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HISTÓRICO
Gabo, "su gran obra es su propia vida"
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Por: Mónica Quintero | Publicado el 17 de abril de 2014

Ese día, en el viaje que Gabriel García Márquez hizo con su mamá, le dijo, como razón para su papá, que lo único que quería ser era escritor. "Y que lo voy a ser".

Todavía estaba en los veinte y en sus bolsillos pesaba más la falta de dinero, que las mismas monedas. Lo que Gabo, como muchos le decían, o Gabito, como según los más allegados, dijo, y escribió en Vivir para contarla, era casi una profecía. O no. De todas maneras ya tenía una vida que le daba para escribir.

"Su gran obra es su propia vida y creo que lo consiguió", cuenta Gustavo Arango , quien escribió el libro Un ramo de no me olvides, en el que cuenta la vida del Nobel cuando estaba joven y era periodista del diario El Universal, de Cartagena.

Su vida no era una vida de escritor del centro de la ciudad, con dinero para dedicarse a escribir. Creció con sus abuelos en Aracataca y fue a estudiar Derecho a Bogotá, aunque en el 48, por lo de Gaitán, se devolvió a Cartagena, esa ciudad de sus amores. Solo que llevaba algo más en la maleta, expresa Arango: regresaba con la idea de ser escritor. Y estaba seguro de ello.

En La Heroica se reencontró con el Caribe y con la cultura popular. En el Universal encontró a Clemente Manuel Zabala. "Ese señor -añade Gustavo- era un maestro con lápiz en mano. Se sentaba con él a pulir el estilo. Gabito había leído mucha literatura del Siglo de Oro y le abrió las puertas a otra literatura". También a que le torciera el cuello al cisne, es decir, que tratara de escribir más decantado, porque, tal vez influenciado por lo que leía, era poético y lleno de adornos.

Los días difíciles
Antes de Cien años de soledad, García Márquez era un ser que caminaba como cualquier parroquiano. Incluso aunque ya había publicado La Hojarasca, su primera novela, y La mala hora y El Coronel no tiene quien le escriba, su nombre no se conocía. Plinio Apuleyo , uno de sus amigos, lo escribió para la Revista Diners, en el 2007: "Se quedó en París, en una buhardilla de hotel, sin saber cómo iba a comer al día siguiente, pero libre de no hacer nada distinto que escribir".

Aunque el Nobel tuvo ganas, una vez, de dejarle de creer a la literatura. Trabajó de periodista en Venezuela y luego llegó a México. "Lo curioso -anota el escritor de Un ramo de no me olvides-, es que no vivía de la literatura. Trabajaba en publicidad". También fue guionista de cine. Y aunque sí escribía, sus libros no los compraba nadie. Plinio, en el mismo escrito, afirma que cuando la editorial Julliard editó El coronel, solo se vendieron 25 ejemplares.

Así que cuando ya estuvo a punto de dejar la literatura, en unas vacaciones llegó la idea de Cien años de soledad. Se acordó de Tranquilina, su abuela, y de sus historias de cuando era niño. Y ahí volvió la intención de escribir. Se encerró 16 meses a que esa idea se quedara en el papel, mientras su esposa, Mercedes Barcha , lo empeñaba casi todo. Lo último fue la licuadora, para enviar la novela a Argentina.

No fue en su tierra
García Márquez no se hizo famoso en Colombia. "Argentina -explica Gustavo- era un gran centro editorial". Y Carlos Fuentes le hizo la conexión con el país gaucho. Era la última oportunidad, hasta por las palabras, que después se han hecho famosas, de su esposa: "Solo falta que esa hijueputa novela sea mala".

En el país, sobre todo en el interior, su nombre no era conocido. Incluso, según la anécdota que recuerda Arango, una de sus hermanas, que era monja, contaba que "los libros de su hermano estaban prohibidos" por algunas palabras. Hay que pensar solo en el final de El Coronel: ¡mierda!

Así que se hizo famoso fue en Argentina. Cien años de soledad fue como un encanto que se vendió y se vendió. Y ahí empieza toda la fama, que relató Tomás Eloy Martínez en una crónica para la Revista Número: los habían invitado a Argentina y Gabo y Mercedes pasaron desapercibidos. "Dos o tres días en el más injusto anonimato".

