Yo no conozco a Colombia sin violencia. Nací en 1945 y ya vivíamos una época convulsiva de la lucha entre partidos.
De mi niñez tengo recuerdos de "Sangrenegra", de "los pájaros", de "los chusmeros", de los "bandoleros".
Supe del "corte de repollo", del "corte de corbata", de cómo les sacaban a las madres gestantes sus fetos y las rellenaban de piedras.
Aparecieron después las guerrillas. Las de todos los motes pero igual de ilusos y sanguinarios.
Sembraron el país de cruces, de secuestrados, de asesinados, de huérfanos, de pueblos destruidos y de infraestructura bombardeada.
También me tocó la época "marimbera" y sus secuelas de extorsiones y muertos.
Luego vino el terrible fenómeno del narcotráfico que con sus delitos, sus riquezas fáciles, sus compras de conciencias, sus sobornos, sus muertos, sus bombas, su terror, pero sobre todo con la complicidad de muchos, cambiaron, para mal, este país para siempre.
La sociedad, creyendo encontrar una "contra" que enfrentara a las guerrillas, permeadas y aprisionadas por el narcotráfico, creó o apoyó al monstruo de violencia llamado "paramilitarismo".
Y todos: facciones políticas, marimberos, narcotraficantes, guerrilleros y paramilitares se aliaron con delincuentes, creando una máquina de violencia.
Y de todo esto ¿quiénes han sido las víctimas?
Pues los huérfanos, las viudas, los secuestrados, los desalojados y en resumen: la sociedad colombiana.
Estas violencias, en casi todos los casos, se entrecruzan en una colaboración macabra y en no pocas ocasiones con la complicidad y apoyo de algunos o muchos miembros de la fuerza pública.
Estamos a días de la aprobación de la Ley de Víctimas.
Es claro, indiscutible que las víctimas tienen el derecho a "la verdad, la justicia y la reparación".
¿Pero quién debe reparar? Pues el Estado mismo.
¿De qué manera? Lo primero: siendo eficaz en la persecución e incautación de los bienes y riquezas de los victimarios.
Prácticamente toda su riqueza está aún en manos de testaferros o de particulares favorecidos por la corrupción de algunos funcionarios.
Y segundo: buscando participación internacional y logrando con imaginación que un Estado burocratizado, secuestrado por intereses particulares y desangrado por la corrupción de subalternos, destine los recursos a este fin.
Antier el señor Ministro de Hacienda, que no sabe cuánto puede valer la indemnización de las víctimas desde 1985, afirmó que será con impuestos y venta de activos.
Usted y yo, amigo lector, ¿somos culpables de lo que hicieron Marulanda, Jojoy y sus muchachos de las Farc?
¿Debemos responder por lo hecho por los Elenos? ¿Tenemos que pagar los daños del cartel de Medellín y de Cali?
¿Somos responsables de "los falsos positivos"? y por las barbaridades de Castaño, Mancuso y demás cómplices paramilitares.
Entonces ¿Por qué más impuestos?
Déjeme preguntarle: ¿Es usted un victimario?
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