Beneficios psicológicos y espirituales de la cuarentena.

hombre-rostro-que-relaja-sillon_23-2147800039Yo creo que, este nuevo tiempo de aislamiento debido a la presencia del Covid-19 en su pico más alto, me ha servido para reflexionar sobre los efectos de la cuarentena en mí comportamiento y en el de los demás.

Décadas atrás, mis profesores destinaban largas horas de trabajo académico para explicar siete conductas humanas que debíamos observar y en lo posible controlar, para alcanzar los cielos del éxito personal en nuestros anhelados proyectos de vida.

Decían: -la lujuria, la ira, la soberbia, la envidia, la avaricia, la pereza y la gula son los enemigos de la sabiduría y la profundidad espiritual y de alguna manera nos condenan a permanecer atados a un mundo físico, relativo.

Ahora, con los tiempos que se avecinan, cuando pase esta pandemia, me pregunto con frecuencia, si la crisis económica que ya se insinúa, ¿me va a llevar hacia las “profundidades de la espiritualidad” cultivando en mí, virtudes como la templanza, la generosidad, la laboriosidad, la paciencia, la caridad y la humildad?

Al menos, lo que voy descubriendo a mi alrededor, me permite tomar conciencia de lo relativo del lujo y el placer; por ejemplo, ya estoy aprendiendo a disfrutar placeres muy sencillos.

Así mismo, frente a la posible escasez de comida, hoy consumo hasta el último grano de arroz servido en el plato, apreciando la generosidad del Universo y entendiendo lo poco importante que es poseer bienes materiales, frente a la primacía de la salud; He entendido que de nada vale tener dinero en el banco, si mis pulmones y mi sistema circulatorio están colapsados.

Al principio del aislamiento, la pereza la consideraba un premio, con todo el tiempo disponible para no hacer nada. Ahora me gusta estar ocupado, para darle sentido a mi existencia, haciendo tareas que valgan la pena, antes de morir.

Durante esta cuarentena, para algunos de mis amigos y allegados, la impotencia y los duelos por las pérdidas, han hecho que los pensamientos suicidas, la tristeza, la depresión y la ira, sean protagonistas durante este confinamiento, obligándolos a cometer actos de violencia física y verbal, dentro de los hogares y sitios de trabajo.

Entonces, en estos momentos, ni siquiera hay personas a quien envidiar. Lo más democrático que existe es una pandemia, pues toca a todos por igual, llevándonos a un lugar común, de pobreza, desesperanza, abandono e inseguridad.

Y la soberbia ya no aparece en primer plano. Por estos días, nadie es superior, ni más poderoso que otro, si lo miro desde la perspectiva del narcisismo o la vanidad. La peluquería, los cosméticos, la ropa de marca, las fiestas y reuniones sociales, los viajes de lujo, los buenos restaurantes, los paseos costosos a lugares exóticos y soñados, quedaron congelados en los avisos promocionales de los comerciantes, impidiendo demostraciones de poder adquisitivo.

Incluso, no es importante si uso un tapabocas de marca o uno hecho en casa, si los dos me protegen del virus enemigo. Además, prefiero el de bajo costo, por los ahorros que debo hacer.

Yo creo que es tiempo de profundidades espirituales, porque esta pandemia al menos a mí, me ha enseñado la importancia de la paciencia, la humildad, el desapego y la alegría, para enfrentar al principal enemigo:… el miedo a morir… desde el ego.

El miedo a lo desconocido.

farmer-man-shepherd-dog-162520Yo creo que el miedo aparece cuando enfrentamos lo desconocido y se incrementa cuando permitimos que la información y el conocimiento, hagan el resto.

Perder el control marca la pauta de la conducta. La mente imagina varios escenarios catastróficos y la ansiedad y la angustia se apoderan de la persona, llevándola a pensar lo peor, por ejemplo, que va a morir y entonces el cuerpo se prepara para luchar contra ello.

Mi abuelo Francisco Mejía, narraba una experiencia sobrenatural que le sucedió cuando él era pequeño y vivía en el campo.

En aquel lugar era común escuchar historias sobre brujas. Y por supuesto había lugares vetados para transitar, sobre todo en la noche. Sucedió que ese día, ya entrada la tarde, él debía cruzar a caballo por la zona prohibida, precisamente donde los habitantes del pueblo comentaban que vivían las hechiceras y los espantos.

