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Holocausto tatuado en la memoria

PHIL Gans (a quien le asesinaron 22 familiares) y Kurt Nugarten, sobrevivientes del exterminio nazi, tienen el corazón atado a Colombia. El recuerdo de la guerra no se va.

  • Holocausto tatuado en la memoria | Fotos Manuel Saldarriaga | Phil L. Gans vive en E.U., aunque viene regularmente a Colombia, pues su esposa es antioqueña. A la derecha, Kurt Nugarten, quien vivió en carne propia el antisemitismo, llego a Colombia en 1938. Hoy vive en Envigado.
    Holocausto tatuado en la memoria | Fotos Manuel Saldarriaga | Phil L. Gans vive en E.U., aunque viene regularmente a Colombia, pues su esposa es antioqueña. A la derecha, Kurt Nugarten, quien vivió en carne propia el antisemitismo, llego a Colombia en 1938. Hoy vive en Envigado.
03 de septiembre de 2011
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El constante y vertiginoso taconeo de las botas de los alemanes mordiendo el andén hizo que Phil, despavorido, se levantara de la cama. Los nazis tocaban a la puerta.

Era la noche del 24 de julio de 1943 y los subordinados de Adolfo Hitler se presentaron haciendo caso al rumor de que en aquella casa del pueblo de Baarn (Holanda) se escondía una familia de judíos.

Phil, de 14 años cuando eso, pegó los ojos a la ventana que daba a la calle y vio a esos señores vestidos de chaquetas grises y entonces, de un brinco, se escondió en el clóset.

Por el toque de queda decretado por el Tercer Reich en toda Holanda, a esa hora (más de las 8:00 p.m. acaso) la familia de Phil dormía en pleno.

Para ese momento Phil o Philip L. Gans, junto con sus padres y hermanos, cumplían un año de haber comenzado a esconderse en vano: a veces con familiares, a veces con conocidos que arriesgaban la vida por un poco de piedad.

Y hacía un año que la casa y la fábrica de confecciones "Mode Industry Begea" se habían quedado abandonadas en Amsterdam, una de las ciudades de Europa Occidental tomada por los nazis. Holanda estaba ocupada desde el 10 de mayo de 1940.

Pero antes de dejar todo el patrimonio y emprender la huida, Levie, el padre de Phil, había cavado un hueco en el jardín para esconder una caja con joyas y objetos de valor, tal vez pensando, equivocadamente, que sobreviviría.

Una vez golpearon la puerta, Phil supo que alguien los había delatado. A lo mejor habría resultado sospechoso que la dueña de la casa, quien vivía solo con una persona más, todos los días fuera a comprar víveres como para ocho estómagos.

Y no les dieron tiempo de nada. Los arrestaron a todos y se los llevaron para una estación de Policía. Allá los esposaron por parejas: Levie con Lea (los padres de Phil); Sara con Rebecca (abuela y hermana); y Phil con Benjamin, su hermano mayor.

Si bien el movimiento nacional socialista alemán había decretado una persecución sin tregua en contra del pueblo judío (desde 1942 debían cargar un remiendo sobre la ropa con una estrella de David amarilla), ningún miembro de la familia Gans pensó que su destino estaría en Auschwitz, un complejo campo de concentración cerca de Cracovia, en el que posteriormente fueron exterminadas entre 1.5 y 2.5 millones de personas. El camino al infierno comenzaba y nadie, ni siquiera remotamente, lo sabía.

No hubo despedidas
A las 10 y un minuto de la mañana del martes 22 de agosto pasado, se abrió la puerta. Phil, a los 83 años de edad, asoma su cara de hombre diáfano, tranquilo, que destella una cierta energía difícil de explicar.

Phil aún lleva el tatuaje que los hombres de la "Waffen SS" -el escuadrón de defensa nazi a quienes premiaban por matar judíos en Auschwitz- le imprimieron en su antebrazo izquierdo. Sobre la piel se lee, algo difuso, el número 139755, la identificación en el campo de concentración.

Y no ha pensado en borrarlo. Muchos de los sobrevivientes del Holocausto curiosamente no quisieron hacerlo nunca, como tampoco se animaron a refinar la lengua yiddish, un alemán imperfecto que los judíos aprendieron durante el Holocausto.

El 24 de agosto de 1944, 1.001 judíos desembarcaron en Auschwitz, traídos del campo de Westerbork, entre quienes estaba la familia Gans. Tantos años que han pasado y Phil todavía ve los rieles y los vagones de ganado atestados de compañeros haciendo sus necesidades en un balde.

