¿Atrapado por el pasado?

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Yo creo que soy el resultado de lo que sembré.
El pasado tiene como función, ser el caldo de cultivo de lo que disfrutamos o sufrimos en el presente. Soy el resultado de mi pasado, lo que aprendí y lo que no quise aprender, y se verifica aquí y ahora. Es cierto que no puedo borrar lo que pasó, pero si puedo cambiar lo que siento y pienso en relación con ello. Continuar leyendo

El valor de las heridas en el arte de vivir.

japanese-tenmoku-kintsugi-2aYo creo que todos tenemos una historia de sufrimiento y dolor.
Las heridas emocionales que hemos ganado en el sagrado arte de vivir tienen un valor muy importante, gracias a su significado profundo. Continuar leyendo

Soy sabio cuando cambio.

statue-55570_960_720Yo creo que todo está sujeto al cambio.
He descubierto que todo cambia, y que eso quiere decir que también es lógico que yo cambie.
Y sé que negar el cambio, es imposible cuando veo de frente mi propio proceso de envejecimiento.
Un día me di cuenta de los cambios, cuando experimenté de cerca la enfermedad, la vejez y la muerte de los seres más querido y cercanos en mi vida. Así como cuando observé mis propias debilidades físicas, al confirmar que ya no podía hacer actividades como antes.
Fue allí mismo cuando desperté de la inconsciencia en relación con el sufrimiento, el dolor y la fragilidad de la vida misma. Y por supuesto la crisis existencial, que llega impregnada de sufrimiento.
Entonces aparecieron las preguntas importantes para poder comprender y explicar nuestro lugar en el mundo:
¿De qué se trata la vida?
¿Qué es vivir mejor?
¿A que hay que renunciar?
¿Qué necesito para lograr el autodescubrimiento?
¿Qué es lo permanente frente a lo no permanente que me ofrece la vanidad, el orgullo, y el ego?
¿De qué nos debemos liberar?
Definitivamente existen experiencias transformadoras como la muerte, que nos indican, que sí es posible iniciar cambios para darle sentido a nuestra existencia.
Nuestra mente determina nuevas experiencias. Modifica la manera como experimentamos el mundo. Por lo tanto, se trata de interrogar el funcionamiento interno de la mente. Para comprender como funciona y en consecuencia utilizar ese computador para diseñar un proyecto de vida pleno, amoroso, saludable, feliz, generoso, lleno de paz y armonía.
El mundo externo cambia y nosotros también cambiamos constantemente. Dicho esto, es pertinente a veces, cambiar de rumbo para ser congruentes con nuestro proyecto de felicidad.
Todo es transitorio. No hay un ser permanente en mi… sino alguien que continuamente cambia.
El ser permanente no es la solución… es más bien la raíz del problema, sobre todo cuando tenemos preocupaciones terrenales, que por lo mismo son transitorias.
El deseo, la ambición, el odio, la ignorancia son engañosas y no nos permiten ver las cosas como realmente son.
Cuando nos auto-conocemos logramos la auto-transformación. Y solo cuando desde la humildad aceptamos la posibilidad de nuestro cambio, para renacer, logramos vivir con sabiduría y compasión.

El camino de la iluminación

 

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Yo creo que la iluminación al estilo oriental, o la sabiduría como se diría en occidente, es un proceso que obedece más al sentido común que a la genialidad misma.

Iluminarse tiene la rapidez del darse cuenta…es un momento de claridad conceptual, que te permite ver más allá, aquello por lo que estás preguntando y que, de manera súbita, te regala la respuesta…aunque no realmente como la esperabas.

En el mundo budista Zen, el Koan es un problema paradójico presentado por el maestro a su discípulo para detener la mente cuando vaga y sobre todo para detener la palabrería; sin embargo, un Koan no puede ser comprendido a partir de los medios racionales únicamente, hay que sentirlo, incorporarlo, vivirlo como un todo.

En este orden de ideas, iluminarse con la ayuda de los koanes, puede llevar años, para los practicantes del Zen.

Para la muestra este precioso koan tomado del texto “Cada día es un buen día 101 historias famosas de la tradición Zen” recopilación de Paul Reps y Nyogen Sensaki y publicada por el grupo Editorial Norma, Bogotá 1999 pag 56:

“Cuando la monja Chiyono estudiaba Zen bajo la dirección de Bukko en Engaku, no pudo alcanzar los frutos de la meditación durante mucho tiempo.

