Todo es posible, más no todo me conviene

Yo creo que al momento de comprender la conducta humana, nos encontramos con su increíble capacidad de actuar incluso desde el campo de todas las posibilidades. Es decir todo es posible en un ser humano. Mas allá de la frontera de lo conveniente, que es un asunto más ético y moral, la conducta humana bordea los terrenos de todas las posibilidades; de ahí la importancia de limitar ciertas conductas y comportamientos.

Desde que nacemos contamos con la tendencia a actuar de manera des-coordinada y descontrolada. Y la educación se encarga de hacernos humanos, para vivir entre los humanos. En un juego interminable de derechos y deberes, el niño aprende que hay ciertas conductas indebidas, inapropiadas o no adecuadas para sí mismo y los demás. Pero ¿qué ocurre cuando los padres y tutores no están al pié de la jugada y permiten que otros modelos de conducta eduquen a los niños y estos debiliten los límites?

La queja principal de los centros educativos infantiles y colegios es la misma: “su hijo no conoce los límites” y tiene baja tolerancia a la frustración. Esto significa que las nuevas generaciones, guiadas por el principio del placer y del menor esfuerzo, encuentran odioso e intolerable el que la autoridad competente pida el cumplimiento y acatamiento de normas de tránsito, por ejemplo. Con total irreverencia, pasan por encima de la regla y pretenden que la vida siga “normal”, como ellos dicen contradictoriamente…-si se entiende el significado de esta palabra- y que por lo tanto no ha pasado nada grave.

Hay ciertos principios fundamentales que hacen que la vida en comunidad sea llevadera. Y se necesitan valores como el respeto, la responsabilidad y el compromiso para hacer de la convivencia algo posible.  Pero no nos importa el otro. Y mucho menos nos duele su sufrimiento o su preocupación.

En estos días vimos en los noticieros de televisión un accidente automovilístico. Y sin dejar de sorprendernos el accidente como tal, nos llamó más la atención la actitud y comportamiento de quien conducía el vehículo y de quienes pasaban por allí. Sin hacerse responsables del hecho, algunos continuaron su marcha como si nada hubiere sucedido.

Yo creo que a los hombres y mujeres de bien se les enseña a responder por sus actos. Por esto es por lo que a los niños de hoy, enseñémosles el valor de la vida, no importa la edad de quien deambule por las calles ya sea conduciendo o caminando. A los jóvenes de hoy mostrémosles la responsabilidad cuando se conduce un automotor. Y a las personas de a pié, a ser responsables cuando se cruza una calle. Para que los ciudadanos de mañana encuentren el sentido fundamental de la vida y de la muerte. Y para que se hagan responsables de sus conductas. Pues incluso algunos deciden sobre la propia vida y la de los demás, como si fuera algo intrascendente.

Definitivamente todo es posible pero no todo nos conviene.

La lucha entre el deber ser y el querer ser

Yo creo que libramos una lucha interior entre el deber ser y el querer ser. Es claro que el “deber ser” lo impone la cultura, la moral o la ética y que está dado desde el exterior. Como algo que hay que seguir muchas veces sin que medie la razón o la conciencia racional. Y del otro lado está el querer ser, como algo que opto desde mi interior, que parte del deseo y que algunas veces va en contra vía de lo esperado por el grupo social y que por supuesto el colectivo condena por salirse de lo ordenado por la norma.

Sin embargo hay ciertas cosas que naciendo desde el querer ser, pertenece a la propia capacidad de discernimiento y que hacen parte del libre albedrío. Y es ahí cuando se plantea la posibilidad y la capacidad de optar que tiene el ser humano, por ejemplo, por aquello que le hace más persona aunque no sea una decisión popular.

Lo ideal es encontrar un equilibrio entre el deber ser y el querer ser. Para que esta armonía nos permita vivir entre semejantes, respetando las normas y las reglas de juego, sin faltar a nuestro deseo e interés personal; sin sentir que nuestra dignidad está siendo vulnerada o peor aún confirmar que nuestros derechos o los de otros, están siendo pisoteados.

La propuesta consiste en desarrollar “nuestro buen gusto moral”, para de esta forma fortalecer nuestra capacidad de discernimiento y resolver los dilemas que plantea la vida, frente a decisiones morales, desde el deber ser versus el querer ser.

