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El profe Montoya respira vida

18 de noviembre de 2009
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Es feliz comiendo fríjoles los viernes, así sea en pequeñas porciones. El ambiente de su finca es acogedor, como las personas que hacen el día a día a su lado y que le permiten alimentar un deseo increíble de vivir. Y así no disponga de su pulmón izquierdo, respira vida.

Bien temprano, a eso de las 6:30 de cada mañana, comienzan los ajetreados días del profesor Luis Fernando Montoya que solo vienen a terminar rayando las 10:30 de la noche, abrazado por el frío en su casa del municipio de Caldas, donde el calor lo suben el cariño de sus seres más queridos, su esposa y su hijo.

En el mejor entrenador de América de 2004 brota energía. Se nota en cada acción, en cada intento por recuperarse, en una lucha que inició hace cinco años, cuando perdió la movilidad de sus extremidades a causa de un atentado. De no ser por la cuadriplejia esas adversidades no se notarían.

Su agenda es tan apretada que, asegura, el tiempo no le alcanza ni para hacer la siesta al mediodía, pues su existencia transcurre entre múltiples terapias, programación de clases -martes y jueves-, análisis de partidos y observación de programas deportivos por la televisión. "Soy una persona normal así no me pueda mover, pues me baño a las 6:30 de la mañana, soy feliz comiendo fríjoles los viernes, aunque mis porciones son muy pequeñas, y analizo el país a través de los noticieros como cualquier colombiano", dice mientras le realizan una reflexología que estimula los distintos puntos de reflejo de su organismo.

Las mañanas del profe se van bien rápido, ya que entre el baño y la 1:00 de la tarde las terapias respiratorias no dan margen de nada más. Son tres al día y eso lo tiene feliz porque ya no depende las 24 horas del ventilador mecánico y del marcapasos. Luego llega el turno con una fonoaudióloga y más reflexología.

En cada esfuerzo se le nota esa energía que, por su constancia, se valió el calificativo de Campeón de la Vida.

Las cargas son más intensas en las tardes, en las que no faltan las frutas, el yogur y las distintas medicinas.

Después del almuerzo viene la terapia física con trabajos en las extremidades. "Es duro y a veces me mareo, pero me ha servido para medio mover hombros, sentir sensaciones en el empeine del pie izquierdo y empezar a mandarle órdenes a los dedos", dice aún agitado.

Gracias a los ejercicios que adelanta la fisioterapeuta Andrea Areiza, en la cama y la bañera, y que incluyen trabajos en colchoneta, movimientos en una silla y soporte de "biperestación", Montoya volvió a pararse, sujetado por correas y férulas, después de cinco años de inmovilidad.

Y ya cuando el sol empieza a esconderse en las montañas que se aprecian a través de las ventanas, aparece la terapia respiratoria que, según el profe, "es la encargada de darme vida, porque respiro de mi cuenta, puedo comerme una arepa con cuajada antes de acostarme, a eso de las 10:00 de la noche, ilusionado con el otro día para continuar luchando por mi recuperación".

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