Ámame cuando menos lo merezca…

Yo creo que nada de lo que sucede, sucede porque si. En cada situación de la vida nos enfrentamos con elementos significativos, que toman importancia, sólo cuando nos detenemos a observarlos. Nada sucede al azar, cada evento, cada situación tiene una razón, aunque oculta para algunos, que tiene como objetivo ayudarnos a aprender, y por supuesto a re-descubrir nuestra misión en la tierra.

Yo creo que se resucita, cuando al tocar fondo, el impulso del golpe nos hace salir a flote. Al bajar a los infiernos de nuestros fantasmas y temores, y encontrarnos cara a cara con la realidad de nuestros miedos, surge de entre la bruma de las tinieblas, la luz esperanzadora de la nueva oportunidad, de la puerta que se abre, de la ventana generosa que muestra un nuevo amanecer. Sin embargo,  para ello se requiere un tipo de mirada especial.

Creo que la vida está llena de experiencias buenas y dolorosas y que a veces nos toma por sorpresa y sentimos que no estamos preparados para la confrontación. Pero precisamente de eso se trata: entender que cada alma tiene marcado su destino y que frente a la circunstancias adversas, la calma, la creatividad, la esperanza, la fe y la recursividad son nuestras aliadas certeras, para salir adelante.

Creo que cuando se trata de compartir con otros seres humanos, puedo afirmar que nada me asombra de su naturaleza, pues todo, en el campo de todas las posibilidades, puede suceder y es nuestra tarea, observar sin juzgar, pues soy parte de los demás y el otro de alguna forma es mi espejo.

Así, yo creo que por malas que sean las conductas de los demás y que, adicionalmente algunas de ellas nos hagan daño, es cuando más amor y perdón necesitamos prodigar a esos agresores y por supuesto a nosotros mismos.

El proverbio chino: “ámame ahora, cuando menos lo merezco, porque es cuando más lo necesito” muestra claramente la importancia de abrazar la fragilidad de la naturaleza humana, pues al sentirnos culpables, asustados o poco merecedores, es cuando más necesitamos del amor incondicional de nuestros seres queridos y de su abrazo sincero y reconfortante, para recobrar la fé perdida en nosotros mismos y de esta forma, vivir la resurrección.

La gramática de los milagros

Yo creo que la vida nos presenta a cada momento oportunidades para aprender y comprender. Lo importante es tener la capacidad de encontrarle sentido a todo aquello que nos acontece. Pues no siempre es posible o fácil leer los hechos y las circunstancias vitales, cuando la muerte es nuestra mayor certeza.

En torno a los milagros se ha dicho que suceden como una forma de ir más allá de la naturaleza. Es decir, cuando el hombre no puede explicar los eventos y fenómenos científicamente, entonces le queda la expresión: ¡es un milagro! Pues desde su definición, milagro viene del latín miraculum, maravilla.

Dice la Iglesia Católica que un milagro es un efecto perceptible a los sentidos que sobrepasa los poderes de la naturaleza y de todo ser creado. Es por lo tanto una acción que solo puede ser de Dios y tiene como fin dar testimonio de la verdad. La creación está siempre bajo la guía providente de Dios. El generalmente realiza su obra valiéndose de las leyes que El mismo puso en la naturaleza, pero no está limitado a ellas.

Entonces cuando suceden hechos, acontecimientos o incluso “dejan de suceder”, como en el caso del avión que aterriza en San Andrés, Colombia y luego se parte en tres pedazos, dejando a todos los pasajeros vivos, pues la única muerte que se produce se da por un infarto y no por el accidente en sí mismo… viene la expresión ¡es un milagro!

Ahora, yo creo que este tipo de acontecimientos o milagros tienen causalidades, más que casualidades, que van más allá de la comprensión humana. Y que al mismo tiempo tiene consecuencias porque nada de lo que sucede en el Universo se queda sin efecto.

