El espejo roto.

pexels-photo-4878678Yo creo que es tiempo para un Koan.

Un monje le preguntó al maestro de Kegon, Dao-Xuan: «¿Cómo regresa un iluminado al mundo ordinario?».

Dao-xuan respondió: «Un espejo roto nunca vuelve a reflejarse; las flores caídas nunca vuelven a las viejas ramas”.

Durante estos días he meditado largamente este Koan.

Lo primero que se me ocurre preguntarme para iniciar el análisis es: si el iluminado es el espejo roto o más bien el espejo roto es el mundo ordinario.

Así las hojas caídas no regresan a las viejas ramas porque es un proceso vencido, terminado y no tiene sentido volver atrás si ya se ha dado un paso adelante gracias a la iluminación.

Un año después, soy distinto, me siento distinto. La enfermedad y la quimioterapia me hicieron darme cuenta de la finitud.

La diferencia está en que ahora, la conciencia me permite ver más claro y al mismo tiempo entiendo que todo está dispuesto para la trascendencia.

Entonces como un relámpago desde lo más profundo de mi memoria de estudiante universitario, llega la imagen del libro de Michael Ende, El espejo en el espejo, y que recuerdo se lo presté a la mujer que en su momento amé con locura y sé que nunca me lo devolvió porque fue su manera de quedarse con un pedazo de mí.

El pasaje del texto es este:

“Caminantes en el ajetreo del mundo estamos sin meta en el tiempo.
Sólo a través de un amor puro desinteresado llegarás al ahora y aquí.
Alma prepárate: ¡ahora y aquí es la eternidad!”.

Desde ese día comprendí que he venido a observar el reflejo de mi alma en una corporalidad que engaña pues con sensualidades y seducciones desvía el encargo mayor que consiste precisamente en romper el envase para que lo contenido se libere. De ahí la importancia de no volver al espejo

La ruptura del espejo tiene un simbolismo poderoso, porque al estar roto me obliga a ver más allá.

Así descubro que las viejas ramas no son lugar para el refugio, porque lo que allí buscaba era una ilusión perceptual, tan engañosa como dañina pues me hizo creer durante mucho tiempo que eso era felicidad.

Al romperse ambas cosas, las ramas del engaño sensual y por supuesto el espejo de la vanidad autorreferente, me libero de la atadura de las creencias limitantes y los prejuicios enseñados por una cultura de la apariencia, que le tiene mucho miedo al qué dirán.

Al romperse el espejo no tengo otro remedio que ser yo mismo, sin necesidad de máscaras ni filtros, para que de esta forma sentir la infinita paz de la autenticidad.

La promesa.

conversando con su SeñorYo creo que lo difícil de una promesa, es la obligatoriedad de su cumplimiento.

Prometer es muy fácil. Cumplir se hace complejo sobre todo cuando la voluntad es pobre y le falta entrenamiento.

Mi suegro, que tiene una voluntad de hierro, le prometió al Señor de los Milagros de Buga que iría a pagarle una promesa si yo salía avante del proceso de quimio y radioterapia.

Este pasado fin de semana en vuelo directo a Cali y luego por carretera, cumplimos las dos promesas. La de él con el Milagroso y la mía que le había prometido que lo llevaba.

La noche anterior dormimos en su casa, pues la aerolínea por motivos de logística convocaba a los pasajeros a las cuatro treinta de la mañana.

Rumbo a Buga (1)Anticipando el frio que se siente en el aeropuerto, salimos bien abrigados rumbo al cumplimento de nuestro destino. Allí tomamos café con pandebono y esperamos con paciencia el momento del abordaje. Busqué los mejores asientos para ellos y viajaron en primera clase.

El vuelo de menos de una hora nos permitió en Palmira, tener el tiempo suficiente para recoger el vehículo rentado con anticipación y dirigirnos sin prisa, a la ciudad de Buga.

Desayunamos en el camino, y recordé mis tiempos juveniles cuando durante muchos años recorrí las carreteras del Valle del Cauca. Su olor característico a caña de azúcar se mezcló con la nostalgia del recuerdo.

La cara del viejo lo dijo todo. Parecía un niño, feliz con su proeza.