Al llegar, todos los hombres tenían que desfilar delante de un médico alto, peinado de lado, de semblante férreo, que Phil, por supuesto, no reconoció. Años después sabría que se trataba de Josef Menguele, el doctor nazi que por sus experimentos genéticos degradantes con niños fue llamado "el Ángel de la muerte".

El único fin de Menguele era el de crear una raza de pureza ejemplar, con métodos tan feroces como inyectar colorantes azules en los ojos de los judíos o como los de mandar a la cámara de gas a un gemelo para así poder comparar el resultado de la autopsia, con el genotipo de su hermano vivo.

En el documental " La voz de Josef Menguele, Sao Pablo, 1971, Spiegel TV ", se puede ver un documento del 29 de junio de 1944 en el que este hombre le remite a otro médico la cabeza de un niño para su estudio.

Era de noche cuando entraron en fila a Auschwitz. Fue la noche en la que Phil vio por última vez a Lea, su mamá, a Rebecca, su hermana, y a Sara, la abuela.

A las tres, Menguele las mandó para un grupo que filó al lado derecho. Les dijeron que las llevarían a tomar una ducha, para que se refrescaran.

Levie (padre) y Benjamin (hermano) se fueron para la izquierda. Cuando le llegó el turno a Phil, Menguele lo dudó, se quedó pensando, pero pasados unos segundos dijo: "izquierda".

Tres días después, Phil se enteró que "la ducha refrescante" no era más que una visita sin regreso a la cámara de gas, aquellos recintos herméticos en los que apiñaban seres humanos desnudos para rociarles ácido cianhídrico o cianuro de hidrógeno, un veneno capaz de matar en cuestión de segundos. No hubo tiempo de despedidas, de mandar bendiciones, de hacer el ejercicio de grabarse bien sus caras, nada.

Los judíos que murieron en el Holocausto no tuvieron derecho ni a una tumba y es por eso que los cementerios no son precisamente los lugares con los cuales más se identifican, cuenta el rabino Paul Heller, de la Comunidad Judía de Medellín.

A Phil todavía le tiembla la voz cada vez que escudriña en las entrañas de la memoria. La antioqueña Angela María Sierra, su esposa, lo excusa diciendo que cada vez que cuenta la historia, Phil "queda emocionalmente drenado".

Y tuvieron que pasar 55 años para que este hombre se decidiera a hablar. El secreto de la película de horror que pasó por sus ojos en Auschwitz lo guardó bajo llave, pese a todos los intentos infructuosos de su familia de que hiciera catarsis.

Alfredo Goldsmich, presidente del Centro Isrealita de Bogotá, pone sobre el tapete que los cientos de miles de sobrevivientes experimentaron después extraños sentimientos de vergüenza y culpabilidad. "Comenzaron a preguntarse, ¿por qué no me morí yo con ellos?".

Solo al pasar 20 años comenzaron a conocerse los relatos.

"Yo te puedo decir que en su personalidad, Phil tenía mucho resentimiento. Tenía pesadillas en la noche, era con rabia de todo lo que le habían quitado", dice Angela María.

En el Museo del Holocausto en San Petersburgo (Rusia), Phil habló por primera vez. Allá había ido con un conocido de la infancia, quien, delante de los estudiantes, lo invitó a contar su testimonio.

Primo Levi, un judío italiano que sobrevivió a las torturas y que tres décadas después escribió la trilogía más influyente sobre los campos de concentración nazi dijo en alguna ocasión que "cierta dosis de retórica es tal vez indispensable para que los recuerdos duren". Y eso fue lo que hizo Phil.

Porque las cicatrices no han terminado de sanar. El mismo Levi cuenta en sus libros ( Los hundidos y los salvados ) que en plena década del 80 (del siglo XX) aún se discutía si los sacrificados fueron 4, 5 o 6 millones. Levi se suicidó en 1987.

La humillación
El genocidio fue solo un capítulo. La paranoia alemana y, en consecuencia, la humillación a la que sometieron a toda una generación fue llevada a un extremo nunca antes visto en la historia de la humanidad. Kurt Nugarten, a los 97 años de edad, utiliza su memoria prodigiosa y fotográfica para contar que de joven fue perseguido por la Gestapo (la Policía secreta nazi), solo por ser sospechoso de haber tenido relaciones sexuales con una alemana no judía. "Me seguían, me interrogaron tres veces, fueron a mi casa y esculcaron en cada rincón".

