¿Y quién cuida al que cuida?

pexels-photo-4270365Yo creo que, en un proceso de enfermedad, hay otro protagonista importantísimo del que poco se habla y que para mí es necesario comentar hoy: me refiero al cuidador.

Esa persona clave que, desde el momento mismo del diagnóstico, sufre un impacto particular por todo lo que representa y significa el futuro en compañía del paciente.

Interminables horas de atención, paciencia, amor, paz interior y sobre todo renuncia total o parcial a su propia vida, por dedicársela al cuidado de otro ser que en gran parte depende de él.

Se conoce como el síndrome burnout donde literalmente el cuidador se “quema”, se agota y pierde todas sus energías. Según Christina Maslach y Susan E. Jackson este síndrome se caracteriza por el agotamiento emocional, despersonalización y reducción de la realización personal.

La persona acusa un progresivo agotamiento físico y mental que lo lleva a mostrar cambios en su comportamiento que por supuesto se refleja en su parte afectiva y emocional.

El tema es más impactante cuando se trata de cuidar a un familiar o a la misma pareja, pues la cercanía y el compromiso afectivo son mucho más fuertes, y completamente diferentes al nexo que se establece con una persona contratada para tal fin.

Con mi esposa, hemos conversando mucho sobre el tema, pues soy consciente de lo penoso y pesado que puede ser mi cuidado en este camino oncológico que apenas estamos comenzando.

¿Cómo identificar si se padece el síndrome del cuidador quemado?

Para ello existe una escala conocida como Test de Zarit. De todas formas, es importante proteger al cuidador y estar atento a los signos y a los síntomas que vaya presentando.

Por ejemplo, continuamente me pregunto si ¿le estoy pidiendo a mi cuidadora más ayuda de la que realmente necesito?

Tomo conciencia de que el tiempo que ella me dedica, le permita espacios para sus actividades personales y laborales, pues además de cuidarme tiene su trabajo, familia y unas obligaciones y actividades adicionales.

Evito causarle enojos o molestias para mantener la paz, la armonía y el equilibrio que ambos necesitamos sobre todo en este momento crucial de nuestras vidas.

El miedo lo estoy manejando, con la propuesta de vivir intensamente cada día, tarea en la que mi compañera me ayuda mucho pues, nuestras respectivas alegrías y maneras de ser, se confabulan para este propósito cotidiano de vivir conectados con el presente.

Abrimos momentos para que cada uno haga sus cosas, esto con el fin de proteger también su salud física y mental, y pueda continuar su vida social y familiar.

Dado el caso, estoy dispuesto a permitir que otra persona me cuide, para liberarla del compromiso de ser mi cuidadora exclusiva.

Y también, por supuesto hemos replanteado nuestras finanzas, debido a mi cese laboral y la carga que esto representa para ella.

En fin, yo creo que, desde el amor incondicional, el diálogo amoroso permanente y la conciencia clara de no ser un lastre para mi esposa es posible cuidar a mi cuidadora.

Detenerse…para saber

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Yo creo que es importante detenerse…para saber. Entrar en una profunda calma para concentrarse. En el budismo se utiliza la palabra samatha, para indicar la importancia de parar y calmarse. Así mismo existe la palabra vipassana, para referirse a la capacidad de percibir y mirar con profundidad, ambos principios fundamentales en la meditación. Continuar leyendo

Mente de piedra.

