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En Chile, la fiesta fue compartida por ingenieros colombianos y brasileños

04 de julio de 2014
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Después del pitazo final, las ganas de escribir este texto se me esfumaban. Pero luego de las intervenciones de James Rodríguez y José Pekerman, sentí la obligación de hacerlo.

En un año tan cargado de odio y violencia lírica por parte de la política, los pedalazos de nuestros ciclistas, los saltos de los atletas, acelerones de automovilistas y patadas (contra el balón o en pasos de salsa) de la selección hicieron que un pueblo entero soñara y se abrazara como hermanos.

Desde Chile nos despertamos todos los colombianos con la amarilla en el alma. Trabajando con todo para lograr llegar a una cita con un país entero a las 4:00 de la tarde.

Intercambiábamos charlas con los compañeros brasileños y nos tomábamos fotos con ellos olvidándonos de las paredes de la oficina, transportándonos a Fortaleza casi sintiéndonos en la entrada del Castelao.

Llegada la hora, en taxi, metro, caminando, o en cualquier medio necesario, cada colombiano en Santiago de Chile tomó su posición para los 90 minutos más esperados del año. Muchos, tras las carreras del último momento, nos concentramos en una discoteca llamada Massatto en la que todos estábamos vestidos de Selección, como sucedió en cada punto de la capital chilena donde se evidenció la nutrida presencia colombiana.

Las primeras notas del himno salían como truenos de las gargantas impulsadas por los corazones caribeños que casi explotaban en el invierno inclemente de Chile.

Podría contar cómo se vivió el minuto a minuto, pero luego de un partido como estos, solo hay una forma de revivir cada momento: en la memoria. Brasil-Colombia en el Mundial de fútbol-2014 es una nueva historia de transmisión oral, es una leyenda en la que solo un equipo pudo salir de la cancha con la cabeza en alto.

Únicamente un equipo hoy puede decir que la entregó toda, fue aguerrido y honesto. Solo un equipo de los dos fue ejemplo para un aporreado país. Solo uno de ellos es digno de hacer levantar a una afición afligida para ser aplaudido y homenajeado.

Es por eso que tomé fuerzas para escribir esto, para homenajear a aquellos que nos enseñan hoy a hacer patria, a entregarla toda y dejar un fuerte sabor de café en cualquier parte del mundo, incluso opacando el de caipirinha en Brasil.

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