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EDUCAR A LOS JÓVENES

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12 de septiembre de 2014
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De la historia de Sergio Urrego, el chico que se arrojó al vacío en Bogotá, me conmueve todo, pero en particular y como docente que fui, me asombra la posición de quien está llamado a ser uno de sus "orientadores".

Resulta aberrante pensar en decomisar un celular, hacerlo desbloquear, revisar su contenido e incriminar a quienes en un acto de intimidad son fotografiados.

Si el docente fuese un guía debería haber dialogado con sus dos alumnos más brillantes acerca de una conducta que para la institución resultaba incómoda, hacer de juez fue la salida fácil.

Sergio, a juzgar por lo leído, era brillante y poseía una sensibilidad particular, inteligente, anarquista y libre pensador, fue confrontado con las armas que él desconocía… la irracionalidad y la insensatez, la mojigatería y la falsa moral; sus argumentos eran sus principios y su ética, y al ser violentados lo indujeron a su sacrificio.

La institución que se proclama católica, carece de los valores que un buen cristiano debería practicar y el docente que ha debido acompañar y discutir desde la razón y la inteligencia para generar caminos de entendimiento y convivencia, asumió el papel del que sólo juzga y señala porque posee el poder.

Qué fácil resulta resolver los conflictos sin enfrentarse a ellos, qué fácil resultó para el colegio deshacerse de su alumno alegando que era un acosador y exigiendo certificados psicológicos, cuando quienes los requieren son el profesor y la rectora.

Los dueños del país cacarean sobre la importancia de ponerse en los zapatos del otro y nos invitan a decir que somos capaces, pero cuánta incapacidad hay en la actitud de evadir la confrontación con el adolescente. Lo evitaron, porque sabían que al enfrentarlo sus argumentos serían más contundentes que los vicios y los dogmas de la institución.

Como profesor que fui siento vergüenza y rabia de pensar que alguien así es uno de mis colegas, la docencia me enseñó, cada uno de mis estudiantes ayudó a formar en mí una visión particular del mundo, que procuro se amplíe día a día. Una noche llegué a dictar clase y descubrí que ya no conectaba con ellos como solía hacerlo y que mi discurso parecía no seducirlos o quizás les resultaba ya anacrónico, preferí decir adiós e irme antes que herirlos o humillarlos o antes de pensar que desde el poder que otorga la calificación podía asumir que la razón era mía, a veces es mejor partir, duele menos y enseña más.

Educar a los jóvenes plantea desafíos, solo se ama lo que se admira o respeta, el profesor debe ganarse esa condición y ese chico no encontró en su institución un guía al que admirar o un interlocutor para el diálogo. Educar es formar y no solo informar y en eso las instituciones del país han hecho muy mal la tarea.

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