.

Es tiempo de hacer un alto en el camino, para encontrar la divinidad oculta en todo esto.

El origen de la violencia.

buddhist-737275_960_720Yo creo que el origen de la violencia se encuentra en el miedo, la frustración, el estrés, la tristeza, la melancolía, la sensación de fracaso, en la codicia, la envidia, el orgullo, y la búsqueda de lujos para satisfacer al ego.

Por estos días, me ha llamado mucho la atención, la manera violenta como se están comportando algunas personas en la calle, en el barrio, en la urbanización, en la oficina, en el mundo entero. En sus rostros y en sus cuerpos se percibe la tensión propia de quien está en pie de lucha.

En estas semanas de descanso, me he permitido, largas horas de reflexión, tratando de comprender la fuente de tanta agresividad y la manera de canalizar dicha energía.

Los libros espirituales explican que la no-violencia, se asimila a la indefensión. Para las filosofías taoísta, védica, jainista y budista la indefensión, la no violencia o el Ahimsa, como se diría en sánscrito, busca no causar sufrimientos a los seres vivos con el lenguaje, la mente o el cuerpo.

Aunque soy consciente de que ser “inofensivo” no es suficiente en sí mismo, porque se requiere el cultivo de la voluntad, la consideración y la compasión.

Entonces el proceso de la no-violencia, comienza con el trabajo sobre nosotros mismos; para lograr la compasión interna y de esta forma construir bienestar y felicidad como individuos frente a la sociedad.

El erudito indio del budismo, Buddhaghosa decía que: “la compasión se basa en ver la indefensión de aquellos que son vencidos por el sufrimiento, por lo tanto me abstengo de hacer daño a otros”.

Cuando se actúa con violencia, esto crea un círculo vicioso que, a su vez, genera más violencia merced a las represalias y los desquites, en forma de respuesta agresiva.

Así, la verdadera Ahimsa, depende de la disciplina y el autocontrol.

Sobre el tema de la no-violencia, consultando los textos de las diferentes religiones y filosofías del mundo, encuentro similitudes significativas, donde el denominador común es la idea de que, para enfrentar la violencia, hay que responder con la serenidad y la paz que nace desde el interior.

Por ejemplo:

En el Antiguo Testamento encontramos que: “Una respuesta bondadosa hace desaparecer la colera”.

Y en el Nuevo Testamento se lee la importancia de: “Bendice a los que te maldigan y haz el bien a los que te odien”

En el Taoísmo se dice: “Recompensa el daño con la amabilidad

Los Confucionistas enseñan que: “No hagas a los demás, lo que no quieras que se te haga a ti”.

Desde el Hinduísmo: “Si el perjudicado devolviera el daño, las consecuencias serían la destrucción de toda criatura viva y el pecado predominaría en el mundo”.

En la misma línea los seguidores de la filosofía budista trabajan en la serenidad interior: “No montes en cólera con los que son coléricos contigo y replica mejor, con palabras amables, a las palabras duras”.

Y los Jainistas aconsejan: “Vencer a la cólera con el perdón”.

Nuevamente estoy de acuerdo con el maestro Chuang Tzu cuando al referirse a la violencia decía: -“es como tratar de detener un eco… gritándole”-.

Yo creo que el origen de la violencia está en nuestra infelicidad.

Soy agresivo…porque tengo miedo.

man-2364347__340Yo creo que la agresividad es la manera como se manifiesta el miedo.

Entonces reconozco que cuando me enojo, debo investigar las causas de mi miedo, porque es allí, donde está el origen de todos los fantasmas que me acechan.

En el día de ayer, por razón de mi trabajo, me acerqué a la portería de la institución pública, destino de mi charla. El portero muy amable, y con buen manejo del servicio al cliente, me explicó que el vehículo en el que me transportaba no podía ingresar, debido a la política ambiental que restringe el uso del parqueadero a aquellos que tienen “pico y placa”. En mi ciudad, se prohíbe la circulación de automóviles a determinadas horas y en ciertos días de la semana, teniendo en cuenta el último número de la placa que aparece en la licencia de tránsito. Con la misma amabilidad, respondí a la directriz y me dispuse a buscar parqueo fuera de allí.

Cuando por fin llegué a la portería, esta vez a pie, me indicaron que debía registrarme con mi cédula de ciudadanía, para recibir una escarapela de seguridad y además mostrar el número de serial y marca del computador portátil que llevaba conmigo, para poder ingresarlo y así dictar la conferencia.

Estoy acostumbrado a este ritual en cada empresa pública o privada que visito y por lo tanto me preparo mental y emocionalmente para la espera obligatoria que se debe tener en estos lugares.

