Vemos según como somos.

pexels-photo-1024403Yo creo que con el paso del tiempo y frente a la expectativa del fin de la cuarentena y de la pregunta: ¿cómo va a hacer mi regreso a la “realidad” ?, comprendo que el miedo no es a morir contagiado, sino a morir de hambre.

Si a los fenómenos que suceden a mi alrededor, evito proyectarles mi propio Yo, esto de algún modo facilita la paz y la serenidad interior, y puedo entender por qué lo que está ahí afuera carece de esencia, porque todo está dentro del foco de mi perspectiva. Por lo tanto, si concibo las cosas según mi interés, entonces el miedo, la ansiedad y la expectativa catastrófica se apoderan de mí. En conclusión, no puedo darle rienda suelta a la fantasía pues, al fin y al cabo, la imaginación es una loca que no debo dejarla suelta.

En otras palabras, si lo explico a partir de la psicología y lo comparo con el pensamiento budista, concluyo que el proceso de percibir es engañoso.

¿Pero cómo hago para no ver las cosas desde la perspectiva de mi interés personal o subjetivo?

Para la psicología contemporánea, el estudio de la percepción ha sido motivo principal de sus investigaciones y trabajos de campo, tratando de demostrar la manera particular como cada especie y cada persona en especial, perciben diferente y por diferentes motivos, el mundo que les rodea.

Esto significa, que la realidad no es la realidad, sino una construcción subjetiva, donde cada individuo proyecta su interés, o su necesidad, o su programa genético, para interpretar el mundo. Es claro que, un mismo fenómeno, puede ser leído de manera distinta, por quienes lo observan.

Las emociones condicionan mi percepción, cuando evalúo un objeto o un evento. Debido a que lo describo, no tanto desde aquello que está en el objeto o el evento, sino desde lo que se encuentra dentro de mí mismo.

Estoy programado genéticamente para alejarme o acercarme a los elementos en la naturaleza que puedan ser beneficiosos o dañinos y esto me permite tomar decisiones. De manera que, la reacción por el sentimiento de temor hacia la amenaza del covid-19, explica el papel del miedo en la manera como enfoco el entorno. Es decir, mis sentimientos están diseñados para tener una mayor reacción particular y afectiva hacia aquello que pueda atentar contra la integridad de mi cuerpo, en materia de salud o de muerte. De ahí la confianza o desconfianza hacia aquello que pueda hacerme daño o no.

Los juicios afectivos siempre se relacionan con el Yo, e indican el estado de aquel que enjuicia en relación con el objeto de su juicio. En este sentido, si la iluminación me regala una distancia crítica de los sentimientos que producen los juicios egoístas, podría cambiar mi manera habitual de percibir.

El maestro Bhikkhu Bodhi, enseña que lo que busca con la práctica de la meditación es. – “cambiarse a sí mismo en vez de cambiar el mundo”-.

Entonces el budismo a través de la meditación mindfulness me permite comprender, en este caso particular de la cuarentena y del aislamiento voluntario, que la posibilidad de contagio es alta, que dependo del autocuidado y que no puedo seguir evitando el contacto con los demás, porque antes de esta pandemia, si recuerdo bien, caminaba sin miedo a un contagio, confiado en la capacidad genética de mi cuerpo para producir inmunidad.

Yo creo que, en esta preparación para salir de la cuarentena, estoy entendiendo que el riesgo de vivir es precisamente morir y que mientras llega la hora final, tengo mucho por hacer. La diferencia está en la conciencia de la vulnerabilidad de mi cuerpo, no sólo frente al virus de turno, porque posiblemente vengan muchos más, sino frente a cualquier otro evento, porque como decía mi padre, hay que estar vivo para morir, pero debo cuidarme si quiero retrasar la llegada de la parca.

