La otra resurrección.

JUANCARLOSPOSADAMEJIA COLUMNASDELCONOCIMIENTOYo creo que he resucitado dos veces.

En esta ocasión me refiero a la resurrección física luego de mi experiencia luchando contra el cáncer, y a la resurrección académica púes ahora, he vuelto a vivir como profesor.

Exactamente, por esta época, hace un año, estaba recuperándome de la primera cirugía del cuello, que posteriormente sirviera como una pieza clave para identificar que tenía un linfoma.

Seguía dictando clase en la universidad, eso sí, de manera virtual, debido a la pandemia y mi actividad docente seguía intacta pues hasta el momento no sabía de la gravedad de mi situación.

Luego cuando finalmente me compartieron el diagnóstico, tuve que llamar a la universidad para informar de mi incapacidad y del inicio de la quimioterapia.

Así cuando por la fuerza de las circunstancias me vi obligado a cesar mi labor como profe, me sentí morir de verdad.

Debo confesar que la posibilidad de la muerte física no me preocupó y lo único que pedía a los médicos era que me quitaran el tremendo dolor físico que causaba el tumor que tenía en el cuello. Pero lo que me puso a llorar a mares, con un desconsuelo infinito, fue cuando me dieron la noticia de que no podía seguir dictando clase en la universidad. Actividad que he desarrollado durante treinta y cinco años sin interrupción.

En ese momento mi vida perdió el rumbo y el sentido. Lloré por mucho rato, no por mi muerte física, sino por mi muerte laboral. Ese día comprendí que lo que me sostuvo vivo durante todo este tiempo, fue mi esperanza de ir cada mañana a la universidad a formar nuevas generaciones de terapeutas.

Comencé a elaborar el duelo por lo que consideraba mi mayor pérdida: el dejar de ser profesor.

Al comienzo de este año recibí la llamada más importante de mi vida. Y no fue precisamente la del oncólogo dándome de alta, sino la del decano y coordinador académico invitándome a retomar la cátedra universitaria.

en la bahia de sanfranciscoMi esposa que fue testigo de la llamada me volvió a ver llorar, pero en esta oportunidad de mucha alegría y motivación. Sentí que vivía nuevamente. Y que mi vida tenía un propósito y un sentido profundos por los cuales vivir.

Esta semana cuando pisé nuevamente el salón de clases, me apropié de la frase que se le atribuye a Fray Luis de León, cuando después de estar cuatro años en la cárcel por acusaciones injustas, volvió a su cátedra en la Universidad de Salamanca y exclamó para continuar su clase interrumpida: – «decíamos ayer»- («Dicebamus hesterna die»).

Como dato histórico también Miguel de Unamuno, según la tradición popular de la Universidad de Salamanca, pronunció las palabras del fraile en su primera clase, tras ser restituido como rector luego de la dictadura de Primo de Rivera.

Entonces retomé con mis apreciados estudiantes el hilo de la conversación académica -suspendida hace un año-, en relación con el arte de ser terapeuta humanista existencial, ahora con un nuevo “postgrado” simbólico, el de haber “vivido” la muerte y atravesarla para resucitar luego encontrando nuevamente el rumbo y el sentido.

-Decíamos ayer- que la magia de la terapia radica en los papeles de dos protagonistas: el consultante que, desde el sufrimiento, espera encontrar el sentido y el terapeuta que, con su propio recorrido doloroso y autoconocimiento, ilumina el camino del otro.

La terapia humanista existencial me ha enseñado que el sentido se encuentra mientras se muere.

Por el momento he resucitado dos veces y esto ya me compromete a continuar mi vida, iluminando mi propio sendero y el de aquellos… que tienen la gentileza de invitarme para que les acompañe.

La consciencia de la consciencia.

IMG-20220120-WA0040Yo creo que la existencia es generosa conmigo y me obsequia a cada momento con presentes maravillosos.

Por estos días ando de viaje disfrutando de la vida. Me he propuesto vivir aquí y ahora porque de un tiempo para acá he comprendido que sólo se vive una vez y que cada día es único e irrepetible.

Por lo tanto decidí hacer un recorrido que me permitiera tener experiencias llenas de paz, silencios profundos y sobre todo la posibilidad de encontrarme conmigo mismo.