Al fin una noche de luna llena, cuando estaba cargando agua en un viejo balde amarrado con bambú, el bambú se rompió y el balde se desfondó. ¡En ese momento Chiyono se iluminó!

En conmemoración escribió un poema:

De este modo y de aquel, traté de guardar el viejo balde.
Pues la cuerda estaba débil y a punto de romperse.
Hasta que al fin se desfondó.
Ya no hay agua en el balde.
Ya no hay luna en el agua”.

Yo creo que el camino de la iluminación comienza al descubrir cómo todo es ilusión perceptual y cómo el apego a este mundo ilusorio me hace sufrir. Cuando confirmo que el verdadero significado va más allá de la apariencia. Entonces debo aceptar que vivo en un mundo creado por el ego y que es necesario abrir la conciencia para darme cuenta y hacerme cargo…para entonces asumir la profundidad de mi vida desde el yo, como una responsabilidad que solo a mí me compete…sin temor a los fantasmas creados por las proyecciones de la sombra…pues al fin y al cabo, nadie puede vivir por mí, ni correr el riesgo de realizar mi proyecto de vida.

Somos la memoria

Yo creo que somos la memoria. Y esa afirmación surge de la certeza de la importancia capital de la memoria en nuestras alegrías y sufrimientos. Se sufre en la medida del recuerdo de aquellos eventos tristes o estresantes que como lentes avizores, nos informan de la cercanía de otro suceso parecido. Entonces la memoria se convierte en un mecanismo de defensa.

Somos la memoria presente en nuestros aprendizajes. No al azar, al escoger una profesión u oficio, nos valemos del recuerdo para poder enfrentar los desafíos ocupaciones que nos trae el día a día. En situaciones tan sencillas como cocinar, una buena dosis de memoria se hace obligatoria, para calcular la cantidad de agua que lleva la preparación de un exquisito plato.

La memoria nos permite socializar y compartir. En una amena conversación con otros, cuando se trata de recordar los momentos más significativos del último paseo que hicimos en familia, las fotos ayudan a la evocación.

Y qué decir de la memoria que nos permite ubicar la forma de regresar a casa, luego de un día de trabajo.

Con la muerte de Gabriel García Márquez, el premio Nobel de literatura, nos quedó la reflexión nostálgica y terrible de que somos la memoria. Al morir, nos queda presente su memoria, viva en cada texto que concibió desde su realismo mágico. Sin embargo, la vida misma le jugó una mala pasada, pues de manera irónica, como un personaje de novela, la memoria se fue ausentado de su prodigioso cerebro, dado que al final de sus días, padeció de una muerte adelantada, debido a que en sus últimos cuatro años, su memoria ya no era la misma. Entonces nuestro “Gabo” había desaparecido.

Yo creo que cuando una persona pierde la memoria, todos y ella misma, somos extraños. Diría que es lo mismo que estar frente a un muerto-viviente. Ya no es posible reconocer al otro, quien durante tanto tiempo fue compañero de caminos, cuitas y conversaciones, pues cada acto cotidiano, parece nuevo y diferente.

Yo creo que si se va la memoria, se va la persona. Ese ser maravilloso que fuimos construyendo a partir de recuerdos, vivencias y experiencias. Ahora sin memoria, no soy nada, ni nadie. Me percibo como un extraño, principalmente para los demás.

De todas maneras esto tiene una maravillosa recompensa…sin memoria, yo creo que tampoco hay sufrimiento, para la persona amnésica, pero si, para quienes le acompañamos, mientras elaboramos duelo, por su muerte anticipada.

¿Es posible conquistar la felicidad?

Yo creo que todos tenemos derecho a la felicidad. Y también creo que, no nos han enseñado ha conquistarla.

Entonces si nos apoyamos en el pensamiento del Dalai Lama, Tenzin  Gyatso encontramos que él cree que, el propósito fundamental de nuestra vida, es buscar la felicidad,  y que esto se logra con el “entrenamiento de la mente”. Sin embargo, así planteado, esto no es fácil de alcanzar, si desconocemos cómo se hace dicho entrenamiento.

Teniendo en cuenta mi formación como psicólogo, entiendo desde la ciencia, que el objetivo principal de este entrenamiento, consiste en ayudar a quien se encuentra en estado depresivo, a controlar sus pensamientos de tristeza o melancolía, debido entre otras elementos como el bioquímico, a la manera como piensa.  Entonces se necesita educar la mente para que él aprenda a resolver sus conflictos internos, y de esta forma facilitar sus relaciones consigo mismo y con los demás. Entonces la palabra “entrenamiento de la mente” no deja de tener un sabor cognitivo, como del orden del pensamiento intelectual.

