Jorge Videla, el dictador argentino que murió ayer, encarnaba el lado más oscuro del poder sin alma.
Cumplía una condena a cadena perpetua, como perpetua será la recordación de su macabra carrera militar y el exterminio colectivo en que convirtió su tránsito por el poder en Argentina. Sus 87 años fueron parte de una historia que los argentinos se resisten a pasar y, por el contrario, mantienen viva, porque los desaparecidos durante la dictadura militar, entre 1976 y 1983, sí tienen alma, la de sus familias que los siguen buscando. Los registros de los desaparecidos durante el período de la infamia estiman en poco más de 30 mil las víctimas, pero Videla había confesado, con desparpajo y sevicia, que él conoció de 7.000 u 8.000 desapariciones de enemigos.
Con Videla murió parte de la verdad para los argentinos, pero su barbarie no quedará sepultada en el olvido.
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