En el caso de la proximidad de la muerte, Sogyal Rimpoché autor del Libro Tibetano de la Vida y de la Muerte dice que es muy triste que la mayoría sólo empecemos a apreciar la vida cuando estamos a punto de morir. Muchas veces pienso, dice el Rimpoché, en las palabras del gran maestro budista Padmasambhava: «Quienes creen que disponen de mucho tiempo sólo se preparan en el momento de la muerte. Entonces los desgarra el arrepentimiento. Pero, ¿no es ya demasiado tarde?». ¿Qué observación sobre el mundo moderno podría ser más escalofriante que la de que casi todos mueren sin estar preparados para la muerte, tal como han vivido sin estar preparados para la vida?

Según la sabiduría de Buda, realmente podemos utilizar nuestra vida para prepararnos para la muerte. No tenemos que esperar a que la dolorosa muerte de un ser querido o la conmoción de una enfermedad terminal nos obliguen a examinar nuestra vida.

Tampoco estamos condenados a ir a la muerte con las manos vacías, al encuentro de lo desconocido. Podemos empezar aquí y ahora a encontrarle un sentido a nuestra vida. Podemos hacer de cada instante una oportunidad de cambiar y prepararnos, de todo corazón, con precisión y serenidad, para la muerte y la eternidad, termina diciendo Sogyal Rimpoché.

Para los budistas, la vida y la muerte son un todo único, en el cual la muerte es el comienzo de otro capítulo de la vida. La muerte es un espejo en el que se refleja todo el sentido de la vida.

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A qué vinimos a la tierra…

Yo creo que vinimos a la tierra a cumplir misiones, tareas o encargos. La clave está en descubrir a qué vinimos y cómo lograr el objetivo.

Estamos inmersos en tantas tareas, a veces sin sentido, que se nos olvida lo fundamental. Y me pregunto: ¿qué es lo fundamental?

En medio de nuestro egoísmo, nos encontramos buscando respuestas…a preguntas y asuntos insolubles. Y vivimos en medio de tantas personas, sin preguntarnos, si su proceso, el de ellas, pueda ser más complicado que el de nosotros. 

¡Y así, nos creemos con derecho a juzgar!

Buscando el tesoro interior…

 

Yo creo que en el camino de la vida, con frecuencia nos preguntamos quiénes somos y a qué vinimos a la tierra. Algunos hemos encontrado la misión y reconocemos los diferentes talentos con que la naturaleza nos ha obsequiado, precisamente para cumplir la tarea. Otros, afortunadamente se encuentran en la búsqueda de sus tesoros personales y otros más todavía, ni siquiera han despertado de la anestesia cómoda del vivir por vivir.

 

Para encontrar nuestros tesoros interiores y ponerlos al servicio de nuestra misión en la tierra, es necesario superar el lastre de las riquezas materiales y darnos cuenta de la existencia de otra vida más profunda y verdadera.

 

En cierta ocasión, un joven discípulo le pregunta a su maestro:

 

¿Qué se necesita para ser sabio? A lo que el maestro le responde: Solo tres cosas se necesitan: Humildad, Misericordia y Frugalidad.

 

El discípulo aún más confundido por la respuesta, se interesa por esas tres palabras y le pide al maestro que profundice:

 

Humildad es la virtud de caminar con la cabeza agachada. Porque el altivo y prepotente al mirar por encima de los hombros no se da cuenta del camino que recorre. El Humilde mantiene la cabeza agachada para poder mirar el “terreno” que pisa.

 

La Misericordia, es la virtud especial de reconocer todo el poder que se tiene para dañar o destruir a otros, con la crítica, la palabra y los juicios temerarios, en muchos casos sin fundamento. Entonces el misericordioso mide sus fuerzas y sabe, cuándo utilizarlas y con quién.

 

Y la Frugalidad es la habilidad de sobrevivir con lo suficiente. Es el arte de consumir lo necesario, dormir lo necesario, sufrir lo necesario, trabajar lo necesario, hacer lo necesario para cumplir la misión.

 

El dinero es un medio, no el fin. La posesión material, no es el verdadero tesoro. La verdadera riqueza está en la manera como se utilizan y emplean los recursos para construir la armonía y el equilibrio para todos mis semejantes.