El destino elegido fue Big Sur en California. Allí la imponencia del mar y la majestuosidad de su presencia se asemejan a lo inconsciente.

IMG-20220120-WA0023Me quedé largo rato contemplando el horizonte y sintiéndome muy pequeño frente al Universo. Pasaron por mi recuerdo todos los eventos vividos durante este año y agradecí profundamente a la vida por la vida.

Luego tomé consciencia de la conciencia. En un ejercicio de meditación acompañado por el sonido del mar, confirmé el valor de estar vivo para celebrar la vida.

La sensación fue de infinita paz y serenidad. Y me di cuenta de algo sorprendente, al menos para mí: Que la vida, vale la pena vivirse cuando se tiene un propósito… un para qué consciente.

Entonces para completar mi felicidad decidí hacer realidad mi sueño, tan sencillo como sentarme frente al mar, en silencio, mientras disfrutaba de esta experiencia, para llenarme de alegría porque aún estoy vivo y puedo hacer estas cosas sencillas pero trascendentales ahora.

IMG-20220120-WA0043En la carretera, sentí enorme emoción al ver el Instituto Esalen. Lugar donde Fritz Perls, el padre de la Terapia Gestáltica, desarrolló su labor durante varios años, enseñando la habilidad de darse cuenta para hacerse cargo aquí y ahora. Entonces conecté de manera providencial ambas cosas. Mi propósito y el hecho de ser terapeuta.

Así reconciliado con la vida, terminé de comprender que nada es al azar y que todos los eventos están interconectados y que lo importante es tener ojos y oídos para comprender e interpretar las señales y los signos.

Muy sereno por mi descubrimiento, emprendí la marcha, sanado y satisfecho, decidido a darle importancia a lo importante y dejar de inquietarme o molestarme por lo que no vale la pena.

Yo creo que dentro de los misterios de la vida, lo que le da sentido, es precisamente la muerte; porque al tomar conciencia de la conciencia de la finitud, todo cambia de perspectiva.

Un maestro no puede darme la verdad.

pexels-photo-5415956Yo creo que un maestro no puede darme la verdad. La verdad ya está en mi interior.

Sólo necesito darme el permiso de abrir el cuerpo, la mente y el corazón para que sus enseñanzas puedan entrar y faciliten mi comprensión e iluminación. Si permito que las palabras penetren en mí, las semillas en suelo fértil harán el resto del trabajo.

Durante estos días, que he enfrentado la posibilidad de morir y la esperanza de vivir, me he preguntado: ¿Cuál es la fuente de mi sufrimiento?

Según el pensamiento budista la primera clase de sufrimiento es «el sufrimiento del sufrimiento» (dukkha dukkhata), el sufrimiento relacionado con las sensaciones desagradables, como las de un dolor corporal, perder el control de sí mismo o sentir tristeza por un evento de pérdida.

La segunda es «el sufrimiento de las cosas compuestas» (samskara dukkhata). La ventaja es que, así como todo se reúne, un día acaba por separarse o terminarse; es por esto por lo que, todos los eventos que conspiran en mi contra los describo como sufrimiento, razón por la cual en esos días no es fácil alegrarme.

La tercera es «el sufrimiento relacionado con el cambio» (viparinama dukkhata). Puede que el cuerpo ahora esté en proceso de recuperación, pero al deteriorarse seguramente me hará sufrir. Todos los cambios podrían verse como motivo de sufrimiento en esas circunstancias.

Aquí la idea es identificar el sufrimiento cuando esté presente y que yo sea capaz de reconocer la alegría cuando aquél, el sufrimiento, esté ausente.

No puedo caer en la trampa de ubicar el sufrimiento al mismo nivel de la impermanencia y la ayoidad.

La impermanencia y la ayoidad son «universales», son una «característica» de todas las cosas, pero el sufrimiento no.

Cuando me apego a una determinada cosa o persona, no es la pérdida de esto lo que me hace sufrir, sino precisamente mi apego y mi expectativa de no perder mi objeto de apego.

Buda enseñó que nada es permanente y que es importante des identificarse, es decir practicar la ayoidad, para facilitar el proceso de no quedar atrapado en las identificaciones engañosas.

