Tras dos días de tregua, decenas de miles de personas de toda edad y condición volvieron a ocupar ayer la Plaza Tahrir, epicentro y emblema de la Revolución Egipcia, para pedir la dimisión de la Junta Militar que administra el país tras la caída de Hosni Mubarak.
La distensión permitió a la plaza recuperar su cara más lúdica, y el olor a palomitas sustituyó a la de gases lacrimógenos. Sin embargo, con ambas partes enrocadas en sus posiciones, más que una solución pronta a la crisis, en el horizonte se atisba un largo pulso entre la cúpula militar y los jóvenes revolucionarios.
"¡Que caiga, que caiga el gobierno militar!", coreaban ayer las masas en una de las concentraciones más multitudinarias desde que se iniciara la segunda ola revolucionaria hace exactamente una semana.
De nada sirvieron los gestos de distensión realizados por el Ejército durante los últimos días, pues los activistas no perdonan la brutalidad utilizada para reprimir unas protestas que se han saldado ya con por lo menos 38 muertos y 2.500 heridos.
El pasado martes, el mariscal Hussein Tantawi, presidente de la Junta, se comprometió a través de un mensaje televisado a la nación a entregar el poder a un gobierno civil antes del próximo mes de julio, tras la celebración de las elecciones presidenciales. Era la primera vez que los militares fijaban un calendario claro para su retirada. El jueves, en un gesto poco habitual, el ejército pidió "excusas" por las víctimas de la represión, y admitió errores en la gestión de la crisis.
A pesar de usar un tono más conciliador, la Junta no abandonó del todo su actitud desafiante. En una rueda de prensa, el general Mohamed Mojtar advirtió que la Junta Militar no "entregaría el poder porque una multitud cante eslóganes", y negó legitimidad a los manifestantes que abarrotan el centro del Cairo.
"Egipto no es Tahrir, ni la calle Mohamed Mahmoud", espetó, haciendo referencia a la calle que conecta Tahrir con el Ministerio del Interior, convertido en el frente de batalla de la segunda pulsión revolucionaria.
"El argumento de que somos una minoría ruidosa que no representa el sentir del pueblo egipcio está sacada del manual político de Mubarak. Cada uno de nosotros tiene una familia detrás que nos apoya. Somos muchos más", sostiene Mohamed, un joven que aún cojea por Tahrir a causa de las heridas provocadas por las balas de goma. Además, el joven argumenta que no está claro que quienes se limitan a ver los enfrentamientos por la televisión, "los del partido del sofá", apoyen a la cúpula militar.
Además de deslegitimar a los manifestantes, la estrategia de la Junta Militar para superar la crisis pasa por utilizar la celebración de las elecciones legislativas como prueba ante la sociedad egipcia y la comunidad internacional de su compromiso con la democratización del país. Los comicios deben iniciarse el próximo lunes, y se prolongarán durante varias semanas, ya que están compuestos de varias rondas, cada una en una zona geográfica distinta.
Divisiones pre-electorales
Al igual que sucedió en la Revolución del 25 de enero, los partidos políticos andan a remolque de los jóvenes revolucionarios, y no han sido capaces de asumir la iniciativa en este conflicto.
En parte, la razón es que las divisiones y recelos entre las fuerzas laicas e islamistas son muy grandes, lo que impide que puedan constituir plataformas comunes y hablar con una sola voz ante el pueblo egipcio y los militares.
Por ejemplo, a falta de sólo 48 horas de los comicios, las primeras elecciones libres de la historia del país, algunos partidos laicos aún debatían su boicot, argumentando que el clima no era propicio a causa de la falta de seguridad.
En cambio, los islamistas de los Hermanos Musulmanes apostaban por mantener el calendario de los comicios, pues están convencidos de obtener una gran victoria.
A diferencia de la mayoría de partidos laicos, creados tan sólo unos meses atrás, los Hermanos cuentan con una larga historia y una poderosa organización, por lo que no necesitan presentarse ante la sociedad en una campaña electoral.
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