Las noticias que llegan desde Haití son poco alentadoras. Diríamos que estremecedoramente preocupantes.
Dos años después del terremoto, su última tragedia, los vientos huracanados que tanto daño han hecho en la isla siguen soplando con voracidad sobre las desgracias de los haitianos, que no encuentran el camino para recuperar la esperanza en su futuro.
Después del sismo, en enero de 2010, todo ha cambiado para peor en Haití.
La reconstrucción parece congelada, como la historia del país más pobre del Hemisferio, y la cooperación internacional que llegó a borbotones tras el sismo, ahora naufraga entre la desconfianza y la débil institucionalidad política y gubernamental de Haití.
Que las jóvenes tengan que vender su cuerpo por agua es una derrota para todos.
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