Alguien hace poco me estregó en la cara algunas verdades irrefutables: que soy cantaletosa, que soy negativa y que siempre veo el vaso medio vacío. Sí. Pero no. No siempre. Y además tengo razones para cuando sí.
Si cantaletosa equivale a ser reiterativa y persistente, lo soy. El negativismo me llegó en los genes y en lo de ver el vaso medio vacío simplemente hago eco de las palabras de Benedetti, el bueno, o sea el poeta: "Un pesimista es solo un optimista bien informado".
Nos resulta imposible llegar a un consenso en torno a la paz y damos por hecho que ella, tan manoseada que hasta apellido le han puesto, (dizque es "de Santos"), se reduce a unas negociaciones de quién sabe qué con sí sabemos quiénes en La Habana.
Una palabra tan bella como "paz" confluye siempre en una guerra verbal entre los poseedores de muchos pergaminos académicos, cuyo juicio crítico es tan apasionado que muy a menudo califican al grueso de sus congéneres como enajenados mentales, (brutos, en lenguaje común), y hasta de delincuentes porque prefieren seguir a un líder que aquellos califican de "señor de la guerra", por decir lo menos, pero a los santos de su devoción, a cuyos altares muchos entraron quedando, no hay por qué resaltarles sus defectos, si es que aceptan que los tienen.
Y entre tanto en nuestras calles, en nuestros barrios y en nuestros colegios, pasamos de largo frente a nuestras guerras cotidianas, como si no existieran. De lo más normal que descuarticen a un fiscal y lo arrojen a un matorral en tres maletas; que a un hincha de un equipo de fútbol lo maten los de un equipo contrario y los copartidarios celebren en Facebook como quien ovaciona la quebrada de la piñata en una fiesta o que a un adolescente lo degüellen por no ingresar a un combo delincuencial.
El nuestro será un país inviable mientras los papás nos sigamos equivocando tan estruendosamente en la crianza de los hijos. Esta incapacidad de formar en valores, de dar abrazos o de propinar castigos en proporciones justas ha hecho de la nuestra una sociedad envilecida por el dinero y la belleza. Por eso hay niñas de seis años que ya tienen rayitos en el pelo y quinceañeras que piden de regalo un blanqueamiento anal. Sí, leyeron bien, anal. ¿Y eso para qué? Yo tampoco sé, aunque lo sospecho. Y hay papás que no solo la acolitan, sino que aplauden la osadía de sus hijas. Pequeñas guerras que hay que ganar como sea para satisfacer antojos de temporada.
No voy a cometer la ligereza de meterlos a todos en el mismo costal, así que lo de chantarse el guante lo dejo a discreción de cada quien, pero muchos jóvenes de estas generaciones no creen en nada, viven al día, abusan de la droga, de la violencia y del desparpajo. Y no atienden normas, en parte porque seguramente les cuesta creer que puedan sobrevivir en un medio tan hostil donde la educación es costosa, no hay empleo, la atención en salud es difícil, la justicia está parada en dos adivinanzas y el consumismo aprieta. Pero en cambio hay bacrimes, catálogos de prepagos y otras oportunidades de generar buenos ingresos sin mucho trámite ni tiempo de por medio.
Entonces, ¿de cuál paz estamos hablando? ¿De la "de Santos" o de la que construimos entre todos? Arreglemos la casa para que podamos arreglar el país.
Pico y Placa Medellín
viernes
2 y 8
2 y 8