En nuestra vida cotidiana, con frecuencia nos vemos atrapados en medio de las siguientes afirmaciones: “yo debo llegar temprano a casa”, “yo debo pagar la tarjeta de crédito”, “yo debo estudiar inglés”, “yo debo llamar a…” “yo debo respetar la reputación de…” y este tipo de expresiones terminan por bloquear la acción, consiguiendo que no hagamos nada de lo dicho. Si lo explicáramos de manera psicológica, encontraríamos que el bloqueo se encuentra precisamente en la utilización de la palabra “debo”, como una orden que viene desde afuera.

Qué pasaría si empleáramos la expresión: “yo opto por estudiar”, “yo elijo llamar a”, “yo decido pagar la tarjeta de crédito”, “es mi decisión, llegar temprano a casa”; “yo respeto la reputación de…”esto automáticamente ubica el poder dentro de nosotros mismos.

Somos responsables de nuestros pensamientos, nuestras palabras y nuestros actos y cada acción humana puede ser filtrada por el tamiz maravilloso de la sensatez, que nos permite ser justos en la manera como nos relacionamos; entonces utilicemos sabiamente, este poder.

Soy persona, soy valioso, pero no conozco mi valor…

Yo creo que ser persona es algo valioso.

Yo creo que no sabemos realmente nuestro valor. Y esto se demuestra cuando permitimos que otros asalten nuestra dignidad. O cuando, con nuestro comportamiento, autorizamos a los amigos, familiares y cercanos, a que nos falten al respeto.

¿Y que es faltar al respeto? Es atentar contra lo más sagrado que el otro tiene o cree poseer.

Lo he visto en niños con actitudes tiránicas, quienes tratan a sus padres como si fueran iguales o incluso más pequeños que ellos mismos.  Como si los niños fueran los padres de sus padres.

Lo he percibido en conversaciones entre amigos, caracterizadas por el comentario desobligante contra la integridad moral del otro, sin estar este presente, para tener derecho a la réplica o a la defensa.  O cuando se escudan en la espalda del amigo, para que les haga el “cuarto” de turno, en desmedro de la ética, la lógica, el sentido común, o la verdad.

Lo que quiero decir es que con el pasar de los años he observando como la autoestima, la autoimagen, la autoeficacia y el autoconcepto se van diluyendo en el diario vivir. Y los conciudadanos del mundo vamos saltando límites y permisos y leyes para atropellar a los demás.

Cada uno de nosotros tiene un valor. Por el solo hecho de ser persona…eso ya significa que tiene un valor, Incluso histórico, porque nadie sabe el recorrido vital de otro y por lo tanto desconoce la riqueza de su vida, gracias a las experiencias y conocimientos que ha ido ganando en el proceso de vivir.

Yo creo que valgo, porque mi vida tiene sentido no solo para mí mismo, sino para otros, aunque ese valor sea subjetivo y sólo importante para quien con sabiduría, sabe apreciar y valorar.

Ética de la libertad empresarial

Yo creo que en un mundo lleno de peligros morales, los enemigos de la ética abundan. Y creo que ser ético paga.

Recordemos que el máximo poder que tiene el ser humano es la soberanía sobre su ser.  En otras palabras es su capacidad de decidir lo que le conviene a su proyecto de vida, y precisamente lo que lo hace más persona es la posibilidad de aplicar su libertad relativa.

Como dice Eric Fromm, “Le tenemos miedo a la libertad”. Y esto es evidente desde el proceso educativo mismo; pues los maestros no estamos educando para la libertad… Pienso que cuando estos jóvenes entran al mundo laboral o empresarial… los empresarios se ven obligados a un trabajo adicional: ser educadores de las nuevas generaciones de administrativos.

Mi propuesta es que los empresarios se conviertan en educadores para la ética. Educar como empresa para la ética de la libertad, supone la oportunidad única y feliz, de colaborar con estos nuevos ejecutivos, para que aprendan a dialogar éticamente con clientes y proveedores, gracias al compromiso ineludible de trabajar por el fortalecimiento de la libertad y el respeto de la libertad de los otros.

Tenemos miedo de educar como empresa, desde y para la libertad y mucho más cuando se  trata de la libertad de nuestros conciudadanos, es decir de nuestros propios hijos.

En el tiempo que nos corresponde vivir, nos asalta la pregunta obligada: ¿Cómo hago para educar desde y para la libertad?

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