El Señor de los Milagros en BugaCon toda la devoción acumulada por años, pues sospecho que tenía más de una promesa pendiente por cumplir, escuchó la Santa Misa, y con la fortaleza que aún demuestra a sus noventa años, subió las escaleras para conversar un rato con su Señor, y darle infinitas gracias por los favores recibidos.

Me enseñó como se conversa con Dios y cómo su fe lo ha llevado lejos en la vida.

Descendimos del santuario ubicado en la Basílica menor y caminamos felices con el alma limpia y fresquita.

Su rostro estaba tranquilo y relajado. Su cuerpo sacó restos de energía y con una sonrisa de satisfacción, me pidió que buscáramos donde almorzar.

En el restaurante, mientras traían lo pedido, los cuatro tuvimos tiempo para conversar, largo y tendido sobre lo hermoso de disfrutar la vida de manera consciente.

Llegado el momento, regresamos al aeropuerto, cansados por el itinerario, pero satisfechos con la misión cumplida.

CristoEn este mismo viaje, mi suegra terminó de alegrarme el día con un obsequio maravilloso.

Ella había manifestado el deseo de regalarme un cristo, cuando inició mi tratamiento oncológico.

Tuve el privilegio de escogerlo entre los muchos exhibidos en el marco de la plaza. Me llamó tanto la atención, que no dudé en seleccionarlo al percibir una extraña conexión con Él.

En la noche, la despedida estuvo colmada de agradecimientos y bendiciones.

Sé que, desde ese día, la consciencia de mi suegro, duerme tranquila… porque cumplió la promesa, que había hecho con tanta fe .

La otra resurrección.

JUANCARLOSPOSADAMEJIA COLUMNASDELCONOCIMIENTOYo creo que he resucitado dos veces.

En esta ocasión me refiero a la resurrección física luego de mi experiencia luchando contra el cáncer, y a la resurrección académica púes ahora, he vuelto a vivir como profesor.

Exactamente, por esta época, hace un año, estaba recuperándome de la primera cirugía del cuello, que posteriormente sirviera como una pieza clave para identificar que tenía un linfoma.

Seguía dictando clase en la universidad, eso sí, de manera virtual, debido a la pandemia y mi actividad docente seguía intacta pues hasta el momento no sabía de la gravedad de mi situación.

Luego cuando finalmente me compartieron el diagnóstico, tuve que llamar a la universidad para informar de mi incapacidad y del inicio de la quimioterapia.

Así cuando por la fuerza de las circunstancias me vi obligado a cesar mi labor como profe, me sentí morir de verdad.

Debo confesar que la posibilidad de la muerte física no me preocupó y lo único que pedía a los médicos era que me quitaran el tremendo dolor físico que causaba el tumor que tenía en el cuello. Pero lo que me puso a llorar a mares, con un desconsuelo infinito, fue cuando me dieron la noticia de que no podía seguir dictando clase en la universidad. Actividad que he desarrollado durante treinta y cinco años sin interrupción.

En ese momento mi vida perdió el rumbo y el sentido. Lloré por mucho rato, no por mi muerte física, sino por mi muerte laboral. Ese día comprendí que lo que me sostuvo vivo durante todo este tiempo, fue mi esperanza de ir cada mañana a la universidad a formar nuevas generaciones de terapeutas.

Comencé a elaborar el duelo por lo que consideraba mi mayor pérdida: el dejar de ser profesor.

Al comienzo de este año recibí la llamada más importante de mi vida. Y no fue precisamente la del oncólogo dándome de alta, sino la del decano y coordinador académico invitándome a retomar la cátedra universitaria.

en la bahia de sanfranciscoMi esposa que fue testigo de la llamada me volvió a ver llorar, pero en esta oportunidad de mucha alegría y motivación. Sentí que vivía nuevamente. Y que mi vida tenía un propósito y un sentido profundos por los cuales vivir.

Esta semana cuando pisé nuevamente el salón de clases, me apropié de la frase que se le atribuye a Fray Luis de León, cuando después de estar cuatro años en la cárcel por acusaciones injustas, volvió a su cátedra en la Universidad de Salamanca y exclamó para continuar su clase interrumpida: – «decíamos ayer»- («Dicebamus hesterna die»).

Como dato histórico también Miguel de Unamuno, según la tradición popular de la Universidad de Salamanca, pronunció las palabras del fraile en su primera clase, tras ser restituido como rector luego de la dictadura de Primo de Rivera.

