¿Para qué luchar?

Yo creo que frente a las dificultades, adoptamos posiciones innecesarias, que más bien, lo que consiguen, es paralizar nuestro camino. Dichas reacciones nacen de los pensamientos pesimistas que se alimentan precisamente de la miopía para ver la luz al final del tunel.

Todo se torna oscuro y tenebroso. Sentimos que de ésta no vamos a salir y solo esperamos el más fatal de los desenlaces. Pero como siempre hay un amanecersiempre hay una puerta que se abre, una mano que se tiende, una posibilidad dentro del campo de todas las posibilidades,  entonces el milagro se produce.

Dicho milagro aparece en forma de oportunidad, como una eterna rueda de la vida o samsara, que actualiza la prueba, pues el universo repite las lecciones hasta que se aprenden. Entonces la vida te da otro chance y es el momento de aprovecharlo. Y se trata precisamente de emplear ese instante maravilloso para preguntarnos: ¿qué espera de mí la vida?

Posiblemente algo como lo que John  Bunyan expresó en su texto El progreso del peregrino cuando dice:

“Aun cuando haya pasado por todo lo que pasé, no me arrepiento de los problemas en que me metí, porque fueron ellos los que me condujeron hasta donde deseé llegar. Ahora, todo lo que tengo es esta espada, y la entrego a cualquiera que desee seguir su peregrinación. Llevo conmigo las marcas y las cicatrices de los combates; ellas son testimonio de lo que viví, y recompensas de lo que conquisté.

Son estas marcas y cicatrices queridas las que me abrirán las puertas del Paraíso. Hubo una época en la que viví escuchando historias de hazañas. Hubo otras épocas en que viví simplemente porque necesitaba vivir. Pero ahora vivo porque soy un guerrero y porque quiero un día estar en la compañía de Aquel por quien tanto luché”.

Yo creo que la vida nos presenta en cada amanecer la nueva oportunidad para continuar la lucha sin desfallecer. Entonces adquiere sentido la tarea, a pesar de los pesares, a pesar de las circunstancias, a pesar de las personas y principalmente a pesar de nosotros mismos.

Yo creo que sí vale la pena luchar por aquello, que creemos valioso.

Ojos para ver, oídos para oír

Nuestra vida gira en forma acelerada y nosotros con ella. Sin embargo, yo creo que, dejamos pasar de largo muchas oportunidades que la vida nos presenta, porque es necesario tener ojos para verlas. Y esos ojos se entrenan, pues el proceso de ver no es tan simple como parece y de alguna forma se requiere una mirada especial para poder percibir aquellas sutiles señales que nos regala el universo.

La explicación más sencilla la tenemos cuando un par de personas, que se encuentran presenciando el mismo fenómeno, opinan sobre él. La primera podrá decir que aquello es lo peor que le ha pasado a su vida. Mientras la otra dirá, por el contrario, que es lo mejor que le puede suceder a su existencia.

Esto significa que un mismo hecho puede servir o no a nuestros propósitos. Y que depende de nuestra manera de interpretar y acomodar los fenómenos como podemos aprovechar esto que llamo señales del universo.

Cualquier evento puede ser trascendente o intrascendente según el punto de vista de quien lo mira. Lo interesante del asunto es tener la capacidad para abrir el entendimiento, para escuchar la opinión y la experiencia de otros, pues esto de alguna manera, enriquece.

Escuchar es otra de las habilidades que necesitamos desarrollar. Observe por ejemplo qué sucede en nosotros, cuando nos permitimos escuchar. Lo más difícil es guardar silencio. Porque es tanto nuestro afán de hablar, que olvidamos la presencia del otro y el potencial escondido que tiene fijar nuestra atención en lo que el otro dice y cómo lo dice.

Un buen propósito para nuestro crecimiento personal, es tener ojos para ver y oídos para oír. Y así disciplinarnos para pensar antes de hablar. Escuchar antes de hablar. Mirar, observar para luego comprender. Démonos el tiempo necesario para procesar. Ahora entiendo la importancia de la pausa para ver y oír.

La experiencia proviene de los malos juicios

Yo creo que cada cosa que nos sucede, es una excelente oportunidad para aprender. Pues hasta en medio de la adversidad se puede encontrar el tesoro de la enseñanza o la moraleja. Nada de lo que nos pasa es al azar, pues se convierte en maestro, cualquier acontecimiento, si sabemos extraer de él, los aprendizajes para la vida.

Barry Le Patner dice que: “…el buen juicio proviene de la experiencia y la experiencia proviene del mal juicio”. Dicho así sería bueno levantarle un altar a las equivocaciones. Son precisamente nuestros errores los que nos guían en el sagrado arte de vivir. Son nuestros fallos, los que nos permiten corregir el rumbo.