De todas maneras, desde mi punto de vista, no todo lo veo como causa de sufrimiento.

pexels-photo-1148998Ahora, tomo conciencia de que otro error característico en la interpretación de las enseñanzas de Buda es creer que mi sufrimiento está causado solo por algún intenso deseo. De alguna forma el deseo frustrado puede ser causa de dolor, pero otras aflicciones como la ignorancia, la desconfianza, la ira, la arrogancia y las visiones erróneas también pueden causar dolor y sufrimiento.

La ignorancia, que origina las percepciones erróneas, es responsable de gran parte de mi dolor.

Por todo ello, yo creo que un maestro no puede darme la verdad y que es mi tarea, despertar mi maestro interior para descubrir que el sufrimiento está en mi mente y que puedo enfrentar la incertidumbre de lo que está por venir, practicando el desapego de creencias, miedos y deseos y sobre todo cultivando mi esencia, en vez del ego.

Se muere como se vive.

con el papáYo creo que, en el sagrado arte de vivir, la construcción vital se logra a partir de la vivencia.

Durante estos días, mis reflexiones han girado en torno a la frase popular: “se muere como se vive”.

Por lo tanto, comencé a preguntarme: -¿Cómo he vivido?-.

Y entonces, evoqué la figura de mi padre, quien para mí, representa el mejor ejemplo de la existencia vivida, de manera singular, única e irrepetible; pues con sus aciertos y errores, continuamente llegan a mi memoria momentos sublimes de mi tiempo compartido con él.

Mi padre, que además era abogado y multitarea, soñaba con vivir en una finca. Era maravilloso verlo montar a caballo y apreciar cómo se sentía el rey del universo. Entonces cuando tenía la oportunidad de pasar temporadas en el campo, de vez en cuando me invitaba a compartir con él, ese maravilloso placer de conversar y tertuliar sobre lo humano y lo divino.

Es importante anotar, que yo tenía dos papás. El sobrio, el tímido, el reservado, el intelectual y demasiado respetuoso y el otro, el pasado de licor, que se desinhibía de manera peligrosa y ejercía de valiente cuando no era el momento.

Fueron muchas las ocasiones en que controvertimos. Cada uno desde su esquina, ofreciendo argumentos intelectuales y otras, donde su manera de comportarse se debía más a la toxicidad etílica y mi forma de interactuar con él, se limitaba a entender por qué necesitaba ese refugio alcohólico para sentirse seguro.

Por supuesto yo prefería al hombre sobrio y no al alicorado. Sin embargo, tenía la certeza de que, sin decirme nada, él me amaba y que su sentimiento era una mezcla de admiración y orgullo infinito por su hijo. Un cáncer metastásico se lo llevó, un veintinueve de agosto, luego de ochenta y pico de años vividos intensamente.

Puedo afirmar que tuve padre y que su vida y su ejemplo quedaron grabados en mí, tanto que mucho de lo que soy, se lo debo a su influencia. Al evocarlo valoro que su vida tuvo momentos felices y otros de infinita tristeza.

Entonces vuelvo sobre mi vida y me pregunto ¿ha valido la pena este tránsito por la tierra?

Parodiando al maestro Miguel Hernández, cuando dice: “tanto penar para morirse uno”, reconozco que he vivido intensamente y que no debo arrepentirme de lo que hice, sino más bien de lo que no he hecho.

pexels-photo-169523Y a diferencia de mi padre, puedo aceptar que mi vida ha tenido en su mayoría momentos felices pues se convirtió para mí, precisamente en un reto, el buscar la armonía y la paz interior.

La vida de mi padre tuvo mucho de tormentosa… quizá su muerte fue el reflejo final de su miedo a morir, y sobre todo una angustia permanente, buscando el perdón de sus actos.

Entonces si miro lo vivido por mí hasta el momento y sigo con la esperanza de morir como he vivido, auguro que cuando llegue ese instante, será tranquilo, en paz y sin miedo, porque por fin he comprendido que lo importante no es morir, sino haber hecho lo suficiente, antes de partir.

El infinito deseo de vivir.

pexels-cottonbro-5386061Yo creo que el deseo de vivir es proporcional al deseo de no morir.

Sin embargo, conozco muchas personas que desean morir, otras que no saben cómo vivir y otras que no tienen claro para qué vivir.

Recuerdo una frase que me ha marcado mucho durante toda mi vida, y tiene que ver con la relación de pareja y hoy la asimilo asociada con la vida y la muerte. La frase dice: “sólo cuando te alejaste te vi, porque necesité no verte… para verte”.