Después vieron un Cien años de soledad en la bolsa de mercado de una mujer y "esa misma noche fuimos al teatro del Instituto Di Tella. Estrenaban, recuerdo, Los siameses, de Griselda Gambaro (...). La sala estaba en penumbras, pero a ellos, no sé por qué, un reflector les seguía los pasos. Iban a sentarse cuando alguien, un desconocido, gritó «¡Bravo!», y prorrumpió en aplausos. Una mujer le hizo coro: "Por su novela", dijo. La sala entera se puso de pie. En ese preciso instante vi que la fama bajaba del cielo, envuelta en un deslumbrador aleteo de sábanas, como Remedios la bella, y dejaba caer sobre García Márquez uno de esos vientos de luz inmunes a los estragos de los años".

La fama
Gabito fungió muchas veces de mala clase. O eso parecía. "Es una persona tímida, que parece antipática. No hay peor desgracia para una persona tímida que volverse popular", comentó el también escritor Óscar Collazos.

El mismo Gabo lo escribió en una columna para El País de España, en 1982, cuando explicaba por qué no daba conferencias o participaba en actos públicos: "No lo hago por modestia, sino por algo peor: por timidez".

Ser tímido y famoso es difícil en esas circunstancias. Sonreír todo el tiempo, firmar autógrafos. Pagar el tiempo libre a un precio muy alto. Y lo señala Arango: "la sonrisa se gasta y puede haber un momento que es impaciente".

Sin embargo, los que lo conocieron hablan de un hombre muy amable, especialmente cuando estaba en un espacio de confianza. "Es un hombre de pequeños grupos, de muy sabrosa conversación, capaz de animar la fiesta -agrega Collazos- cantando un vallenato".

Fue un tipo muy disciplinado, también fiestero y reservado en su vida personal. "Hay secretos que se van con él", apunta Collazos. Él tuvo una vida pública, pero lo que fue suyo, no fue de nadie más.

El periodista
Después de Cien años de soledad, García Márquez no volvió a ser otra cosa que escritor. Óscar Collazos recuerda que en Barcelona, cuando lo conoció mejor, por allá en la década del 70, era una figura que no se quitaba su uniforme de mecánico. Lo llevaba, "quizá porque era el pantalón con el que trabajaba". Escribía, pues.

Tampoco nunca dejó de ser periodista. Lo era en sus novelas (registraba experiencias), salvo porque no se quedaba apegado a los hechos. "La base, lo que le dio la disciplina, fue su experiencia como periodista", manifiesta Arango.

Era tan disciplinado, recuerda Nelson Freddy Padilla , hoy editor dominical de El Espectador, que no le importaba trabajar hasta las cinco o seis de la mañana. "Así fuera un parrafito, nos tenía ahí hasta la madrugada para que quedara perfecto. Eso fue en 1998, cuando García Márquez compró Cambio y cumplió, aunque por poco tiempo, el sueño de tener una revista de crónicas y reportajes.

Nelson fue un orgulloso datero. Esa noche era el coctel de reinauguración de la revista y Gabo lo llamó y le dijo que salieran por la puerta de atrás, a escribir una crónica. Y él, de la alegría, camino al periódico pisó tanto el embrague que lo quemó. Estaba emocionado de estar trabajando con el Nobel, tan emocionado que igual llegó a hacer guardia, a esperar que alzara la mano y pidiera algún dato.

De hecho, alzó la mano. Estaba escribiendo una crónica sobre Hugo Chávez y a las tres de la mañana "le dio por saber de qué color era su uniforme en un día especial". A esa hora tocó llamar a Caracas y buscar quién sabía qué uniforme vestía ese día. "Era riguroso".

Y quizá como el abuelo del Nobel lo sentaba en sus piernas, Nelson lo recuerda exactamente como "el abuelo que lo sienta a uno y le cuenta historias. Era totalmente dulce y entonces lo sentaba y le daba consejos, como un abuelo que uno siente que conoce y que sabe como funciona el libro".

Corregía mucho, preguntaba mucho, confrontaba los datos y les decía que no adjetivaran tanto. También, Nelson le heredó el amor por la lectura y la literatura. "Todo el tiempo nos decía que un periodista que quiera ser un buen escritor, tiene que leer mucha literatura".

Le gustaban los temas sociales, sobre todo los que tuvieran que ver con la realidad de la gente.

En la primera página de Vivir para contarla se lee que "La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla". Gabo escribió la suya, a su manera. La otra es la de sus amigos y la de quienes leen y vuelven a leer esas páginas que escribió alguna vez.

Y aunque Gustavo Arango considera que "se habla mucho de él, pero no creo que se lean tanto sus novelas como se venden", Gabo es una leyenda. Porque solo es juntar el García más el Márquez, para saber que hay un Gabriel que le dijo una vez a su mamá, que lo que quería ser era escritor. Solo le faltó predecir, qué escritor.