No sabe Shakira dónde se ha metido. Viéndola penar como una Magdalena en Semana Santa el otro día en Valencia, durante los 120 minutos de la Final de Copa que ganó mi Real Madrid del alma, bien haría en tomarse un cóctel de tila y valium ante lo que se le viene encima.
Que conste ante todo que comprendo su sorprendente fervor culé (dícese así de los hinchas del Fútbol Club Barcelona, por aquello de que hace un siglo su cancha no era más que unos muros donde los seguidores aposentaban sus reales posaderas, con lo que los viandantes a su paso sólo veían hileras de culos; en catalán, "cul").
No es para menos, ya que al fin y al cabo su segundo apellido, Ripoll, es originario de Cataluña.
Eso sin olvidar su idilio con Gerard Piqué, central del Barça y de la selección española. Dos razones de peso para que haya relegado su amor por Madrid para entregarse en cuerpo y alma a los colores azulgrana. No se lo tengo en cuenta.
Primero, porque es una excelente artista. Segundo, porque le tengo aprecio a Piqué pese a la rivalidad: buen jugador, noble dentro del terreno de juego y algo menos fuera del mismo, comprensible teniendo en cuenta la juventud del mozo. Su noviazgo, relación o lo que sea es la sensación de las revistas del cotilleo a uno y otro lado del Atlántico.
Ellos no se esconden y dan rienda suelta a su pasión en cualquier parte. Que eso de encerrar el amor en islas de oro y diamantes es una horterada.
El pasado sábado, sin ir más lejos, Shakira se comía sin pudor alguno a su chico en el palco del Camp Nou ante la atónita mirada de los hinchas, más preocupados de los arrumacos de la pareja que del juego de su equipo; bastante pobre, por cierto.
Ambos sufrieron de lo lindo en el triunfo dos a cero contra el modesto Osasuna de Pamplona. Ha bastado una simple derrota contra el Madrid para que las dudas y todos los demonios blaugranas (otro de los sobrenombres del nuevo equipo de Shakira) se hayan despertado. Así es y ha sido históricamente el Barça. Capaces de bordar el fútbol y de hacerse el harakiri por un estigma que entremezcla a partes iguales prudencia e inseguridad.
Nada que ver con el Real Madrid, tan convencido de su impronta aún en los peores momentos que hasta puede parecer hiriente por chulesco. A días del partido en Barcelona, durante la primera vuelta de La Liga, no había un solo madridista que no apostara por la victoria de su equipo. Nos metieron una manita que aún escuece, pero menos tras el triunfo copero. Ahora, las tornas se han dado la vuelta y a los culés les asaltan las dudas cuando hace un par de semanas se veían tan superiores como para dedicarse a reprobar el fútbol cicatero (según ellos) del Madrid de Mouriño. Están acongojados, sin motivo alguno.
Por el contrario, los vikingos (como se conoce también a los merengues) vislumbran ya el fin de dos años de hegemonía culé y el regreso a la histórica "dictadura" blanca.
Pues bien, como dice el refrán, ni tanto ni tan calvo. El Barça aún juega de maravilla y el Madrid no anda tan fino como su forma física aparenta. Las espadas están en todo lo alto y la igualdad es máxima. Mañana tendrá lugar el primer asalto en Champions del duelo de ida y vuelta que paralizará el mundo.
Honor y gloria a los hermanos merengues de toda Colombia. Y que vaya preparándose Shakira.
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