Aprender a vivir.

Little Girl Reading in Backyard

Yo creo que la familia es el mejor lugar para aprender a vivir.
Era la hora de regresar a casa. El transporte escolar, para iniciar su recorrido, esperaba a la última alumna en la fila. La profesora del preescolar le tendió la mano para ayudarla a subir las escaleras del automóvil. Sin embargo, la pequeña no quería subirse. La profe, frente a la negativa, hizo la pregunta obligada. ¿Qué sucede hija? Es que se me perdió mi muñeca, -dijo. Continuar leyendo

¿Quien guarda comida… guarda pesares?

Yo creo que la frase “Quien guarda comida, guarda pesares”, tiene un significado más profundo de lo que parece. Más allá del contenido directo de la expresión popular -que se la escuchaba a mis abuelos- el hecho de guardar comida, esconde un temor con respecto al futuro. Conservar en la nevera los alimentos que no se consumen inmediatamente, a simple vista, parece una buena previsión para el mañana; pero de alguna manera, también indica que, no se confía en la posibilidad de encontrar alimento nuevo para sobrevivir. Si nos apartamos por un momento de la sentencia gastronómica, guardar comida es lo mismo que conservarla (de ahí la palabra conserva), esto supone entonces, a nivel psíquico una invitación a guardar o congelar…pensamientos, dolores, angustias, traumas y sucesos del pasado. En otras palabras, quien guarda comida, también es capaz de guardar pesares, entendidos como eventos y circunstancias dolorosas del pasado.

El mismo fenómeno lo observamos en los cuartos útiles y hasta en el closet. Si miramos con detenimiento su contenido, algunos de los objetos allí depositados, han perdido su valor de utilidad y por lo tanto estorban, ocupan espacio y lo más curioso hacen todo lo posible por “mostrarse” y recodarnos que están allí, desde hace varios años, sin servir para nada. Además nos vendemos la idea de que en cualquier momento van a ser utilizados, pero pasa el tiempo y continúan nuevamente, en el mismo estado de inutilidad.

¿Para qué guardamos? ¿Qué nos invita a conservar? Tal vez con ello buscamos “congelar” el presente por el mismo miedo que produce la incertidumbre del mañana. Lo que no sabemos, es que la magia y el placer del sagrado arte de vivir, se descubren en la construcción activa del presente, disfrutando y sufriendo el riesgo de lo porvenir.

De otro lado, no podemos olvidar, que nos han enseñado las bondades del ahorro, como una previsión del futuro. Y considero que es un excelente hábito; sin embargo también he visto conductas extremas y exageradas, que limitan tanto el gasto, que lo único que consiguen es un presente limitado.

Abandonarse completamente a la suerte, sin ningún tipo de control, sabemos que apunta a una empresa de locos. Pero realmente lo que parece sensato en materia psicológica, consiste en no acumular elementos dolorosos del pasado, que como su nombre lo dice, deberían haber pasado y no estar rondando en forma permanente… como fantasmas.

Con el presente, construyo el futuro

Yo creo que somos los arquitectos de nuestra propia vida. Somos los constructores de nuestro destino y tenemos la responsabilidad de construir bien.

Sin embargo, todo comienza con el legado genético obligatorio que recibimos.  Somos el resultado de un grupo de genes que, de generación en generación, van programando nuestra existencia. No podemos negar la poderosa influencia de esa herencia del pasado, pues somos el resultado de los logros y los aciertos de nuestros antecesores.

La genética es tan importante que marca el destino de nuestros actos e incluso de nuestras enfermedades pues, cargamos con el código genético de la tendencia a la obesidad, la tristeza, la alegría o la locura.

A esto debemos sumarle el tipo de padres que nos correspondieron. Ya  hemos dicho que para la psicología, papá o mamá no es necesariamente quien nos engendra, sino quien nos educa. Y ese papel en el mundo post moderno, lo realiza la abuela, la tía, la empleada del servicio o la vecina de turno, que “generosamente” se ofrece para cuidar esos hijos temporales.

Los años maravillosos de la formación del carácter y la personalidad, de los valores y de las creencias y convicciones se cumple entre los cero a siete años de edad. Esto significa que recibimos como dogma de fe, cualquier expresión, comentario o frase de nuestros formadores.

Acto seguido somos el resultado de la escuela, colegio o centro de educación a donde asistimos en estos primeros años. Sin ningún tipo de defensa, para esta influencia positiva o negativa, creemos al pie de la letra lo que nos dicen, nos insinúan, nos corrigen o nos premian los maestros.

Entonces nuestro comportamiento es conducido, formado y educado de acuerdo con las convicciones, expectativas, esperanzas y temores de aquellos que están al frente de dicha formación.

El siguiente elemento formativo que vamos a encontrar, en el camino de la construcción de nuestro proyecto de vida, es la sociedad y la cultura en la que estamos inmersos. Esto significa que ya no nos parecemos tanto a nuestros “padres” como al tiempo en que nos corresponde vivir.  Somos más parecidos a lo que nos ofrecen las redes sociales de comunicación, que a nuestras propias familias.

Y para completar este panorama, es importante anotar, cómo en la construcción de nuestro proyecto de vida, los propios traumas, temores y anhelos influyen decisivamente en el mismo.

Yo creo que es el momento de revisar con amor y esperanza la oportunidad maravillosa de comprender que somos el resultado de muchos elementos y al mismo tiempo, somos los arquitectos del futuro, pues tenemos la capacidad de construir y generar cambios en nuestra vida a partir de la esperanza de que siempre hay un amanecer… para comenzar de nuevo.