Con frecuencia, con mis estudiantes de la universidad, hablamos de la importancia de perder. Pues cuando se pierde, para el que está despierto, surge la pregunta ¿por qué no se dio lo que se esperaba? Entonces el buen juicio recomienda implementar los correctivos del caso para intentarlo de nuevo. Es precisamente allí,  donde se descubre, cómo la equivocación permite plantear la pregunta: ¿Qué debo corregir?

Me lo imagino como en un juego de video, donde el sistema pide hacer determinadas cosas adecuadamente, pues de lo contrario no se puede pasar al siguiente nivel. Entonces el jugador como un reto personal, busca la solución a la pregunta: ¿Qué estoy haciendo mal?

Al revisar con juicio nuestras actuaciones y pensamientos, nos damos cuenta de cómo algunos errores repercuten en el curso de los acontecimientos. Afortunadamente a veces, la vida nos regala una segunda oportunidad para recomponer lo andado.

En el camino de la vida, en la construcción de nuestro proyecto, es importante evaluar continuamente, para observar progresos y fracasos.

Una buena pregunta, es el comienzo de una buena investigación. Y el examen cuidadoso de los hechos garantiza, para quien lo quiere, la esperanza de encontrar pistas para enderezar el rumbo.

Para quien está alineado con el Universo, el campo de todas las posibilidades se abre más aún.

Entonces, que al hacer balance de este semestre, sea la esperanza y no la derrota la que impere, pues se trata de aprender de las equivocaciones, para seguir adelante.

Los apegos detienen la marcha

Yo creo que los apegos paralizan el proceso. Creo que los apegos impiden el crecimiento personal porque funcionan como anclas que nos detienen en mitad del camino. Dice el refranero popular que “más vale malo conocido que bueno por conocer”;  Sin embargo si seguimos al pie de la letra esta sentencia, veremos limitado nuestro progreso, pues precisamente en el riesgo del porvenir, está la posibilidad de encontrar nuevas y mejores oportunidades para nosotros.

Cuando nos apegamos, creemos que esta falsa seguridad, va a durar para siempre. Nada ni nadie es eterno en la vida y mucho menos aquello que consideramos seguro.

Apegarse a posesiones materiales, solo produce la ansiedad permanente por tener que vigilar, a los enemigos potenciales, de ese tesoro maravilloso.

Ahora el problema no es tanto lo material, pues existe la esperanza de que el dinero se consigue con creatividad y trabajo.  El conflicto es mayor, cuando se trata de personas cercanas a nuestro corazón. Creo que al otro hay que dejarlo ser. No lo puedo amarrar. No lo puedo obligar a permanecer a mi lado, si no es feliz.  Y mucho menos creer que sin esa persona, mi vida no tiene sentido, porque la vemos como un tanque de aire comprimido, al mejor estilo de los buzos, pues si se corta el suministro de “óxigeno”, nuestra vida se acaba.

También se dan apegos a labores económicamente remuneradas. Nos apegamos a sitios de trabajo y a sueldos que dan cierta relativa comodidad. Que por lo fijos, aunque insuficientes, se convierten en “manantiales” que creemos permanentes.

La vida se construye desde el riesgo de lo que está por venir. En el presente sembramos la semilla del mañana y en el futuro cosechamos lo plantado. Entonces a veces no es bueno apegarse a lo que “tenemos” porque nos obliga a sentir miedo del amanecer.

Al acomodarnos, limitamos las posibilidades de lo que está por llegar. Es importante hacer vacío para que lo nuevo llegue.

En definitiva los apegos innecesarios detienen la marcha y nos hacen perder la fe en las generosidades del Universo, para con nosotros.

El universo repite las lecciones, hasta que se aprenden

maestro2Yo creo que hemos olvidado el papel de nuestros padres en los primeros años de nuestra vida. Y creo además que el universo repite las lecciones hasta que se aprenden.

Con frecuencia escuchamos el comentario preocupado de nuestros allegados, cuando se quejan de cómo sus existencias, no salen del mismo círculo de circunstancias negativas. A lo mejor, es que no saben que la vida nos presenta lecciones en forma permanente, para que aprendamos de ellas. Y que cuando no se “hace la tarea” de la manera adecuada, entonces el universo vuelve y presenta el mismo exámen, esperando que lo pasemos con honores.

Algunos rebeldes sin causa, hacen caso omiso de la nueva oportunidad y entonces más adelante, aparece la misma circunstancia problematica, sin descubrir, que el secreto está en preguntarse… “¿qué me quiere decir el universo con esto que me está pasando de nuevo y en forma repetida?”.

En el comentario de hoy, quiero referirme a la importancia de agradecerle a nuestros padres lo que hicieron en los primero años de nuestra vida. Se nos olvida que tuvieron paciencia con nosotros y ahora, cuando envejecen, necesitan de nuestro amor y comprensión.  Se nos olvida que los papeles cambian y que nos corresponde, en la madurez de nuestros padres,  cuidar y valorar a quienes nos cuidaron y valoraron. Porque si no, el universo se encarga de ofrecernos las manera de aprender la lección.

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