Entonces retomé con mis apreciados estudiantes el hilo de la conversación académica -suspendida hace un año-, en relación con el arte de ser terapeuta humanista existencial, ahora con un nuevo “postgrado” simbólico, el de haber “vivido” la muerte y atravesarla para resucitar luego encontrando nuevamente el rumbo y el sentido.

-Decíamos ayer- que la magia de la terapia radica en los papeles de dos protagonistas: el consultante que, desde el sufrimiento, espera encontrar el sentido y el terapeuta que, con su propio recorrido doloroso y autoconocimiento, ilumina el camino del otro.

La terapia humanista existencial me ha enseñado que el sentido se encuentra mientras se muere.

Por el momento he resucitado dos veces y esto ya me compromete a continuar mi vida, iluminando mi propio sendero y el de aquellos… que tienen la gentileza de invitarme para que les acompañe.

La ventaja de tener problemas.

pexels-photo-5623729Yo creo que, por estos días, debo aceptar que estoy viviendo diferente.

Recuerdo a mi padre cuando afirmaba: – “No hay mal que por bien no venga”-. Expresión maravillosa que servía de bálsamo para refrescar mi confusión emocional, cuando las cosas no marchaban bien, es decir cuando iban, como yo no quería.

Para los ojos de los demás, mi papá era un “hombre tranquilo”; demasiado para la proactividad de mi madre, quien marcaba el ritmo rápido en casa cuando se requerían movimientos acelerados, en oposición a la lentitud de mi viejo, apodado “paso lento”, por sus hermanos.

Viene a cuento este comentario sobre ambos, pues heredé una mezcla deliciosa de rapidez y lentitud comportamental y mental frente a las situaciones de crisis, sobre todo en este año en particular, cuando se puso a prueba mi capacidad de resiliencia.

Hoy al mirar atrás, recordando el proceso de quimio y radioterapia, reconozco que ese “mal” que para mi bien llegó, cambió mi vida principalmente en el disfrute y conciencia de cada evento existencial y en la comprensión del sentido del para qué vivo.

En otras palabras, cada hora que vivo, la canto y la celebro intensamente. Así que exhorto a los jóvenes, para que aprovechen su tiempo, porque tiene una finitud imperceptible, cuando se está embriagado por la ilusión de la eternidad.

Juan y Carlos PosadaMi vida tiene un tiempo. Por lo tanto, mientras se cumple, trabajo en resolver las preguntas problematizadoras que surgen día a día. Similar a la época de colegio cuando los profesores en sus respectivas materias me dejaban problemas para resolver en casa, como tarea obligatoria para optar el título de ciudadano del mundo.

Ahora, esta gran escuela de la vida y de la muerte tiene asignaturas que no son optativas y que requieren de toda mi atención y conciencia para ser resueltas en su debido momento.

Mientras me tomo un delicioso café, me quedo largo rato observando la vida a mi alrededor. Y luego repaso la muerte que de manera cotidiana se refleja en mi jardín, cuando lo veo morir y nacer.

Cada anochecer significa la muerte, para luego negarse en la alborada que representa la nueva oportunidad.

Después de la tempestad, viene la calma, pero se que es un tiempo de preparación para las nuevas tormentas que están por llegar.

Este es el ciclo de la existencia, que está plagado de maravillosas oportunidades para aprender de mí mismo, porque sólo cuando respondo al desafío, aparece el aprendizaje.

Entonces a la altura de este final de año, yo creo que “los problemas” fueron beneficiosos, porque permitieron desplegar mi creatividad divergente.

Renacer, celebrar y agradecer.

Juan Carlos Posada Mejía Isla Saona  Mano JuanYo creo que esta semana fui plenamente consciente del hecho de estar vivo.

Exactamente por esta época hace un año, comenzaron a preocuparme los síntomas de lo que aún no sabía, era un linfoma.

Diciembre se convirtió en un mes plagado de angustia e incertidumbre, pues todos los que me conocían y observaban la lesión en mi cuello, decían con tono de preocupación que era importante hacerme valorar por un médico especialista.

Recuerdo que había programado con mi esposa unas vacaciones en la playa, las que luego del diagnóstico certificado, tuve que “postergar” frente a la duda que ofrecía el futuro.