waterlily-2787638_960_720Yo creo que es tiempo de vaciar la mente con la ayuda de un Koan.
Este se llama la mente de piedra y cuenta que Hogen, un maestro Zen chino, vivía solo en un pequeño templo en el campo. Un día, cuatro monjes peregrinos llegaron y le pidieron permiso para hacer un fuego en el patio para calentarse.
Mientras preparaban todo para dicho fuego, Hogen los escuchó cuando hablaban acerca de la subjetividad y la objetividad. Motivado por el tema se les unió con la siguiente pregunta: “Supongan que hay una piedra muy grande, ¿la considerarían fuera o dentro de su mente?”.
Uno de los monjes contesto: “Desde el punto de vista del budismo todo es una representación mental, por lo tanto, diría que está dentro de mi mente.”
“Debes de sentir tu cabeza muy pesada, observo el maestro Hogen, “si vas por ahí cargando con una piedra como esa en tu mente.”
He meditado sobre este Koan, y creo que el problema está en lo que pensamos y cómo lo pensamos.
He confirmado que el universo no premia el pensamiento. El universo premia la acción. Por más vueltas que le dé en mi cabeza, a un mismo asunto, si no lo realizo….es decir si no lo vuelvo “real…idad” …de nada me vale pensar, pues pensamiento y acción deben ir de la mano.
De otro lado, pensar estorba el proceso de sentir. Y hay momentos y circunstancias en la vida donde es más importante sensibilizarse que evaluar con lógica.
Sin embargo, no puedo desconocer la importancia de la cabeza fría para enfrentar ciertos eventos importantes en nuestra existencia.
Intuyo que la sabiduría consiste en eso. Lograr un maravilloso equilibrio entre pensamiento-sentimiento y acción para tener éxito en el sagrado arte de vivir.
Cargar con ciertos pensamientos, me produce angustia, depresión y enojo, y me sorprendo con esa curiosa correspondencia emocional. Es decir, mientras más pretendo manejar la situación desde la razón, más efectos siento en mi emoción. Y finalmente el cuerpo se encarga de representarlos con algún trastorno de tipo psicosomático.
Entonces el trabajo consiste en aligerar el equipaje de la mente, vaciándola de tantos prejuicios, creencias y falsas expectativas sobre todo en relación con los demás, y conmigo mismo para evitar frustraciones y malentendidos y conectarme desde el principio con mi sentimiento, con preguntas facilitadoras como: ¿realmente qué es lo que me molesta? ¿Realmente que me tiene tan enojado? Para luego descubrir, que no es el otro, sino mi expectativa del otro, lo que se ha vuelto un lío, muy pesado, en mi cabeza.
En resumen, he decidido a partir de hoy, sentir más la vida, que pensarla, porque de tanto pensarla… me he olvidado de vivir.

No basta con desearla…

Yo creo que no basta con desear la paz, creo que es obligatorio hacer algo por ella.  Esta frase la encontré en una valla en lo alto de un edificio en New York y me conmovió profundamente. Pues confirmé como dedicamos mucho tiempo a hablar y a decir cosas bonitas e impactantes pero se nos olvida volver acción y testimonio todo aquello que enunciamos.

Así mismo recuerdo una canción, que repetía este estribillo: “…no, no, no basta rezar, “¡hacen falta muchas cosas para conseguir la paz!”.

Y…esas “cosas”, de las que habla la canción, no son mi más ni menos que de todas nuestras conductas, pensamientos y palabras violentas.

La paz nace cuando aquietamos nuestro pensamiento. La paz surge cuando somos capaces de controlar nuestros impulsos agresivos y dañinos contra otros, la vida o la naturaleza. Cuando somos generosos y altruistas, en lugar de envidiosos y egoístas. La paz es la consecuencia de nuestra forma de pensar constructiva, oblativa y amorosa.

Si al momento de conducir un vehículo, lo hago desde la paz interior, el resultado se ve reflejado en mi comportamiento compasivo, pues el instrumento que guío, es un arma mortal en potencia.

Si al momento de hablar, calculo las consecuencias agresivas de mis palabras, estoy contribuyendo a la armonía social y emocional de quienes me escuchan.

Si al momento de tomar una decisión estoy pensando en el beneficio de todos, incluyéndome, ya estoy aportando a la equidad y a la justicia.

Yo creo que, como lo expresa San Francisco de Asís, no basta con desear la paz, es importante ser instrumento de ella.