El tiempo de la espera.

pexels-photo-3954635Es un tiempo largo el que me espera. Una jornada completa, como un viaje de ida y vuelta hacia mi interior. Alguna vez, los minutos pasan raudos, otras veces los veo lentamente en el reloj. Los días de esta cuarentena, por el covid-19, pasan dejando su huella. Estoy consciente de lo que representa el coletazo, cuando pase esta primera parte del encierro.

Mientras espero, leo, escucho música, escribo, preparo y dicto clases virtuales, converso con mis seres queridos presentes y con los otros, gracias a las videollamadas, cocino, me baño y afeito todos los días, porque atiendo consultas por las distintas aplicaciones tecnológicas, veo películas, canto, procuro hacer ejercicio, y luego me pregunto ¿qué más puedo hacer?.

Entonces en los instantes en que no tengo actividad, me atrapa desprevenido el pensamiento a veces optimista y otras lleno de negros presagios. Y vuelvo a sentir esperanza por todo lo bueno que está por venir.

Se parece a una purga. Es lo mismo que se logra en psicoterapia con la catarsis. El universo entero se está limpiando y me invita a ser solidario con su desintoxicación.

Mientras tanto en casa… todos procuran estar ocupados, para no sentir miedo.

La convivencia me ha enseñado a tolerar. A ser paciente, para no estallar sin motivo y lo más importante, agradecer porque aún sigo vivo;  entonces como Viktor Frankl, me enfoco en el futuro y proyecto en mi mente, qué voy a hacer cuando todo esto termine y pueda volver a disfrutar la libertad de caminar por los parques y las calles, sin el temor del encuentro con otro ser humano.

Me sorprende ver a la naturaleza en su majestuosidad. La visión surrealista de las películas de ciencia ficción, se torna en realidad, cuando ahora, los noticieros cotidianos, pasan vídeos de los animales entrando en la ciudad de los humanos. Porque ya no tienen miedo, o porque simbólicamente, intentan recuperar lo que les quitamos.

Me impresiona la lección para la vida que me ofrece el sólo hecho de detener la contaminación, y por otro lado, la carrera económica por atesorar riquezas… que a la postre, no sirve de nada en este momento.

Entonces, tomo conciencia y me siento responsable por la manera como me he convertido en un depredador.

Todo se ha detenido…el universo se prepara y yo también para lo que está por venir.

De la disciplina de hoy para quedarme en casa, depende el futuro del planeta.

Debo apelar a la sensatez personal, cuando pueda salir a continuar mis labores, porque es obligatoria mi reconciliación con la naturaleza, que al fin y al cabo es la dueña de las leyes de la vida y de la muerte.

Yo creo que este tiempo de encierro, es propicio para planear mi nueva vida, completamente agradecido con lo que he aprendido de mí mismo y de mi papel en la tierra, mientras sobrevivo la espera.

Es tiempo de hacer un alto en el camino, para encontrar la divinidad oculta en todo esto.

Dime lo que más deseas y te diré lo que más temes

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Yo creo que el deseo es la otra cara del miedo.

Esta semana volví a ser niño al disfrutar la película Aladdin, basada en el cuento sirio de Aladino  y la lámpara maravillosa, incoporado a Las mil y una noches, pues no pertenecía a la colección original árabe, sino que fue añadido en el siglo XVIII por el francés Antoine Galland, quien la tomó del cuentista cristiano maronita sirio Anṭūn Yūsuf Ḥannā Diyāb.

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En los calzones del miedo.

