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A desaprender llaman

  • A desaprender llaman
09 de enero de 2011
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Mi padre me contó una historia que toda la vida me ha atormentado. Una pareja de extranjeros acudió a la Clínica Santa Ana para atender el nacimiento de su primogénito. Cuando la pareja vio el crucifijo en la pared de la habitación que les asignaron, exigió que lo quitaran porque no quería que su hijo recién nacido viera esa imagen. La monjita se negó a hacerlo. El niño nació ciego. Posiblemente mi padre intentaba educarme en lo que llaman el temor de Dios, pero la verdad es que me mostró un Dios injusto, vengativo y cruel.

Muchas de las enseñanzas y valores que recibimos de buena fe y con amor por parte de nuestros padres, de nuestros educadores, de la Iglesia, con el tiempo las he ido revaluando e incluso rechazando. Ya no creo en ellas y por lo tanto no las defiendo o divulgo o impongo.

Uno de los valores que me inculcaron desde pequeño y que con el tiempo se convirtió en atrocidad es que las mujeres eran la tentación, el pecado, el demonio.

Incluso llegué a escuchar que san Luis Gonzaga nunca miró el rostro de una mujer, ni siquiera el de su propia madre. Ahora estoy convencido de que la mujer es el ser más extraordinario de la Creación, que la mujer es la poesía y el hombre la prosa de la vida.

Me enseñaron que los maricas, homosexuales, gais eran monstruos abominables.

Ahora no los condeno y trato de comprenderlos. Creo que son seres humanos dignos de respeto, como todos los demás.

Me enseñaron que el sexo era lo peor que el hombre podía tener. El sexo era diabólico y destructor, era una aberración. Ahora pienso que el sexo es un don de Dios y que está ahí, donde sabemos, para que el hombre disfrute, sea equilibrado, procree. Claro está, que por sí mismo, sin amor, no tiene sentido. Recuerdo a una tía abuela que rezaba: "Virgen antes de aquello, en aquello y después de aquello".

Un sacerdote nos dijo, cuando estábamos en la preadolescencia, que la masturbación era tan horrible que le nacían a uno pelos en las palmas de la mano si la practicaba. Recuerdo cómo nos mirábamos las manos en busca de la evidencia delatora. Era pecado mortal, todo era pecado. Ahora creemos que es algo normal que no tiene misterio.

Me enseñaron los diez mandamientos como código de vida, ahora no creo en ellos, solo creo que hay un mandamiento nuevo que es el amor a Dios, al prójimo y a sí mismo, que no son tres sino uno solo.

Me contaron con insistencia que mientras más sufriera uno en la vida más cielo ganaba. Esa contabilidad atroz y maliciosa hay que desecharla. Ahora creo que Dios nos creó para que disfrutáramos la vida. Que nuestra obligación es ser feliz y colaborar en la felicidad de los demás. Los sufrimientos, si llegan, hay que afrontarlos, no buscarlos, para que nos permitan el desarrollo y la misma felicidad.

La historia que nos enseñaron era una combinación de verdad y mentira. La conquista no fue más que el despojo y el arrasamiento de una sociedad por parte de mercaderes, piratas y malhechores. No existió la tal expansión. Fue el aniquilamiento inmisericorde de culturas milenarias. Al fin y al cabo, la historia la escriben los vencedores para que la lean los vencidos.

Esta es la época de desaprender, si queremos una vida mejor. La memoria no se hizo para recordar sino para olvidar y no enloquecer.

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