La linterna.

pexels-photo-5829645Yo creo que la función del faro tiene sentido para quien navega en la oscuridad y tiene ojos para ver la luz.

Cuentan que en el antiguo Japón se usaban linternas de bambú y papel con velas adentro.

Cierta noche un ciego se encontraba visitando un conocido. Al momento de partir, su amigo le ofreció una linterna para que lo acompañara en su regreso a casa.

El ciego entre enojado y con risa irónica le respondió con brusquedad a su anfitrión: -no necesito linterna… al fin y al cabo la oscuridad o la luz son lo mismo para mí -.

En un tono conciliador y más bien reflexivo su amigo le responde: – sé que no necesitas una linterna para encontrar tu camino, pero si no llevas una, alguien puede tropezar contigo-.

pexels-photo-2883926El ciego a regañadientes tomó la linterna y se puso en marcha. Al mucho rato de estar caminando, alguien se golpea contra él. Entonces el ciego indignado le dice al fulano: – ¡mira por dónde vas! ¡¿Acaso no ves la linterna que llevo?!-
Entonces el extraño le contesta: -hermano, tu vela se ha consumido-

A veces me siento como el ciego, es decir caminando en solitario, en medio de la oscuridad tratando de encontrar mi destino. Sin embargo, y aquí está lo contradictorio, al mismo tiempo pretendo ser luz para otros.

Recuerdo que hace muchos años, en medio de una sucesión de “noches oscuras”, me encontraba sumido en la más profunda tristeza y desesperación. Me invadían los sentimientos de culpa y me sentía indigno de acompañamiento y, sobre todo, incapaz de acompañar a alguien.

Deposité mi dolor y mi desesperanza en una persona muy sabia, quien escuchó con paciencia y ternura mi compleja situación. Le dije: – me siento perdido, porque yo mismo estoy buscando el camino…pero me he extraviado…entonces ¿Cómo pretendo ser luz para otros…si yo mismo he fracasado en mi propia búsqueda? -.

Luego de un amoroso silencio susurró en mi oído: -Eres una linterna, que por ahora se ha caído y está embarrada por la suciedad del camino. Sin embargo, aún funciona a pesar de que el barro la está cubriendo en su gran mayoría. Ese poco de luz, que todavía emana de su fuente, le sirve a los que transitan por este mismo camino.

Ese día comprendí, que soy más útil para otros, desde mi experiencia vital, recorriendo y cayendo en el camino.

La única función que tengo como faro, es servirle de orientación a otros, en su propia andadura, pero no para que sigan mis pasos, pues al fin y al cabo el faro está estático sin moverse.

Yo creo que soy una linterna para avisarle a los caminantes, que allí estoy. Así lo importante, no es ser luz para otros… sino que, en medio de mi propia ceguera, al permitirme ver la luz de los demás, en la medida de lo posible me vaya iluminando, para servir al menos de guía para quienes también están perdidos en el camino.

Todo resulta como tiene que resultar o la magia de la sincronicidad.

pexels-photo-3844581Yo creo que en medio de la adversidad…siempre aparece una puerta que se abre, una mano que se tiende, una ventana que permite ver la luz al otro lado de la oscuridad.

En la semana anterior, me encontraba ocupado con algunos chequeos médicos para comenzar el año. He vuelto una costumbre que, en el mes de enero, vaya al médico internista para que con su ayuda y conocimiento me ordene exámenes de rutina para conocer con más detalle cómo voy de salud.

Luego de terminado el chequeo preliminar, aproveché para consultarle sobre una protuberancia que me sentía en el cuello al lado izquierdo muy cerca de donde comienza la oreja. La expresión del galeno, lo dijo todo. -Esto no me gusta, exclamó y te voy a mandar una ecografía de cuello-.

El mismo día de la ecografía aproveché para programar otros exámenes, entre ellos la endoscopia.