Para el Dalai Lama, «entrenamiento de la mente» no se refiere al entrenamiento de la capacidad cerebral intelectual, sino mas bien a la connotación que proviene de la palabra tibetana Sem, que tiene un significado parecido al de «psique» o «espíritu», y que comprende lo intelectual, sumado con el sentimiento desde lo emocional, mediado por la manera cómo se piensa.

Así, “entrenar la mente” para él, se refiere a la implementación de una “adecuada disciplina interna”, que permita experimentar una transformación en nuestra actitud y un cambio de perspectiva en el enfoque de nuestra vida.

Esta “disciplina interna” supone tener en cuenta los factores culturales y sociales que influyen en nuestro pensamiento y sobre todo el conocimiento del método para reprogramar la mente.

Lo primero consiste en identificar aquellos factores, desde nuestra educación y formación del pensamiento, que conducen a la felicidad y los que llevan al sufrimiento. Una vez hecho eso, dice el Dalai Lama, es necesario eliminar gradualmente los pensamientos que llevan al sufrimiento, mediante el cultivo de los que llevan a la felicidad. Ése es el camino o método.

Ahora, según el budismo, existen cuatro fuentes para nutrir la realización o felicidad personal: la riqueza, la satisfacción mundana, la vida espiritual y la iluminación.

Sin pretender ser religiosos o espirituales, invitando a los lectores a alcanzar la iluminación, se podría proponer que la búsqueda de la alegría y la felicidad se hagan desde una perspectiva más mundana. Pues dice la gente del común, que la salud, el dinero y el amor son la clave del contento.

Sin duda, la buena salud, es necesaria para una vida plena. El dinero por ejemplo o las posesiones materiales y el grado de riqueza que acumulamos, podrían ser decisivos a la hora de ser feliz; así como las buenas amistades y los compañeros con quien compartir afecto. Pero lo más importante es la capacidad para disfrutar y la disposición del pensamiento desde el optimismo, para interpretar las adversidades y los problemas, como componentes contradictorios y necesarios de la felicidad.

En esta perspectiva, el secreto último parece consistir, en la capacidad para armonizar la mente. Y esto se logra cuando aquietamos el pensamiento y en clave de oración, meditación o silencio absoluto, controlamos el parloteo mental y logramos un silencio reparador, para ver más allá y comprender que nuestro estado natural, es la felicidad.

Cómo vivir mejor con menos…

pexels-photo-2204542Yo creo que si es posible vivir mejor con menos

Sin embargo me podrán preguntar: ¿menos qué?

Dice Mahatma Gandhi: “Un ser humano, debería ser siempre más grande que lo que hace y más precioso que lo que posee”… esto significa que, para una sociedad materialista, donde lo importante es tener y no ser… no podemos seguir valorando a las personas por lo que tienen, ni mucho menos por lo que hacen, profesionalmente hablando, si no más bien por su esencia como personas.

En palabras de Mark Twain: “la civilización es la multiplicación ilimitada de innecesarios necesarios“.  En este orden de ideas, el materialismo, la competencia, la fiebre del prestigio, la envidia y la falta de humanidad son, sin lugar a dudas las enfermedades sociales del siglo XXI y esto de alguna manera produce estrés, depresión y ansiedad.

De otro lado Scott Nearin sostiene que “una economía de mercado necesita empujar y engañar a los consumidores a comprar cosas que ni necesitan ni desean, obligándolos así a vender su fuerza de trabajo como medio para pagar sus adquisiciones”.

Entonces nos asalta la duda: ¿Qué es vivir?

O la pregunta más directa: ¿Cómo estoy viviendo?

Y tal vez, la más trascendental: ¿Para qué vivo?

La vida es un viaje a través del tiempo en un determinado espacio. Y durante ese camino, buscamos status para proteger nuestra reputación.  Así,  ¿Qué es lo que hay que defender?

Vivimos para rodeamos de posesiones innecesarias. Creemos que la felicidad es la comodidad, la seguridad y el dinero. Con el “slogan” de ganar más para gastar más, la sociedad de consumo diseñó un inmenso aparato que nos inventa necesidades y nos hace creer, que tal o cual bien o servicio, nos hará felices… y en el fondo, lo único que logramos es cubrir un vacío emocional interior, que nos deja aún más insatisfechos.

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