Cuando eres un posible candidato a la muerte, de hecho, todos los somos, pero en este caso, por la contundencia de un diagnóstico fatal, y te encuentras a merced de un tratamiento médico, con la esperanza puesta en el proceso, comienzan a danzar de manera estrepitosa, todo tipo de pensamientos catastróficos. La sola idea de morir ya es suficiente para comenzar un proceso de despedida anticipado. Entonces tu vida de manera mágica y significativa comienza a tener sentido.

Definitivamente, sólo hasta hoy me dado cuenta de cómo valoro lo perdido, porque no era consciente de su valor en el momento presente. Es decir, lo daba por hecho. Como si fuera una condición obligatoria, el estar vivo y sano.

Ahora cuando he visto y sentido mi vida deteriorada, he comenzado a desear vivir, a desear estar sano, a desear vivir la vida de manera más consciente y sobre todo responsable. Con hábitos alimenticios más sanos y un estilo de vida más relajado, menos estresado, con tiempo para mí.

Me detengo a observar a mi alrededor, y doy gracias por todo lo que tengo e incluso por lo que he perdido. El Universo es perfecto y armonioso. Y descubro que soy uno con el Universo… pero que apenas hoy he comenzado a darme cuenta de ello. Todos somos uno, y somos uno con el Universo. Y lo que es arriba es abajo, y lo que se da en el microcosmos es una perfecta réplica del macrocosmos.

La vida es un préstamo… temporal y condicionado. Y lo importante es lo que haga con ella, con la vida, mientras dura dicho préstamo.

Juan Carlos Posada Mejía Psicólogo GestálticoEntonces he sentido el infinito deseo de vivir, ahora de manera distinta, como una segunda oportunidad, debido al renacimiento, como una prueba superada, donde abandono el pasado, me perdono por lo mal realizado y me alimento con la esperanza de un mañana, construido desde este nuevo presente pleno de consciencia y sabiduría otorgados por el silencio contemplativo, sin juzgamiento ni acusaciones falsas, merced a la apariencia distorsionadora que embota los sentidos y nubla la claridad de la mente.

Yo creo que, por lo dicho, es el momento de continuar el camino, para cumplir las tareas encomendadas con humildad, consciencia, felicidad y actitud de servicio, porque siento y creo que para eso vine: a construir y a ayudar, definitivamente a edificar.

¿Qué hay más allá?

pexels-photo-4666754Yo creo que más allá hay inmutabilidad, intemporalidad e inmortalidad.

Por estos días, me he venido preguntando: ¿Qué voy a encontrar al momento de morir?

Y la primera respuesta que se me ocurre es: -nada…porque al perder el cuerpo, todas las sensaciones, incluso la del placer o las del dolor, también desaparecen-.

Ahora, este mundo en el que habito no es más que un conjunto de proyecciones de cuerpos. Es decir, un montón de figuras y formas que se visualizan gracias a la apariencia.

Por ello no tiene sentido apegarse a las formas ni a los cuerpos, pues son cambiantes y sólo consisten en un juego de proyecciones de la energía.

Me obligo a mirar más allá de la forma y ver al Ser puro y eterno. En el nivel del Ser superior, reconozco que todo sufrimiento es ilusorio. Porque el sufrimiento se debe a la identificación con la forma o con el cuerpo.

El meditar en la mortalidad de las formas físicas, me permite la paz y la serenidad del encuentro con el más allá, sin cuerpo, sin forma. Entonces comprendo el proceso de transformación de mi energía.

Cuentan que una vez un joven discípulo, inquieto por el tema de la muerte, le preguntó a su maestro si había vida después de la vida. A lo que su sensei respondió: -si al menos no has resuelto que hacer en esta existencia, porque estás preocupado por otra?-.

Estoy dedicado a morir antes de morir. Y esto lo puedo lograr dejando que la humildad me permita soltar, para no dejar lugar al orgullo. En otras palabras, entregarme, desapegarme, soltarme, para dejar ir lo material y de esta forma encontrar la divinidad de lo eterno, inmutable, intemporal y ausente de forma corporal.

Descubro que el camino es la rendición. Esta sabiduría consiste en ceder. No debo resistir, sino más bien fluir. Este proceso de fluir sólo es posible aquí y ahora.