Entonces la nostalgia por la vida se hizo más poderosa, aunque la esperanza de sobrevivir siempre estuvo presente soñando con celebrar, en algún momento, frente al mar.

Casi un año después, pasada la quimioterapia y la radioterapia, los médicos especialistas, me dieron de alta, sumando a mi felicidad el permiso de recibir sol, por supuesto, siguiendo los protocolos y los cuidados pertinentes.

Sin pensarlo dos veces compré un paquete turístico para estar en contacto con el mar y durante cinco días disfrutar de la magnificencia de la vida inconsciente, representada en el océano.

Juan Carlos Posada Mejía Republica Dominicana (2)El mar caribe tiene la magia y el encanto de los siete tonos aguamarina. Así como la inmensidad de lo profundo, como es el misterio de la vida y de la muerte.

Pasé varias horas frente a él y fui consciente de que estaba vivo, aunque debo reconocerlo parecía un sueño, porque no sabía si me encontraba en el paraíso terrenal o celestial y porque llegué a confundirme por tanta dicha acumulada.

En compañía de mi esposa, dimos gracias a la vida. Al mismo tiempo que disfrutamos de cada instante como si fuera la última vez.

Tanto en el amanecer o como en su atardecer el mar representa el enigma de la resurrección. 

Al mismo tiempo, el mar permite cargar energías y sobre todo limpiar el alma de las impurezas de la mente.

Estoy feliz y agradecido porque fue un año de múltiples aprendizajes y sobre todo de valoración. En virtud de que sólo comencé a dimensionar lo que “tenía”, cuando lo vi amenazado por su posible desaparición.

Lo más significativo de este viaje de vacaciones, fue el reencuentro conmigo mismo y con el sagrado arte de vivir. Y con la certeza de la muerte, con la que he pactado una tregua, mientras termino todos los encargos pendientes.

En este paso temporal, en tanto tramito las tareas y asuntos por resolver, y siga vivo en esta vibración, yo creo que será buen momento para renacer, celebrar y agradecer… los regalos de la vida.

 

Cuarenta años después.

Reunión exalumnos isc 40 añosYo creo que definitivamente este año, pasará como el más intenso de mi historia, porque me ha permitido darme cuenta de que nada de lo que ha sucedido y está por suceder, es al azar y que todos los acontecimientos están conectados y que lo importante es encontrarles el propósito y sentido.

Uno de los momentos más emocionantes que he vivido en este año, que de por sí ha estado cargado de emociones fuertes, ocurrió el pasado dieciocho de noviembre cuando los compañeros del colegio decidimos reunirnos cuarenta años después.

Los preparativos comenzaron un mes antes. Con ayuda de las redes sociales, iniciamos el proceso de convocatoria y de manera vertiginosa, casi viral, las respuestas no se hicieron esperar.

Cada día se unían más y más compañeros al grupo virtual conformado, con la esperanza grata del reencuentro.

Decidimos fácilmente el lugar, la fecha y hora de la reunión. Y más de uno confirmó por adelantado.

Fui el primero en llegar al sitio acordado. Le pedí a los encargados del restaurante, que organizaran las mesas para la ocasión y me dispuse a esperar la llegada de mis compañeros.

Mientras aguardaba, mi memoria viajó a la velocidad de la luz, para instalarse en los salones de clase, y la estructura misma del Instituto San Carlos, con el objetivo de recordar anécdotas y situaciones graciosas para compartir esa noche.

Daniel Alonso PimientoPinzón, Juan Carlos Posada MejiaUno a uno, iban llegando. Los vi igualitos a como estaban en mis recuerdos. La sensación fue extraordinariamente hermosa, pues “eran los mismos”, pero ahora con sus cabellos pintados de plata y unas cuantas huellas breves indicadoras, en sus rostros, del paso del tiempo.

La energía, alegría y sentido del humor negro, fueron protagonistas durante la noche. A cada comentario histórico, la carcajada sonora hacía eco en el lugar.

También tuvimos momentos de nostalgia, al recordar a los compañeros muertos, al mismo tiempo que lamentamos la inasistencia de algunos que a última hora no pudieron cumplir la cita.

