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El aire se hace rogar

13 de diciembre de 2009
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A los Cartagena Correa los echaron de Betulia los guerrilleros y la fibrosis quística.

Los guerrilleros, porque secuestraron y mataron al abuelo Jesús María y después de eso pesó una amenaza sobre ellos que los hizo salir con lo que tenían puesto, cañada abajo hasta el camino que de la vereda Aguamala lleva al pueblo, al cual llegaron en cuatro horas en una volqueta que la Alcaldía dispuso para sacarlos de la zona. Atrás quedaron los sembrados de café, maíz y fríjol, así como las gallinas y los perros.

Y la fibrosis, porque esta enfermedad pulmonar de carácter hereditario que recae en una de cada 2.000 personas se ensañó con ellos y también los amenazó de muerte. Primero tomó a la hija mayor, Paulina, quien efectivamente murió de seis años -"hoy tuviera 12"; después, a Freimar, el menor, y desde 2007, a la sobrina Gisel, recibida en adopción, quien ahora tiene la edad a la que falleció Paulina.

No decimos que los desterró la fibrosis porque alguien no pueda sufrir cualquier enfermedad en una vereda de Betulia, sino porque la atención médica de ésta debe ser constante y compleja, y la droga, costosa y difícil de conseguir. Así, ellos decidieron radicarse en Medellín.

"Quedémonos en la ciudad, mijo, que aquí podemos tener más recursos para el niño", le dijo entonces Gloria a Wilson, los padres del chico, hace cuatro años, cuando todavía no habían adoptado a Gisel. Y se quedaron en Enciso.

Y qué tal si no se quedan: Salud Vida, la empresa prestadora de salud en la que está afiliado, antes cumplida con los fármacos, viene fallando desde hace más de un año y no los entrega si antes no han interpuesto en su contra una o dos tutelas. "En este momento le pusimos un desacato por incumplimiento desde hace más de un mes y nada que me los entregan. Me tienen como un títere, de acá para allá. Me voy caminando al menos una vez por semana desde la casa hasta la farmacia para no gastar lo que no tengo en pasajes, y siempre me contestan que la droga no ha llegado de Bogotá", dice Wilson, quien sufre porque hace más de cinco meses está sin trabajo, rebuscándose apenas con precarias labores de un día. Consciente de que jamás tendría plata para costear el tratamiento de Freimar, que vale una millonada, sin contar que cuando él padece una crisis por falta de los medicamentos, es decir, cuando no puede respirar, tienen que suministrarle uno que cuesta 12 millones de pesos... u hospitalizarlo.

Es como si en la casa todos padecieran la enfermedad. Acosado por la excesiva y espesa producción de flema en sus pulmones que los estrecha para recibir el aire, Freimar tiende a estar desnutrido porque esa flema termina por invadir y tapar conductos del páncreas, el estómago, el hígado y los intestinos. Así que, aunque coma, los nutrientes no llegan en cantidad adecuada a todas partes del organismo. "Y para colmo, él no come", reniega su madre. "Es que no me da hambre", replica él sin quitarse la máscara de oxígeno con que hace terapias respiratorias.

Freimar tiene ocho años. Sus ojos vivaces anuncian que es un chico despabilado y listo. Acaba de cursar primero en el colegio Beato Domingo Iturrate, al cual camina menos de 200 pasos desde su casa. Muy ocupado en respirar, toser y vomitar, Freimar viene repitiendo hace días que no quiere estudiar en 2010.

Por su parte, su papá sueña con el regreso a su tierra, aunque sea casi imposible. En cuanto al ataque del otro verdugo, la guerrilla, sabe que la casa donde, sin ser ricos poco les faltaba, está destruida. Algo hará para tratar de recuperar, como se dice, del ahogado el sombrero.

2. Entre el dolor y la gloria
Cuando los días son malos, ella siente uno por uno todos los órganos de su cuerpo cuando va de parrillera en la moto de su amigo Efraín hacia el trabajo. Cuando regresa, ya el aire no entra en sus pulmones y no es capaz de subir las escalas hasta el segundo piso de su casa, de modo que su esposo, Juan Esteban, tiene que subirla cargada.

Ella se llama Gloria Estela Valencia y tiene 30 años. No, 29 todavía, aclara. Cumplirá 30 el 20 de diciembre y, claro, eso aún no es. Esa edad todavía sonriente, causa en ella sensaciones encontradas. La vanidad le hace decir que son muchos años y querer decir que tiene unos cuantos menos. Su enfermedad, la fibrosis quística, le hace sentir orgullo de haber llegado a esa cresta en el tiempo, haber superado tantas crisis de salud, sabiendo que los pacientes no abrigan esperanzas de longevidad.

"A uno siempre le da susto. Primero decían que viviría hasta los 23; cuando llegué a los 23, que a los 30, y ahora que voy a cumplirlos, dicen que tal vez hasta los 40 -cuenta la hija del ex policía Conrado, oriundo de Versalles, Valle del Cauca, y de María Lucila, de El Carmen de Atrato, primos hermanos entre sí y enamorados en esta tierra chocoana de habitantes blancos-. Últimamente me he dado cuenta de pacientes europeos que mueren de 60 ó 70 años, claro, sin que les falten los medicamentos, y eso le da a uno un poco de tranquilidad".

Esta profesora de preescolar está radicada en Salgar. Agradece a Dios que la trasladaron hace año y medio para este pueblo caliente. Antes, ejercía en Toledo, un "páramo" en el que vivía atormentada con los síntomas de esa afección respiratoria.

Sin embargo, no puede haber en clase un niño que medio estornude su gripa porque ella, inexorablemente, contrae una neumonía que la aleja del aula un mes.

Es paradójico, comenta: esa actividad que la llena de ganas de vivir, la docencia, es la misma que le va quitando la vida.

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