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Crisis de los emigrantes se palpa en Donmatías

30 de mayo de 2009
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Los muros de tapia, las casas con techo de zinc, los ventanales altos y viejos son cosa del pasado en el corregimiento Bellavista, del municipio de Donmatías. El adobe fino, las puertas metálicas lujosas, los antejardines con hierro forjado, las antenas satelitales de televisión internacional son lo común en las casas del poblado, ubicado al Norte de Antioquia.

Tanta prosperidad no se ve solo en las fachadas. Adentro, las baldosas, los muebles, las cocinas, los baños, las habitaciones dejan ver que hay recursos para que Bellavista tenga uno de los mejores estándares de calidad de vida.

¿De dónde salió el dinero para que la subienda económica alcanzara a irrigar todos (o acasi todos) los rincones del corregimiento? De los dólares, de los verdes del Norte, que bajo la forma de remesas comenzaron a llegar desde hace 20 años, cuando la fiebre de la migración a Estados Unidos se regó por Donmatías, y por consiguiente, alcanzó a Bellavista.

Y es que si no fuera por el dinero de Estados Unidos, el pueblo, con algo más de 300 habitantes en el casco urbano, no hubiera progresado.

Así lo afirma Nazareth Mejía, una sencilla mujer que vive sola con su mamá porque su esposo y sus dos hijos emigraron a Boston, en busca de mejores ingresos, así eso significara desbaratar el tronco familiar.La crisis llegó
Pero el grifo ya empezó a secarse. La crisis económica de Estados Unidos está haciendo de las suyas y las remesas son cada vez menos.

Hace 12 años que Amada Cadavid, ama de casa de Buenavista, empezó a recibir divisas de Norteamérica. Amalia fue la primera que se aventuró a irse. Luego, en fila, así como nacieron, sus otros seis hijos le siguieron el paso. Y a medida que se marchaban, Amada y su esposo recibían más plata. Con ella remodelaron la casa que hoy es una vivienda moderna, con cocina integral, baños nuevos y con comodidades que difícilmente se pueden ver en una casa rural.

Relata que de unos ocho meses para acá sus hijos fueron perdiendo turnos de trabajo en los restaurantes donde se parten la espalda a diario. El giro mensual fue mucho menor "porque ya están es como sobreviviendo" y hubo que apretarse el cinturón.

Nazareth Mejía es otra de las afectadas por la recesión norteamericana. Su esposo Alberto, sus hijos Marco Tulio y Mariana, se marcharon, así como dos de sus hermanos. Tiene la ilusión de volver a reunirse con ellos, pero no se atreve a ir a la Embajada porque a lo mejor le vuelven a negar la visa, como le ha pasado a la mayoría de habitantes de Bellavista.

Las remesas rebajaron a la mitad y Nazareth cuenta que en época de vacas flacas lo mejor es ahorrar, a la espera de que las condiciones económicas cambien. "Cosa que parece lejana. Pero, por ahora, hay que agradecer a Estados Unidos todo lo que nos ha dado. Es que si no fuera por la plata de allá este pueblo seguiría siendo pobre", dice.

Y es verdad, no es pobre, pero sí muy solo, asegura María Gómez Cadavid, inspectora municipal, porque la fiebre migratoria hizo que muchos jóvenes se endeudaran para ir a un Norte que aunque no es tan rico y no tiene tantas oportunidades como antes, sigue siendo atractivo.

Sebastián tiene 20 años y su plan de vida se basa en la posibilidad de irse a trabajar a Estados Unidos. Hace dos meses que su hermano se fue y ya está mandando plata.

Eso lo tiene motivado: que en poco tiempo se puede ganar dinero. Sin embargo, como casi todos los que un día le dijeron adiós al poblado que se yergue sobre la cima de una cordillera, tendrá que conseguir entre 30 y 35 millones de pesos para que pueda estar en el país de sus sueños.

En Bellavista ya no les da miedo que los huracanes lleguen porque las bases de las casas están fuertes y aguantan cualquier vendaval.

La única amenaza que se cierne ahora sobre el pueblo es que el huracán de la crisis económica de Estados Unidos acabe con la prosperidad que ganaron, gracias a las remesas. El flujo de dinero sigue llegando, menos, pero llega. Y mientras eso continúe, dice Amada, la gente estará tranquila. Así esas comodidades no las puedan disfrutar los que un día se fueron.

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