Galopó con la velocidad que podía alcanzar su corcel y cuenta que la ansiedad se manifestó en todo su cuerpo a juzgar por el nerviosismo, la agitación y la tensión corporal que se apoderaron de él. Durante todo el trayecto, en su cabeza daba vueltas la creencia de que algo muy malo estaba por venir, un peligro inminente… lo que por supuesto le producía sensación de pánico e impotencia.

Su ritmo cardíaco era tan rápido que hasta podía escucharlo y su respiración acelerada se confundía con el resuello del caballo. El sudor, normalmente frío, lo percibió helado cuando bañó todo su cuerpo, obligándolo a temblar, para luego sentirse muy débil y cansado.

A nivel mental, no consiguió concentrarse y mucho menos pensar de manera controlada, ya que no apartaba de su mente la preocupación por el momento en que se encontrara cara a cara con lo desconocido.

Todo esto interfería con su raciocinio. Incluso llegó a desear que se tratara de un mal sueño y nada más.

El estómago se convirtió en el pararrayos de su angustia, lo que explicaba la sensación húmeda dentro de sus pantalones.

De pronto, sucedió aquello que temía. Un brazo con una garra y con una fuerza sobrehumana, le sujetó con tal decisión, que el caballo siguió su marcha y mi abuelo quedó suspendido en el aire.

Pensó en la muerte; recitó todas las plegarias que sabía, y al terminar de orar, le rogó a la bruja que lo soltara. Sin embargo, no obtuvo respuesta.

Pasó mucho tiempo suspendido, con los pies colgando y el corazón a punto de estallar. Sin embargo, en un momento de iluminación, decidió entregarse, sin luchar, esperando con resignación el desenlace.

Cuenta el abuelo, que pasó mucho tiempo en silencio, observándose en aquella situación de miedo y expectativa, hasta que los primeros rayos de luz le permitieron tomar conciencia del entorno.

Entonces comenzó a reírse de sí mismo, cuando con ayuda de la claridad, pudo darse cuenta de que no había una bruja sujetándolo, sino que la rama de un árbol había sido la causante del atrapamiento.

Desde ese día comentó, no volvió a creer en cuentos que lo pudieran sugestionar.

Yo creo que el miedo se incrementa cuando enfrentamos lo desconocido. Y de otro lado pienso que a veces es mejor no saber, no conocer tanto, no tener tanta información sugestionante,… para sufrir menos.

La idea es dosificar, clasificar y seleccionar la noticia valiosa, que me permita tomar decisiones, desde la sensatez y el sentido común, para evitar caer en pánico y paralizar la vida.

Al fin y al cabo vivir, es un riesgo que debo asumir.

Tengo nostalgia por un abrazo.

pexels-photo-3152046Yo creo que, si nos abrazáramos con mayor frecuencia, este mundo sería distinto.

Sin embargo, en estos días de confinamiento voluntario que, además por los pronósticos de las autoridades en salud pública, se va a extender en el tiempo, comienzo a sentir una profunda melancolía por la necesidad de abrazar. Entonces en conclusión…tengo nostalgia por un abrazo.

Nada tan disparador del deseo como una prohibición. Más aún cuando frente a la esperanza de que se levante la cuarentena, a causa del covid-19, la sola perspectiva del encuentro con mis seres queridos sin poderlos abrazar, ya es otra catástrofe para mi forma de ser sentimental.

Entiendo que, en las épocas normales, me diera pena abrazar y mostrar afecto, por el temor a ser rechazado o mal interpretado, pero ahora siento un impulso infinito de salir a la calle a abrazar a mis vecinos y por qué no… a desconocidos, como un acto de solidaridad y muestra de coraje, como si hubiéramos regresado vivos de la guerra; pero eso va a estar prohibido durante mucho tiempo.

Ahora voy a sentir angustia si me abrazan, por el temor de ser contagiado por un virus que tiene como misión secreta, separar a los seres humanos para que no podamos expresar el cariño a través de besos y abrazos.

Por mi experiencia como psicólogo sé que los abrazos son terapéuticos. La “abrazoterapia”, es una herramienta poderosa para disminuir los niveles de violencia, así como un método eficaz para controlar el miedo, la ansiedad y el estrés; salvo en aquellas personas que temen a los abrazos, porque desde niños no les enseñaron a demostrar afecto de esta manera.