tree-1031814_960_720Yo creo que tengo derecho a sentir miedo; y reconozco que me equivoco cuando pretendo asustar a mis semejantes, para controlar un poco la angustia, buscando una supuesta solidaridad…tal vez esperando que ellos estén más angustiados que yo.
El miedo es natural, no sólo, desde nuestra condición animal, por aquello del instinto de conservación y gracias a los componentes bioquímicos que garantizan la supervivencia; sino por la complejidad mental, que “todo lo puede”, desde la imaginación, maravillosa creadora de escenarios catastróficos.
Considero normal ser capaz de ver el peligro y sentir miedo, así como veo anormal, quedarse muy tranquilo frente a una situación de peligro real, sin evaluar las consecuencias. Es decir, creo que es inadecuado magnificar una situación y verla como peligrosa, debido a la ansiedad anticipatoria, aún con la sospecha, de que posiblemente, no suceda.
En síntesis, hay miedos de miedos. Y cada situación peligrosa puede evaluarse distinto, si se tienen las herramientas para el control del pensamiento…pues, al fin y al cabo: “…la imaginación es una loca que no debe dejarse suelta”.
Preocuparse no tiene sentido. Mas bien, puedo ocuparme, cuando sea el momento adecuado; porque hay ciertas circunstancias y eventos a los que no puedo adelantarme para controlarlos, mientras que otros si. Entonces no vale la pena gastar energía en aquello que no tiene control…lo adecuado es canalizarla en lo que si se puede controlar.
Aquí, aparece la palabra clave: control. Todo lo que no puedo controlar, me causa miedo, temor, ansiedad, pánico. Dicho así, el remedio estaría en saber administrar las herramientas de pensamiento productivo, que me permitan tener un relativo control.
Pensar en forma creativa, buscando soluciones, tiene más lógica, que sumergirse en el mar de la angustia, dándole vueltas a un resultado hipotético, que aún no ha llegado.
Mirar todos los posibles escenarios, es sensato…centrarse sólo en el escenario catastrófico, no.
Es el momento de aceptar, que al “miedo nadie le ha puesto calzones”, y que, además, debo hacer un esfuerzo para respirar profundo, y con el cerebro oxigenado, distinguir, si ese miedo en particular, es más bien una espeluznante creación de mi sombra, que me atormenta innecesariamente, o algo que es real y que en consecuencia debo temer.
Yo creo que, en materia de miedos… ¡si yo los he creado…puedo desmontarlos!

¿Quien guarda comida… guarda pesares?

Yo creo que la frase “Quien guarda comida, guarda pesares”, tiene un significado más profundo de lo que parece. Más allá del contenido directo de la expresión popular -que se la escuchaba a mis abuelos- el hecho de guardar comida, esconde un temor con respecto al futuro. Conservar en la nevera los alimentos que no se consumen inmediatamente, a simple vista, parece una buena previsión para el mañana; pero de alguna manera, también indica que, no se confía en la posibilidad de encontrar alimento nuevo para sobrevivir. Si nos apartamos por un momento de la sentencia gastronómica, guardar comida es lo mismo que conservarla (de ahí la palabra conserva), esto supone entonces, a nivel psíquico una invitación a guardar o congelar…pensamientos, dolores, angustias, traumas y sucesos del pasado. En otras palabras, quien guarda comida, también es capaz de guardar pesares, entendidos como eventos y circunstancias dolorosas del pasado.

El mismo fenómeno lo observamos en los cuartos útiles y hasta en el closet. Si miramos con detenimiento su contenido, algunos de los objetos allí depositados, han perdido su valor de utilidad y por lo tanto estorban, ocupan espacio y lo más curioso hacen todo lo posible por “mostrarse” y recodarnos que están allí, desde hace varios años, sin servir para nada. Además nos vendemos la idea de que en cualquier momento van a ser utilizados, pero pasa el tiempo y continúan nuevamente, en el mismo estado de inutilidad.

¿Para qué guardamos? ¿Qué nos invita a conservar? Tal vez con ello buscamos “congelar” el presente por el mismo miedo que produce la incertidumbre del mañana. Lo que no sabemos, es que la magia y el placer del sagrado arte de vivir, se descubren en la construcción activa del presente, disfrutando y sufriendo el riesgo de lo porvenir.

De otro lado, no podemos olvidar, que nos han enseñado las bondades del ahorro, como una previsión del futuro. Y considero que es un excelente hábito; sin embargo también he visto conductas extremas y exageradas, que limitan tanto el gasto, que lo único que consiguen es un presente limitado.