Primero pasé por la mirada escrutadora de la radióloga quien de manera inmediata me alertó sobre el peligro que veía en las imágenes de su ecógrafo. -Debe mostrarle esto ya mismo a su internista, dijo, pues creo que debe hacerse una biopsia-.

Confieso que salí asustado, pero tenía el otro examen en los próximos quince minutos. Para mi sorpresa la anestesióloga, con un lenguaje más científico que humano, me explicó que, para el procedimiento de la endoscopia, necesitaba una anestesia especial y que me podría complicar durante la misma, por lo tanto, recomendaba ir a un centro hospitalario de nivel superior para estar seguro de ser atendido si se presentaba una emergencia. Pensé -esto está sucediendo por algo-.

De manera simultánea, recibí la llamada del médico internista que, conocedor del resultado de la ecografía, aunque sereno, le alcanzaba a percibir su preocupación. Debe dirigirse inmediatamente a la clínica, afirmó, porque usted debe entrar por urgencias ya que hay que operarlo, de ser posible hoy mismo.

En ese momento comprendí que nada en mi vida se daba gracias al azar y que todo lo que estaba sucediendo hacia parte de una cadena de acontecimientos predestinados, con absoluto sentido y orden lógico.

Cómo los centros de urgencias de la ciudad estaban colapsados por el tema del covid-19, no sabía a donde ir. Entonces el médico sugirió uno de ellos y me indicó que allí preguntara por una doctora en particular. Al llegar, ella ya estaba enterada de todos los pormenores de mi situación y en menos de dos horas, me encontraba instalado en una habitación de la clínica, esperando la visita del cirujano, especialista en cabeza y cuello.

Cuando llegó, luego de mirarme y hacer algunas preguntas claves, de forma cálida, afectuosa y serena, y con una expresión de quien tiene el conocimiento afirmó que estaba comprometida la parótida que está localizada en el ángulo de la mandíbula en la parte delantera y bajo la oreja.

Por mis estudios de neuroanatomía y fisiología de la cabeza, como una materia obligatoria en la formación como psicólogo, sabía que esta glándula es la mayor responsable de producir gran parte de la saliva del cuerpo. Es la glándula más grande y compleja del conjunto glandular, y contiene los ganglios linfáticos parotídeos. Y para acabar de completar el cuadro, el nervio facial y la arteria carótida la atraviesan, y en ella nace la yugular. Entonces ya sabía que venía para mí.

Finalmente, el experto dijo: -en su caso es obligatorio operar y allí mismo en el quirófano, voy a pedir un estudio con ayuda del patólogo-.

En fin, en menos de una semana sucedieron eventos en cadena, tocados, siento yo, por una fuerza superior, pues lo “milagroso” de cada suceso sólo podría explicarse de esta manera, si entiendo la sincronicidad de la que habla Jung, cuando se presentan dichos eventos: como una ciudad en toque de queda, urgencias colapsadas, camas y ucis al tope, cirujanos en vacaciones, y el fantasma del virus navegando de modo omnipresente y yo superando cada obstáculo de manera expedita, porque tuve al cirujano conocedor del tema, el mejor anestesiólogo especialista en cirugía cardiovascular y un equipo de auxiliares completamente entrenados para este caso.

En el momento que escribo estas líneas estoy convaleciente, animado, con un dolor controlado con desinflamatorios y analgésicos, con un dren y con el apoyo de antibióticos poderosos y en casa, para evitar complicaciones nosocomiales.

Con la firme creencia de que cada cosa que sucede tiene que suceder y si sucede es para aprender de mí mismo y de la vida, tengo la esperanza de que si estoy vivo…y tengo esta segunda oportunidad, es para aprovecharla desde el agradecimiento, y la corrección de lo pasado hacia el futuro.

Yo creo que todo resulta como tiene que resultar, porque de alguna manera está diseñado para el proceso de aprendizaje, dentro del sagrado arte de vivir.