El abrazo sincero, es sanador. Y he evidenciado su poder con aquellos pacientes, cuando al ser visitados por sus familiares y amigos, muestran disminución del dolor y mejorías importantes gracias a la esperanza de vivir, que les da el amor y la presencia acompañante de sus seres queridos a través del abrazo. Pero, por obvias razones, las condiciones de contaminación impiden el uso de este recurso.

En la familia, el abrazo y las manifestaciones de afecto son los bálsamos perfectos para hacer más ligeras las penas del diario vivir y más llevadera la vida en estos tiempos de cuarentena.

Nada tan reconfortante y cálido como sentir el abrazo espontáneo de un niño.

O el abrazo amoroso de mi madre, que ahora me los brinda a la distancia, cuando le hago una videollamada para evitar contagiarla y me regala sus bendiciones, llenas de fe y esperanza, con la certeza de que todo va a mejorar.

Creo en el abrazo de la reconciliación entre los hermanos que se han peleado y además, creo en el abrazo protector, cuando una catástrofe o emergencia ha llegado de sorpresa.

Creo en el abrazo amoroso del padre cuando recibe a su hijo asustado por una pesadilla.

Creo en el abrazo de felicitación cuando el equipo ha ganado el campeonato.

Creo en el abrazo acompañante cuando un ser querido ha muerto.

Creo en el abrazo estremecedor de los niños especiales, cuando triunfan en sus olimpiadas.

Creo en la ternura del abrazo a los abuelos.

Y creo en la verdad del abrazo en pareja después del erotismo y la pasión.

Definitivamente creo en la abrazoterapia, pero ahora, tengo nostalgia por un abrazo, porque sé que va a pasar mucho tiempo, antes de que pueda volver a abrazar, a la gente que amo.

Espero que esta pandemia no le gane la partida al amor expresado físicamente.

La cuarentena obligatoria y voluntaria.

pexels-photo-3952248Yo creo que esta cuarentena es un tiempo maravilloso para hacer un alto en el camino y tomar conciencia de la fragilidad de la vida.

En este mes, todo ha sido atípico. Mas allá del efecto negativo sobre la salud y la economía, las circunstancias me han obligado a detener la marcha.

Percibo distinto todo, al estar en cuarentena de manera obligatoria y voluntaria. No son vacaciones, pero tampoco he trabajado normalmente. Me ha quedado demasiado tiempo para mí. Debo aceptar que no estaba preparado para este alto tan prolongado. Me asusta la inactividad, comentario importante viniendo de un tipo tan “ocupado” como yo.

Al estar en casa, todo el tiempo, si me descuido, podría entrar fácilmente en conflicto intrafamiliar. Tampoco hubo preparación para la convivencia permanente. Ahí es cuando tomo conciencia de la importancia de tener, de vez en cuando, espacios para la soledad.

Observo a mis allegados haciendo sus respectivos teletrabajos, y certifico que al menos la pasamos entretenidos. Pero llega un momento en que en la casa se respira un aire tenso, ya por la preocupación en torno a la salud, al desabastecimiento, a la situación económica. Y por qué no, frente a la pregunta sobre nosotros mismos como familia, como pareja.

Siento que la muerte puede llegar en cualquier momento. Certeza que se incrementa al observar a los miembros mayores de la familia. Si bien es cierto, es un paso natural, dada su edad, nunca sospeché que fuera a consecuencia de una pandemia. Ni con ayuda de las películas más catastróficas sobre el futuro, se me pasó por la mente que eso pudiera ocurrir de verdad.

El tiempo pasa lento. La ciudad cada vez se observa más y más sola. Sin la alegría, el ruido, el estrés y las carreras de los que la transitan para trabajar, estudiar o hacer turismo y relaciones sociales en los lugares públicos.

Entiendo que el universo quiere decirme cosas muy importantes relacionadas con la inestabilidad de la economía, con mi estilo de vida, con la manera como me siento útil mientras produzco dinero, con la fragilidad de mi cuerpo, con la importancia de abrazar, besar, compartir con otros, socializar, intimar, festejar, pasear, viajar, conocer regiones del mundo, hacer negocios y discutir asuntos importantes que requieren la participación de varias personas al mismo tiempo y en el mismo lugar y que por ahora están suspendidas.