Nugarten, siendo un niño en la escuela Gimnasio Real de la ciudad de Boppard, por poco es agredido por un compañero al haberse negado a cantar, al unísono en el salón de clases: "si chuzamos a los judíos y sale sangre nos va tres veces mejor".

Desde el 30 de enero de 1933, fecha en la que Hitler es nombrado canciller -recuerda Nugarten- los judíos comenzaron a perder sus empleos, ¡comenzaron a perder su estátus de personas!

Kurt, quien a los 16 años de edad era el mejor deportista de Alemania en lo que hoy se podría llamar triatlón, no pudo volver a entrenar. Cierto día le dijeron que era mejor que no volviera. Así no más.

Nugarten hoy está sentado en la sala de su apartamento en Envigado, Antioquia, mostrando el diploma firmado por el presidente Von Hindermburg (el antecesor de Hitler), que dice: "En las competencias deportivas nacionales de 1930, Kurt Nugarten conquistó una victoria". Más que un diploma y más que una joya histórica, las manos rugosas de Kurt sostienen una prueba amarillenta de la segregación sin límites. El 2 de octubre de 1938, poco antes de que estallara la guerra, Nugarten descendió de un barco noruego en el puerto de Buenaventura, Colombia, el único país que le dio la visa y una nueva vida.

Adiós hermano
Auschwitz estaba dividido en tres secciones. En la primera parte se levantaba un crematorio y un horno cercado de púas. El segundo campo, construido ante la insuficiencia del anterior, fue conocido como Auschwitz-Birkenau, de donde vienen aquellas famosas fotografías con montañas de muertos, cuyas cenizas servían como abonos para compactar los campos. Y de donde salieron esas desconsoladas imágenes de judíos esqueléticos y cadavéricos, asomándose desde las barracas.

Pero Phil fue enviado a Auschwitz III. Era el centro de trabajos forzados. Allá llegaban los más jóvenes. "Éramos entre 6 o 7 mil personas. Recuerdo prisioneros de guerra traídos de Inglaterra y mujeres ucranianas muy fuertes y grandes", evoca Phil.

Hubo quienes osaron escapar, "pero luego los encontraban y los colgaban delante de nosotros. Ver los pies de ellos todavía moviéndose nunca se olvida", continúa.

Phil todavía se tira a la cama a recordar a Benjamin, su hermano, esa vez que lo llevaron al hospital y que no se pudo recuperar de alguna dolencia y que por eso lo montaron en un camión y que entonces lo vio irse, sabiendo que la próxima parada era la cámara de gas. Es la primera vez que Phil derrama una lágrima en la entrevista.

Cada una de esas muertes fue consignada por los nazis con fría rigurosidad. En una de esas hojas aparece el nombre de Benjamin, cuya fecha de muerte fue el 28 de febrero de 1944 (Museo Auschwitz).

Para el 18 de enero del 45, la "SS" evacuó los campos, montaron en trenes a los sobrevivientes desprovistos de alimentos y agua. Comían nieve.

Pasaron por Oranienburg, por Flossenberg. Llegaron los ataques de las tropas aliadas, los trenes pararon y comenzó "la marcha de la muerte", una caminata de seis días, previo al derrumbamiento de la hegemonía nazi, en la que cientos de judíos murieron de cansancio o por disparos de última hora.

En ese momento, Levie, quien se había separado de Phil a su paso por Gleiwitz, fallecía a pocos centímetros de la libertad. Del cielo llovían papeles que decían "Surrender" (ríndanse).

Todo era confusión. Phil llegó a un pueblo, tal vez Stamsried, y en la puerta de una casa pasó la noche. Al despertar vio a su lado a un hombre muerto.

Meses después, Phil, solo, volvió a Amsterdam. Su casa ya no era su casa y la fábrica no existía. Entonces vino el recuerdo y pidió permiso para escarbar en el jardín. Casi un día cavó sin encontrar nada. Mientras devolvía la tierra al hueco, escuchó el sonido de un metal. Era la caja con las joyas que su padre había escondido y es aquí que Phil, con las manos embarradas, entiende, para el resto de su vida, el sentido de la fe: "Él jamás hubiera escondido nada sin tener la firme esperanza de que alguien iba a regresar".

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