Aprender de los erroresPor
Víctor León Zuluaga Salazar
Varios lectores han expresado sus comentarios sobre la columna del lunes anterior. Algunos señalaron los errores de una frase destacada al inicio del reportaje, Norella baja el telón, referente al retiro de Norella Marín Vieco de la dirección del Teatro Pablo Tobón Uribe. La frase publicada en la edición del domingo 2 de diciembre decía: "Novela Marín Viejo dice adiós al Teatro Pablo Tocón Uribe". En tanto que correctamente debería decir: Norella Marín Vieco dice adiós al Teatro Pablo Tobón Uribe.
En el Tema del Día de la edición del martes 4 de diciembre también se publicó otro error tan lamentable como notorio.
El lector Federico Díaz González envió el siguientes mensaje: "Veinticuatro horas después de su excelente artículo titulado "Los errores restan credibilidad y suman molestias", encuentro en la página 3a de EL COLOMBIANO (4/12/07), repetida 5 veces, la cacografía "intensiones". ¡Qué vergüenza, Señor Defensor, que EL COLOMBIANO publique errores como de un estudiante de primero de primaria! Como usted acertadamente escribe: "Quizás es necesario establecer algún mecanismo válido como el que usan otras organizaciones para ejercer un control de calidad?".
Los errores de los periodistas salen publicados, son visibles. Esta visibilidad, con la ayuda de los lectores críticos, permitirá aprender de ellos para no repetirlos y para crear una metodología que garantice un periodismo de calidad y evitar la pérdida de credibilidad y las molestias de los lectores.
Arsenio Escolar, en sus Letras de cambio explica que "la mayoría de las erratas que se enseñorean de las páginas de nuestros diarios y revistas me temo que son por clamoroso desconocimiento del periodista que las dejó sueltas. Son fruto de un error de cabeza, de una impericia intelectual. Las nuevas hornadas de periodistas vienen con un bagaje de lengua más bien escaso. Creo que por dos razones. Primera: han leído mucho menos que las generaciones anteriores, son de cultura audiovisual, no libresca; de ordenador, no de papel. Y segunda: a la lengua apenas se le dedica tiempo en los planes de estudio de Periodismo, donde les forman en casi todo menos en el uso de la principal herramienta del oficio".
Calos Alberto Giraldo Monsalve, el coordinador de Estilo de EL COLOMBIANO señaló en febrero de 2007: "El aseo empieza por casa. Eso quiere decir que el primer responsable de la calidad idiomática de los textos es el redactor. El error tiene un origen y, por supuesto, en este caso es evidente. Lea bien, relea, repase, recomponga. Haga una primera y juiciosa corrección. Emplee su corrector electrónico de textos, pero no se fíe ciegamente del mismo porque a veces, en vez de corregir, agrega errores debido a que está programado sin ninguna flexibilidad. Ese corrector no "entiende" el contexto en que usted escribe e incorpora términos, categorías, palabras. Úselo, pero no se relaje".
Luis Fernando Ospina, Editor Jefe de Información de EL COLOMBIANO, en un llamado de atención a la redacción escribió esta semana que "La política de cero errores no es un invento de los editores jefes, sino una responsabilidad con la profesión y con los lectores, que ahora más que nunca, y enhorabuena, quieren ser más partícipes de nuestro trabajo. La política de cero errores es un indicador de gestión y de eficiencia que vamos a tener en cuenta en la evaluación del desempeño dentro de la sala de redacción".
Aprender de los errores es uno de los caminos para mejorar la calidad periodística. El duende y el diablillo de la redacción no existen. No pueden ser disculpa para justificar equivocaciones o descuidos. Es preciso aceptar que estos errores empañan la ventana por la que los lectores perciben la realidad de los hechos. Y lo peor, dejan la sensación de entregar un texto en obra negra.
Es válido insistir en que la fe de errores se haga diariamente para que la redacción avance en las correcciones idiomáticas. Y además, que se publique cuando las equivocaciones sean tan graves que el autor y el periódico quedan en deuda con sus lectores.
Hoy disponemos de decenas de diccionarios a un solo clic. Lo peor es ignorar los errores y no hacer el mínimo esfuerzo para corregirlos.
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