Sin embargo, mi vecino no tenía la misma energía. Se adelantó pasando por encima del derecho de quienes nos encontrábamos en la fila y puso su dedo índice en el detector electrónico del torniquete. Pero este no funcionó. Insistió cada vez, con más desagrado y desesperación, sin lograr su objetivo. Llamó al vigilante y en tono autoritario le dijo que necesitaba pasar. El vigilante pausadamente respondió: -señor, el sistema lector de huellas está malo, por favor permítame su carné institucional para autorizarlo a pasar-.

¿Usted no sabe quién soy yo? – gritó enfurecido. -No señor, usted sabrá disculparme, solicitó el guarda de seguridad, soy nuevo y hoy es mi primer día de trabajo aquí-.

Es que yo soy… y describió su pomposo título. Agregando: -a mí nunca me han dado una identificación para entrar, solo el registro de mi huella-.

Señor, lo comprendo, ahora le pido que me entienda… ¿cómo hago para identificarlo?

La furia de este hombre no tenía comparación, incluso a costa de su salud cardíaca, porque estaba exageradamente enrojecido y con la respiración entrecortada, faltó poco para que colapsara y así desencajado, jadeante y furioso, pretendía seguir caminando delante de la portería, sin autorización.

Pensé: ¿de qué tiene miedo? Probablemente, este indefenso hombre…tenía miedo de que los demás, allí presentes incluyendo el novel portero, no le hiciéramos reverencias a su ego. Pues su vanidad pedía a gritos reconocimiento, y clamaba por retomar el supuesto poder de su título.

Quizá tenía pánico de no “ser nadie” frente a los otros. Y lo que logró en cambio, fue demostrar, a los muchos testigos que presenciábamos su metamorfosis psíquica, su falta de capacidad directiva para manejar un tema de seguridad y protocolo tan delicado y sensible, pues es el primero que debe dar ejemplo de respeto por la persona encargada del acceso seguro a la institución y respeto por las ordenes, que más que un capricho, en este caso, son necesarias para la tranquilidad de todos.

Cuando se actúa desde la humildad, el sufrimiento es menor, porque quien se encuentra instalado en lo más alto de su orgullo, cae y se golpea muy fuerte.

En el juego del poder, aquel que necesita de la aprobación, y el reconocimiento, en el fondo sabe que su estado es tan etéreo, temporal y veleidoso como la vanidad misma.

Ahora, pensando en mí, cada vez que me enojo, identifico que tengo miedo de no ser valorado y apreciado por lo que pienso, digo, o siento.

También sucede que este miedo agresivo aparece, cuando me siento impotente, por lo tanto, veo muy claro mi miedo a estar vulnerable.

Yo creo que encuentro mi serenidad, cuando desde la humildad me acepto, y acepto las circunstancias, sin esperar ser aceptado. Y entonces el miedo desaparece y con él la agresividad, porque ya no necesito defenderme, al no sentirme atacado.

Lo que hago…mientras muero.

beach-2179624__340Yo creo que pensar en la propia muerte causa miedo, por la incertidumbre que produce responder a las preguntas: - ¿cómo voy a morir? -. ¿cuándo? ,- ¿adónde voy? -.

Cuando duermo…vivo una muerte parcial. Todo se apaga…bueno, la mente sigue funcionando, más allá de lo que yo quisiera y se manifiesta en forma de sueños o pesadillas.

Y cuando despierto, es común que, en medio del silencio de mis reflexiones más profundas, me transporte a un mundo imaginario, ideal, tranquilo y relajado, al que llamo mi santuario, para encontrarme con mis temores, entre ellos el de morir, como dice la canción…” sin haber hecho lo suficiente”.

Frente a mí, está el mar, representación magnífica de lo inconsciente. Me encuentro sentado mirando el horizonte, las olas vienen y van, la brisa juega con las caprichosas palmeras, que han crecido con una inclinación característica. Algunos cangrejos luchan contra la corriente y el sol se oculta majestuoso, en un ritual de despedida, como en este atardecer.

Yo también estoy atardeciendo. Me pregunto, como todos los días, - ¿qué voy a hacer hoy, mientras muero? -.

Desde que soy consciente de mi obligatoria muerte, pues al fin y al cabo, cada día que pasa, estoy más muerto que ayer, buscar la respuesta, me ha sostenido durante muchos años, dado que me hago la misma pregunta cada mañana.

Desde esta silla de playa, observo cuidadosamente la clase de vida que he llevado, mientras los alcatraces pescan para sobrevivir.

Entonces recuerdo los instantes más felices de mi vida, hasta ahora, así como también los momentos tristes de mi existencia.