Abandonarse completamente a la suerte, sin ningún tipo de control, sabemos que apunta a una empresa de locos. Pero realmente lo que parece sensato en materia psicológica, consiste en no acumular elementos dolorosos del pasado, que como su nombre lo dice, deberían haber pasado y no estar rondando en forma permanente… como fantasmas.

¿Miedo de qué?

Yo creo que, posiblemente lo que más nos asuste es el fracaso. Entonces surge la posibilidad de ver el fracaso desde diferentes ópticas. Y no como aquello terrible que nuestros educadores nos hicieron ver. En otras palabras el fracaso no es fracaso si aprendemos de él y tenemos la oportunidad de cambiar. Fracaso sería no responder a la pregunta ¿qué pasó? Y quedarnos tan tranquilos sin hacer nada al respecto.

Ahora, lo que más parálisis produce en el ser humano, es el pensamiento mismo sobre el miedo. De lo que tengo miedo es de tu miedo decía William Shakespeare, siguiendo la sentencia del proverbio chino cuando reza que quien teme sufrir ya sufre el temor. O en palabras del escritor español Francisco de Quevedo: “El ánimo que piensa en lo que puede temer, empieza a temer en lo que puede pensar”.

Sospecho que el miedo es una anticipación de lo que puede pasar sin que haya sucedido, salvo en nuestra imaginación. Y que muchos de nuestros temores son infundados por la expectativa que tienen los otros, sobre todo nuestros padres y seres queridos, con respecto a nuestro desempeño.

Pienso que en virtud a la construcción catastrófica que nuestro pensamiento hace apoyado en la emoción, los panoramas se tornan oscuros e imposibles, incluso para aquel acostumbrado a fracasar anticipadamente con su imaginación.

Ahora tampoco se trata de caminar por la vida sin un mínimo de cuidado y temor. Pues no se trata de ser temerario. Citando nuevamente a de Quevedo: “Siempre se ha de conservar el temor, más jamás se debe mostrar.” Se podría suponer que de alguna manera es bueno conservar algo de miedo, dado que nos hace prudentes, pues según Alonso de Ercilla y Zúñiga, otro escritor español del siglo XVI: “El miedo es natural en el prudente, y el saberlo vencer es ser valiente”.

De todas formas desde la sabiduría popular decimos que “nadie le ha puesto calzones al miedo” y que existe como un mecanismo de defensa. Sin embargo siempre es adecuado preguntarse ¿miedo de qué? para al menos minimizar el impacto de aquello que nos asusta y desde el principio de realidad ver las cosas en su justa proporción.

El poder del amor creativo desde la fe

romance-1934204_960_720Yo creo en la creatividad del ser humano. Y en las maravillas que puede crear si pone su corazón de por medio. También creo en la maldad que puede producir el odio. Y creo que podemos transformar el mundo si cada uno de nosotros crea con amor y bendice cada día su familia, su labor y su entorno.

Yo creo en el poder de la oración. Y creo en el poder de la fe y por sobre todas las cosas creo en la esperanza.

Porque cuando se tiene fe, todo el poder de la mente y del espíritu, se concentran en ese objetivo.

Sin embargo hay cosas que no se consiguen, con solo rezar, orar o meditar, pues conviene contar con la decisión. el pensamiento y el deseo del otro.

Conviene concertar y llegar a acuerdos de mutuo beneficio…es decir hay que trabajar duro por lo que se quiere.

Y también creo que el miedo hace estragos y nos debilita.

“No temas”... fue la frase más bella y profunda que pudimos escuchar de nuestros padres… y ahora es posible escucharla nuevamente, de labios de mucha gente, en el mundo,  que piensa y siente como nosotros.

A este mundo sólo lo salva el amor…

Yo creo en el poder del amor creativo desde la fe..

Entonces, oremos, meditemos y reflexionemos, para que las noches de lluvia y tempestad cesen y aparezca la luz, en momentos tan convulsionados como los actuales.

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