Si no tuviera miedo

Yo creo que si no tuviera miedo, haría muchas cosas de las que me he privado, precisamente porque me enseñaron a temer. Es decir, como parte de mi proceso educativo me hicieron creer que había pensamientos, hechos y consecuencias asociados con el miedo, como por ejemplo: al qué dirán.

Entonces creo que he pasado gran parte de mi vida agradando a los demás, y sobretodo evitando equivocarme, en materia del comentario social, esperando el aplauso y la aprobación por parte de los otros.

Si bien es cierto el miedo puede servir como elemento protector, pues la idea no es convertirse en temerario, sino en alguien sensato capaz de distinguir lo que es conveniente de lo que no; por otro lado el sólo hecho de tener miedo paraliza y evita que corramos ciertos riesgos necesarios.

En el sagrado arte de vivir, la certeza va en oposición al riesgo. Y vivir de suyo, ya es un gran riesgo. Y en medio del riesgo, equivocarse, hace parte del inventario.

Si no tuviera miedo, ¡me equivocaría más! Pues gracias a la equivocación… aprendo, y descubro y amplío mi percepción del mundo y de la vida.

Entonces concluyo que nuestro narcisismo no nos permite perder. Y en torno a la idea de la equivocación, se tejen toda clase de hipótesis y conjeturas de la perfección, que para un ser humano no son posibles, pues la condición del humano es precisamente su falibilidad. Y lo que nos hace humanos es nuestra posibilidad de reconstruirnos, con cada evento de aprendizaje.

Si soy un ser inacabado, en plena construcción, tengo derecho e incluso obligación de equivocarme para de esta forma, a partir de la toma de conciencia, darme cuenta de aquello que puedo corregir para continuar la marcha.

También se que las equivocaciones a veces, tienen costos muy altos y que pueden incluso cambiar el rumbo de la historia. Pero definitivamente de eso se trata la vida, de aprender de los errores.

De tal manera que…si no tuviera miedo, me daría más permiso de “ser yo mismo”, para evitar caer en la trampa de agradar a los demás, a partir de sus expectativas y con esto sentirme más contento de “quien soy”.

¿Miedo de qué?

Yo creo que, posiblemente lo que más nos asuste es el fracaso. Entonces surge la posibilidad de ver el fracaso desde diferentes ópticas. Y no como aquello terrible que nuestros educadores nos hicieron ver. En otras palabras el fracaso no es fracaso si aprendemos de él y tenemos la oportunidad de cambiar. Fracaso sería no responder a la pregunta ¿qué pasó? Y quedarnos tan tranquilos sin hacer nada al respecto.

Ahora, lo que más parálisis produce en el ser humano, es el pensamiento mismo sobre el miedo. De lo que tengo miedo es de tu miedo decía William Shakespeare, siguiendo la sentencia del proverbio chino cuando reza que quien teme sufrir ya sufre el temor. O en palabras del escritor español Francisco de Quevedo: “El ánimo que piensa en lo que puede temer, empieza a temer en lo que puede pensar”.

Sospecho que el miedo es una anticipación de lo que puede pasar sin que haya sucedido, salvo en nuestra imaginación. Y que muchos de nuestros temores son infundados por la expectativa que tienen los otros, sobre todo nuestros padres y seres queridos, con respecto a nuestro desempeño.

Pienso que en virtud a la construcción catastrófica que nuestro pensamiento hace apoyado en la emoción, los panoramas se tornan oscuros e imposibles, incluso para aquel acostumbrado a fracasar anticipadamente con su imaginación.

Ahora tampoco se trata de caminar por la vida sin un mínimo de cuidado y temor. Pues no se trata de ser temerario. Citando nuevamente a de Quevedo: “Siempre se ha de conservar el temor, más jamás se debe mostrar.” Se podría suponer que de alguna manera es bueno conservar algo de miedo, dado que nos hace prudentes, pues según Alonso de Ercilla y Zúñiga, otro escritor español del siglo XVI: “El miedo es natural en el prudente, y el saberlo vencer es ser valiente”.

De todas formas desde la sabiduría popular decimos que “nadie le ha puesto calzones al miedo” y que existe como un mecanismo de defensa. Sin embargo siempre es adecuado preguntarse ¿miedo de qué? para al menos minimizar el impacto de aquello que nos asusta y desde el principio de realidad ver las cosas en su justa proporción.

Parálisis paradigmática…

Yo creo que los miedos paralizan. Y son excelentes excusas para no enfrentar la vida. Y algunos de esos miedos son aprendidos. Y vienen de generación en generación como una manera de controlar nuestras conductas y reacciones. Claro, la idea es:… no ser temerario… pero tampoco temeroso.

Las parálisis paradigmáticas surgen cuando nuestros pensamientos riñen con nuestros deseos.

Cuando conectamos el cerebro racional, como respuesta subjetiva, entra en disputa el cerebro emocional. Y entonces, el tercero de ellos, el cerebro práctico y aplicado, el que ejecuta, el que hace, se encuentra paralizado por la pugna entre la razón y la emoción. Una cosa es lo que yo quiero y deseo y otra, muy distinta, lo que la lógica me permite hacer.

Desde que estamos pequeños, somos programados a partir de los mapas mentales de nuestros padres. Su conjunto de creencias y valores hacen parte de nuestro diario sentir y pensar. Y como dice Carl Jung: nuestro yo, es enajenado.No es nuestro propio yo…  es un self prestado, por un tiempo, mientras construimos el propio. Lo grave sucede, cuando pasa la vida y no hemos confeccionado nuestro propio yo.

Introyectamos los mapas mentales de los demás y los creemos válidos. Sin cuestionar ni someter a análisis. Entonces actuamos como masa por moda o falta de carácter.

Nos infunden miedo para evitar que alteremos el programa mental. Y luego, cuando no cumplimos la pauta, viene la culpa.

La pregunta es: ¿qué pasaría si no tuviéramos miedo? La respuesta: seríamos poderosos. Pues detrás de todo deseo, hay un temor… “dime lo que temes y te diré lo que deseas… dime lo que deseas y te diré qué te enseñaron a temer”. De esta forma nos mantienen a raya desde el miedo.

Al romper paradigmas, lo primero que asusta es el miedo mismo, al qué dirán…entonces ¿soy lo que soy… o soy lo que me enseñaron a ser para los demás?

Mi unicidad, nace de mi autenticidad, no de la apariencia. Y al ser lo que soy, proyecto mi esencia.

A veces somos, lo que nuestros miedos…permiten mostrar. Es decir un falso yo.