Por el oficio que profeso, cada actividad que realizo requiere contacto humano y masivo. Todo se ha cancelado, de manera presencial. No clases, no conferencias ni talleres, no consulta. La prevención del contagio así lo manda. Queda el recurso de la virtualidad, pero es tan frío y distante, que me cuesta adaptarme a ello.

Nunca he entendido como funcionan las relaciones a través de un video. Para mí, parte de la magia consiste en bailar muy cerca, para sentir el calor, el aroma, y la deliciosa proximidad que produce el hablar al oído mientras me estremece la acelerada respiración de mi pareja.

Es tiempo de conciencia universal. Es tiempo de cambio en los hábitos y costumbres. Es tiempo de austeridad y de encuentro familiar para replantear el rumbo del proyecto de vida y hacerlo más amigable con la naturaleza y hacerme más consciente de la responsabilidad que tengo con los demás.

En esta cuarentena obligatoriamente voluntaria…si yo me cuido…te cuido. 

Este tiempo de aislamiento me regala la maravillosa oportunidad de orar y meditar.

Sé que el costo que voy a pagar por este renacer es alto, pero los rendimientos y las ganancias serán proporcionales a la inversión realizada.

Todo beneficio, requiere de un sacrificio, y creo que cosas muy buenas están por venir.

Cuando un amigo se va.

hitcher-1693014_960_720Yo creo que despedir a un amigo es muy triste y doloroso. Y más aún cuando la despedida es obligatoria por la presencia de la inexorable muerte. Pero hoy debo admitir que despedir a tu mascota, cuando muere, deja un vacío profundo en el alma, porque sigue habitando en el espacio, en cada rincón de la casa, en su plato de comida y en los juguetes, que ahora inmóviles invitan a los fantasmas de la soledad, y principalmente al mirar las fotos que tienen la magia que logra mantener el recuerdo vívido.

Sin que nadie lo advirtiera, aquel día presentó una falla respiratoria. Afortunadamente, en ese momento, tuvo el auxilio de una médica de humanos, que con la misma pericia que muestran en las películas de emergencias vitales, logró reanimarlo, soplando nueva vida en sus pulmones, para conducirlo rápidamente a la clínica veterinaria.

Allí, comenzaron los protocolos de exámenes y estudios necesarios para determinar, luego de un mes de incertidumbres y angustias, acompañados de la fe profunda de quien sueña con un milagro, el veredicto, que sentenciaba lo que tanto temíamos, y que los mismos médicos sospechaban al observar el deterioro paulatino del paciente.

Un cáncer pulmonar muy raro, invadía a nuestro compañero de juegos felices, y que además en aquellas noches de llanto, y depresión profunda, con un silencio cómplice, ofrecía su peluda existencia como apoyo emocional, para que las lágrimas fueran menos amargas.

lacan corbatinHace algunos años, cuando pisó por primera vez el apartamento, que sería su hogar definitivo, lo nombramos presidente del Club de los Incomprendidos. Nuestro lema: “Qué difícil ser nosotros”, era la carta de presentación en el ambiente familiar, debido a ese estilo particular de pensar y de sentir que tenemos.

Lo bautizamos Lacan, en honor al famoso psicoanalista, como un presagio de que su infinita “sabiduría gatuna”, sería de mucha ayuda para nosotros, por su manera de escuchar en silencio, nuestras alegrías, penas, sueños y esperanzas.

Era blanco, peludo, distinguido y distante. Calientito y amoroso cuando se dignaba a acompañarnos en la cama, a dormir las pelis españolas, en aquellas tardes de descanso eternas y a veces depresivas, antes de comenzar las labores de la semana.

Tenía una mirada profunda y enigmática, curiosamente serena. Con “estoicismo” soportó sin quejarse, los procesos médicos que le practicaron para luego de cada sesión de trabajo en el quirófano, regresar agarrado a la vida, sin rendirse.

Ayer, tomamos la decisión de cesar su sufrimiento. Y en un largo, hermoso, desgarrador y sentido ritual de despedida, vimos como la luz de sus maravillosos ojos, se apagaba lentamente.