Sin embargo, la evocación de aquellos sucesos que me causaron dolor y aflicción, ya no tienen sabor amargo, como en su momento.

También repaso algunas de las decisiones importantes que he tomado. Teniendo claro que vivir representa un permanente riesgo, que obliga a desarrollar la habilidad de tomar decisiones. Pues el sagrado arte de vivir no es otra cosa que el tiempo que me toma el aprendizaje de la consecuencia de la decisión.

Ahora, desfilan por mi mente, aquellas personas que han tenido especial importancia en mí existencia. Sus rostros, algunos ya borrosos por el paso de los años, tienen la magia y el poder de reconciliarme con la vida, y recordarme lo importante que es desarrollar relaciones profundas y significativas con otros seres humanos.

Respiro profundo, y me lleno de energía gracias a la talasoterapia. Me zambullo nuevamente en el mar, de la paz interior, y nado confiado y soñando con la esperanza de un nuevo día con vida, porque yo creo que, tengo muchas cosas por hacer…mientras muero.

Las ventajas de hacerme el loco.

sunflower-846995_960_720Yo creo que cuando me conviene, me hago el loco, el de las gafas.

El día que descubrí las posibilidades del  psiquiatra, del neurólogo y del psicólogo, decidí que estudiaría la conducta humana, empezando por la mía.

No soy, ni estoy loco; pero me hago el loco, cada vez que las situaciones se presentan tan abrumadoras, que prefiero la “sonrisa epistemológica”, al llanto desconsolado de la impotencia.

Se que hay momentos, eventos y circunstancias que no puedo controlar, y aunque lo intento, también descubro que es más loco, pretender el control de todo.

Hace mucho rato que no veía un orate en la calle. Fue un momento muy impresionante, porque sus gestos, expresiones y palabrotas lograron nuevamente impactarme.

Con la capacidad mágica del recuerdo, me transporté a mi barrio, donde era común toparse con ellos en la calle. Andaban sueltos, sin bañarse, despeinados y desvestidos o cubiertos con andrajos. Entonces alguien llamaba a la policía y al rato, los recogían en medio de gritos impresionantes y manotazos al aire.

También teníamos un vecino que le decían el loco. Mi mamá nos pedía que no habláramos con él. Su locura consistía en consumir sustancias psicoactivas, hablar incoherencias, perder la conexión con el presente y dar malos ejemplos a los jóvenes del barrio.

Y más tarde en la universidad, conocí profesores locos, quienes, a través de sus discursos, invitaban a experimentar una vida que se salía de toda inocencia, a pesar del presupuesto moral que traíamos del colegio.

Hay locos felices… me gusta ser uno de ellos. Cuando estoy frente a la adversidad, se que soy resiliente y que todo pasa, porque tiene que pasar y es bueno que pase, para mi aprendizaje. Al fin y al cabo, hay que gozarse la vida, para que ella no se lo goce a uno.

Como también existen locos soñadores, que esperan que la contaminación cese, que los compatriotas tomemos conciencia del valor de la paz y que el universo no sea gobernado por el dinero.

Locos espirituales que meditan, comen sano, y hacen ejercicio todos los días, para morirse de todas maneras a consecuencia, por ejemplo, de un accidente, a temprana edad y cuando nadie lo pronostica, por su estilo de vida saludable.

Por todos lados encontramos locos enamorados de su pareja, sus familias, sus hijos, y sus amigos, con la esperanza de abrazarse y darse apoyo en los momentos difíciles.

Así como aquellos locos que creen que todo se compra con dinero.

También encontramos locos hermosos, que pintan, escriben, componen canciones, esculpen, trabajan la tierra, y aportan su grano de arena a la utopía de un mundo mejor.

Y locos que tiranizan a otros, impulsados por su sed de poder, y que creen que la estrategia está en la fuerza y terminan solos, porque quienes le rodean, no los respetan, sino que les temen.

Como la “locura” puede ser una opción, tengo la certeza de que de “músico, poeta y loco tengo un poco”, como dice la expresión popular y que a veces me aprovecho de eso para evadir la realidad.

Me pregunto entonces: ¿Lo cuerdo es hacerse el loco, o lo loco es jugar a la cordura?

Pienso que ya es de locos vivir en un planeta donde lo más importante es aparentar éxito económico, belleza física, fama y prestigio y lograr que el celular no se quede sin batería, o que a donde vaya, pueda conectarme a la red inalámbrica, para subir la foto a la egoteca.

Yo creo que no puedo hacerme el loco cuando se trata de darle sentido a mi existencia a partir del encuentro con el otro, para abrazarlo y disfrutar del sagrado arte de conversar en vivo y en directo, mientras disfruto la cálida compañía de los seres que amo.