Sin agenda planeada, hablamos de los profesores, de las novias de la época, de los romances turbios y clandestinos, de las fiestas paganas y no santas, de las parejas actuales y de los hijos. Y además de los temas de la prejubilación y por supuesto de salud.

A pesar de la pandemia y de mi reciente proceso de quimioterapia, me di el permiso de abrazarlos uno por uno, con la intención de agradecerles su amorosa presencia en mi vida.

compartiendo la mesa isc 40 añosConversé, me reí mucho, evoqué, comí deliciosos alimentos y nuevamente me sentí vivo en el recuerdo, porque volví a ser joven y vital al lado de mis compañeros de clase.

Yo creo que cuarenta años después, sentí que los mejores momentos de mi juventud, volvían de la mano de mis compañeros como si se hubiesen congelado en el tiempo.

Agradezco a la vida esta maravillosa oportunidad para reencontrarme con mi pasado y de esta forma vivir en el presente, soñando futuro.

La vida es bella.

pexels-photo-191034Yo creo que la vida es bella si me engaño deliberadamente, como una condición de mi edad. Este fue el mensaje que recibí luego de ver la película que tiene el mismo nombre, donde se narra la experiencia de un padre acompañado de su pequeño hijo en un campo de concentración.

De hecho, la vida ni es bella ni es fea…depende más bien de la manera como la perciba y por supuesto como la enfrente. Es decir, lo que para una persona puede parecer inadecuado, para otra, ese mismo hecho puede ser supremamente conveniente para sus propósitos.

Este dilema me asaltó ayer, luego de la cita médica que acompaña mis radioterapias. Al salir al corredor de la clínica me atrapó la imagen de una pequeña niña vestida como para una fiesta, incluyendo su enorme pava que pretendía cubrir el resultado de la quimioterapia. Lo curioso de la escena era su elocuente felicidad, en contraste con la tristeza de su acompañante adulta.

Mientras la niña jugaba, sonreía, bailaba y se despedía amistosamente de todos los que le abrimos paso, a su paso, la otra persona se veía triste, derrotada y por supuesto cansada por las circunstancias.

Tomé consciencia de la situación y confirmé el significado de la vida y la muerte desde dos puntos de vista, el de la niña y el de su madre.

He descubierto durante este año de mi tratamiento oncológico y en conversaciones con ellos, que los niños en fase terminal son conscientes de su situación y saben que van a morir; además porque parte de su claridad frente al tema, se debe a la manera cómo van viviendo día a día su proceso. Obviamente, su entendimiento de la situación es diferente a la compresión que alcanza un adulto.

Independiente de la edad, la respuesta emocional frente a la certeza de morir es muy grande y debe enfrentarse. De ahí que sea fundamental un ambiente familiar abierto y sincero donde el niño se sienta en libertad para compartir sus miedos y expresar sus preocupaciones y al mismo tiempo le permita recibir amor incondicional, algo de esperanza y seguridad mientras llega el momento final.

La fantasía es la materia prima con la que los niños de tres a seis años tejen sus sueños, por lo tanto, hablar con ellos sobre la muerte no es difícil, porque convierten la idea de morir en algo mágico, al considerarla reversible y temporal a diferencia de los niños mayores.

pexels-photo-6299265La mayoría de estos niños saben que van a morir, independiente de la información que han negado los adultos, pues los niños sospechan que “algo sucede” porque el ambiente que gravita… delata a los padres.

Esto hace que no se favorezca la despedida, porque no se acepta el proceso de morir y menos de un niño. Ese “pacto o conspiración del silencio”, afecta a los adultos porque tienen miedo de hablar de la muerte con sus hijos, porque creen que los niños no lo van a entender, subestimando la capacidad del paciente para afrontar malas noticias.

Yo creo que soy el arquitecto de mi vida y me asemejo a un pintor frente a un lienzo en blanco que debe hacer uso de su creatividad para plasmar una obra maestra. Lo más importante en la construcción del proyecto de vida, es precisamente encontrar el propósito. Una vida sin propósito no tiene sentido y por lo tanto puede llevarme a experimentar vacíos existenciales, negando la realidad. Entonces también puedo imaginar mi muerte como el cierre con broche de oro de mi proyecto de vida y espero no engañarme, ni permitir que me engañen, frente a la realidad innegable del sagrado acto de morir, porque la vida es bella y la muerte también.

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