Entonces acepto el momento presente de manera incondicional y sin reservas.

Renuncio a la resistencia interna, a la pelea interior que se verifica en la mente, que alberga el miedo, la ansiedad y la angustia por lo que está por venir, y que en algunos casos se lee como si fuera catastrófico cuando en el fondo, realmente es la experiencia más gloriosa, como el mismo acto de nacer.

pexels-photo-1072842Así la muerte, no puede entenderse desde la objetiva razón, debo sentirla desde la subjetiva emoción. Porque cuando me resisto, lo que hago es un juicio mental. ¿Por qué resistirme a lo que es? Decido entonces fluir frente a lo inevitable, a lo seguro, a lo cierto y a lo inexorable como es morir corporalmente.

Ya he dejado de preocuparme por lo que hay más allá. Porque aquí y ahora debo ocuparme en lo que hago más acá, antes de morir físicamente.

Pues de nada sirve pensar que voy a hacer en el futuro y si hay más allá, sino en lo que voy a hacer aquí y ahora. Porque todo sucede en el ahora y es aquí y ahora donde aún estoy vivo.

Lo que me enseña la naturaleza.

pexels-photo-5277656Yo creo que la naturaleza me está dando muchas lecciones que debo tener en cuenta, para aprender el sagrado arte de vivir.

En esta semana los ciclones y los huracanes han soplado muy fuerte en la pantalla de mi teléfono móvil, recordándome la seguridad en la que vivo, al compartir una vivienda con mi familia, sin padecer los embates de la naturaleza y observando desde lejos, el tremendo sufrimiento de quienes se han quedado sin techo, pero aún siguen con vida y que al escuchar sus testimonios, percibo que ellos están conscientes de que todo lo material se perdió, pero no perdieron la alegría, la motivación y el entusiasmo para reconstruir y comenzar de nuevo.

Descubro mi pequeñez frente al poderío destructor de la naturaleza, gracias al viento huracanado que sopla derribando todo a su paso, y al agua que, al desbordarse, hace flotar y perderse en la distancia lo que creíamos nuestro y cierto.

Y en otros lugares, la presencia del fuego que devora implacable en pocos segundos lo que abrasa, sumado a la tierra, cuando decide temblar, tirando todo al suelo, confrontando a los humanos quienes construimos las ciudades desde nuestro orgullo, creyéndonos señores de la naturaleza. En fin…hemos buscado la manera de controlarla, sin embargo, ella ahora, nos está pasando una gran cuenta de cobro.

También está el virus que ronda los límites del miedo. Él, con su presencia invisible, por lo microscópico, se materializa en cada paciente de manera distinta con síntomas graves en algunos y en otros como un visitante inocuo, poniendo en caos la economía, y las mismas costumbres sociales.

La vida al ser la esencia de la naturaleza tiene un ciclo inexorable del cual no puedo escapar, pues se vive para morir. Entonces ¿Cuál es mi acción correcta para reconciliarme con ella y entrar en sintonía, para respetarnos mutuamente?

¿Qué estoy aprendiendo de la naturaleza?

En primer lugar, que todo en la vida, lucha por la supervivencia. Que estoy diseñado para vivir un proceso que luego debe terminar con la muerte, como algo natural.

Además, que la vida no es una línea recta donde puedo prever y controlar lo que está por venir, sino que está llena de curvas, subidas y bajadas que hacen más interesante y curioso el arte de saber navegar por sus aguas turbulentas y luego descansar cuando ella me regala una calma temporal.

Que la naturaleza no se detiene. Todo el tiempo está en movimiento, transformando energía. Entonces me invita a trabajar constantemente en mi transformación y adaptación.

Que la naturaleza es resiliente y que cuando las condiciones se presentan adversas, entonces inicia un proceso de cambio para hacerse fuerte y resistir las demandas del medio. Esto me enseña a luchar, defenderme y lograr superar la adversidad.

Y que puedo regenerarme, reinventarme, acondicionarme, en otras palabras, hacer parte del cambio y de esta forma estar en sintonía y preparado para soportar y resistir.

Yo creo que, cada vez que observo cómo actúa la naturaleza, reconozco que todavía tengo mucho por aprender sobre la importancia de la humildad, la frugalidad y la misericordia, como fundamentos de la sabiduría.

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