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Como un grano de mostaza

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02 de octubre de 2010
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Vigésimo séptimo domingo ordinario

"El Señor contestó: Si tuvierais fe como un granito de mostaza diríais a esta morera: "Arráncate y plántate en el mar" y os obedecería". San Lucas, cap. 17.

Medir la fe por granos de mostaza es tan extraño como tasar en millas la paciencia, o en metros la humildad. Pero dice el Señor que, si tenemos fe, podremos cambiar las cosas de este mundo: ordenarle a una morera, o a un monte, que se traslade al mar.

Se cuenta que san Gregorio Taumaturgo tuvo la ocurrencia de correr, con su bastón de peregrino, una colina que estorbaba la construcción de un templo. Pero nuestra fe no se arriesga a semejantes aventuras. ¿Será más pequeña que un grano de mostaza?

¿Qué es la fe? Hemos oído muchas definiciones. Escojamos una, simple y elemental, para nuestra reflexión: "Fe es contar con Dios en nuestra vida". Una pareja regresa al hogar, después del nacimiento del primogénito. Todo es igual en derredor, pero a la vez todo comienza a ser distinto. Hay una presencia que invade desde la mente y el corazón de los padres, hasta los más remotos rincones de la casa. Ellos dos han empezado a contar con el hijo.

Llega desde lejos un amigo a visitarnos. Por él reorganizamos nuestros quehaceres y reformamos nuestro horario. Nos esforzamos en compartir con él, en atenderlo. Contamos con él en nuestra vida.

Así es la fe. No consiste en adherirnos fríamente a una serie de conceptos teológicos. Tampoco es la fe un sentido de la ley, que trata de orientar nuestra conducta. Ni menos aún la práctica de un conjunto de ritos.

La fe tiene ante todo un elemento indispensable: el amor. Como ciertos medicamentos que contienen un estimulante. De lo contrario dañarían el organismo.

Nuestra fe es con frecuencia un ensayo incipiente. No alcanzamos todavía a "contar con Dios" y esto a veces nos desalienta.

Salimos de viaje a la madrugada, aramos la tierra, alzamos los brazos al cielo, aprendemos a soñar y a sufrir, inventamos fetiches de uso personal, escrutamos el firmamento, gritamos en la noche. Pero sólo podemos contar con Dios cuando Él se revela a nuestro asombro. Pudo ser un día en que triunfamos. Comprendimos que tantos dones sólo podrían ser obra de sus manos. O nos llegó su amor a través de un amigo, por la presencia amorosa del cónyuge o del hijo.

O tal vez el golpe de una pena nos apartó las vendas de los ojos. Entonces despertamos a un mundo maravilloso y nuevo. Comprendimos que Él estaba cerca hacía ya tiempo y nos levantamos de nuestra sombra para estrecharlo en una alianza perdurable. Vimos con inmensa sorpresa que Dios tenía rostro de hombre, porque había nacido de una mujer, Santa María la Virgen.

Reorganizamos nuestros quehaceres para contar con Él y modificamos nuestro horario en beneficio de nuestros hermanos.

¿Será nuestra fe mayor que un grano de mostaza? ¿Quién lo sabrá? Pesarla en la balanza es tarea del Señor. De Él nos dice el libro de Job que conoce el peso de los vientos y sabe a perfección cuánto miden las aguas del abismo.

(Publicado el 5 de octubre de 1980)

*www.tejasarriba.org

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