Estaba cansada después de un sábado de mucho trabajo. Se subió al bus en El Poblado y se sentó junto a un señor de tez blanca.
-Hola, ¡trabajas interna? -le preguntó el hombre, suponiendo que ella hacía parte de la prole de mujeres afrodescendientes que se ganan la vida como empleadas del servicio doméstico en ese exclusivo sector de Medellín.
-No, señor, se equivoca, trabajo por días -respondió con ironía María Edith Morales Mosquera.
Realmente, ella era la trabajadora social de la corporación La Visitación, estaba cursando una maestría en Educación y Desarrollo Humano y ha lidiado los 43 años de su vida con los prejuicios de una ciudad donde la población afrodescendiente la ve, literalmente ‘negra’ para conseguir un trabajo decente.
Aunque esa realidad pasa de agache frente a la indignación creciente por expresiones racistas desafortunadas en boca de un concejal de Bogotá o un exdiputado de Antioquia. Los racistas están saliendo de su closet de discriminación histórica y que antes era socialmente aceptada.
Falta más pedagogía
Lo cierto es que la discriminación es generalizada y en muchos ámbitos de la sociedad. Así lo reconoce Óscar Gamboa Zuñiga, director del Programa Presidencial para el Desarrollo de la Población Afrocolombiana.
“En el sector privado es muy evidente la exclusión laboral de los afro. Hemos sabido de entidades financieras donde rompen las hojas de vida cuando ven la foto de un negro. En hora buena ustedes abren este necesario debate”, señala el funcionario. Destaca que ya se castiga penalmente el racismo con condenas de hasta tres años de cárcel, pero que falta mucha más pedagogía entre mestizos y blancos y ese será tema de un foro nacional que se realizará en la semana del 13 de agosto, en Bogotá.
Un estudio sobre el tema, publicado por la Escuela Nacional Sindical, consultó a 751 afrodescendientes de Medellín, Cartagena, Cali y Buenaventura. Solo en Medellín, donde 225.000 se reconocen como afros, el 65,6 por ciento de los encuestados señaló que se sienten discriminados por el color de su piel, sobre todo, en sectores de estrato alto.
“Encontramos que en Medellín es donde más persisten las formas de discriminación, algo que no es abiertamente aceptado, pero se aprecia en imaginarios como pensar que los afro están para trabajos fuertes o la cocina. Por eso, muchos no pasan de ser obreros o empleadas domésticas y cuando logran un trabajo formal, la mayoría son auxiliares y es difícil que los promuevan, así tengan el conocimiento”, explica Guillermo Correa Montoya, subdirector de la Escuela y quien dirigió la investigación.
A eso se suman prácticas de automarginación ante la imposibilidad de una oportunidad laboral, lo que se traduce en condiciones de informalidad y precariedad. Pero también están los afro que “se blanquean”, y asumen como propias actitudes discriminatorias y “se vuelven negreros”.
Por eso, no es de extrañar la incauta postura del compañero de bus frente a Edith. Incluso habría tenido razón en que ella fue una empleada del servicio si la hubiera conocido de niña. En el barrio Popular No. 2, madrugaba antes del colegio para limpiar en casas ajenas y ayudar a su mamá a tener con qué comprar los uniformes.
Una afro hecha a pulso
Después, con lo aprendido en clase de química en el colegio, preparaba blanqueador que envasaba en tarros que conseguía en basureros para pagar su carrera de Gerontología en el Tecnológico de Antioquia.
También vendió productos de limpieza de puerta en puerta con un hermano. Se iba de correría por Turbo. Allá no se sentía extraña por el color de su piel. Volvió 8 años después, ya no a conseguir para la dormida, sino con viáticos y como profesora de cátedra de la Universidad de Antioquia. Lloraba sola en el hotel.
“Desde chiquita aprendí que por ser negra me tocaba esforzarme el doble para poder capacitarme y conseguir un empleo digno, muchas amigas desistieron y ahí están todavía como empleadas (domésticas) o en una tienda”, comenta Edith.
Ella tuvo que demostrar ante otros docentes de la Universidad de Antioquia que es por sus estudios -ahora hace un doctorado en Administración en la Universidad Eafit-, por el manejo de un segundo idioma, por su recorrido investigativo, por los premios que ha ganado y por una experiencia laboral, que tiene los méritos suficientes para ser profesora vinculada al programa de Trabajo Social, y no por ser, como llegó a decirlo alguien de la academia, la cuota étnica de la facultad.
Por eso, Edith ya no calla o ríe con resignación ante comentarios desobligantes anclados a refranes racistas.
Hace poco le ocurrió en la sala de profesores donde tiene su puesto de trabajo.
-Hola, ¿cómo vas? -saludó Edith con simpatía natural.
-Bien, aquí trabajando como negra -respondió su colega.
-Un momentico, aquí los negros también trabajamos como blancos y me pagan lo mismo -comentó Edith que despues de años de discriminación está convencida de que solo con pedagogía, el racismo saldrá del mundo del trabajo.
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