Se fue el amigo, el confidente, el parcero, el presidente vitalicio del club, el que escuchó y acompañó tantos momentos tristes y felices. Y quien le dio sentido a la vida, pues al adoptarlo, se estableció un compromiso de cuidado mutuo, solidario e incondicional.

Adiós, amigo mío, y muchas gracias por darle propósito a nuestras vidas, al ayudarnos a comprender el inmenso papel que cumplen los animales, como tú, en la tierra.

davSe que “Pelusis”, como le decíamos en confianza familiar y amorosa, llegó a nuestras vidas para ser más conscientes del poder del amor incondicional, que todo lo sana y todo lo puede.

Yo creo que cuando un amigo gatuno se va al cielo de los mininos, deja un dolor profundo, mezclado con agradecimiento, melancolía y felicidad por aquel que se fue, luego de cumplir su propósito en la tierra.

Lo que se aprende de la dificultad.

tiger-2535888_960_720Yo creo que la dificultad, pone a prueba nuestra capacidad de adaptación y la inteligencia emocional para asimilarla y sacarle el mejor provecho.

Cuando ingresé a la universidad, para comenzar mis estudios en la facultad de psicología, llegó a mis manos el texto del filósofo colombiano Estanislao Zuleta, con su título provocador e inquietante:” Elogio de la dificultad”.

El deslizarme por sus páginas, me generó una crisis existencial profunda. Me di cuenta de que mi vida había transcurrido sin detenerme a evaluar la riqueza oculta que se encuentra en las dificultades. Y desde ese momento decidí que, si el Universo me regalaba una, la iba a aprovechar para aprender mucho de mí mismo.

Pienso que las dificultades mayores que he enfrentado, fueron provocadas por la equivocación y por el error. Así al pasar los años, cada vez más, les hablo a mis estudiantes de la importancia de erigirle un altar a la equivocación. Porque es precisamente allí, donde más información obtengo, si me acompaña el coraje suficiente para hacer las preguntas adecuadas y de esta forma, investigar a fondo, dónde estuvo el error. Porque cuando me va muy bien en un examen, y saco buena nota, me limito a celebrar el triunfo sin preguntarme por qué obtuve ese resultado tan satisfactorio.

Cuando hago inventario de mis aciertos y equivocaciones, puedo corregir el futuro.

“Errar es de humanos”, dice el refranero popular, y además nos enseña que si se comete un error y no se corrige, el resultado, son dos errores.

Para recordarme, como estoy de equivocado, traigo a mi mente la fábula del místico árabe Sa’di:

Que narra la historia de un hombre que, cuando paseaba por el bosque, vio a un zorro mutilado, pues había perdido sus patas. Al mirarlo así, se preguntó ¿cómo podría este zorro sobrevivir con esa condición?. En medio de sus reflexiones sobre la vida y la muerte, observó a un tigre que llevaba una presa en su boca. Al parecer el tigre estaba satisfecho y dejó el resto de la carne para el zorro.

Al día siguiente, se produjo de nuevo el milagro y Dios alimentó al zorro por medio del mismo tigre. Nuestro hombre dio gracias al Creador del Universo por su inmensa bondad y de manera entusiasta se dijo a sí mismo -voy a quedarme en un rincón, confiando plenamente en el Señor y Él me dará todo cuanto necesite-.

Lo hizo así durante muchos días, pero nada sucedió y este hombre, casi frente a las puertas de la muerte, sintió desfallecer su fe. Cuando oyó una voz que le decía: -Óyeme tú que te encuentras en el camino del error, toma conciencia, abre tus ojos a la Verdad y por favor sigue el ejemplo del tigre y deja de imitar al zorro mutilado.

Cuando pretendo tener la razón, siempre es bueno consultar al Universo, para que me envíe algún sabio mensajero y me saque del error, porque es necesario para mí aprendizaje, distinguir si juego a ser el tigre o el zorro. Por supuesto, se necesita una buena dosis de humildad para escuchar y ver las señales que continuamente nos da la vida.

Yo creo que la dificultad no está en el acontecimiento mismo, sino en la manera como me permito ver y reaccionar frente a la situación. Al fin y al cabo, quien está a prueba soy yo. El problema, realmente no se encuentra en el examen, sino en mi preparación para resolverlo.