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HISTÓRICO
La amenaza narco en Jamaica
EL COLOMBIANO | Publicado el 02 de junio de 2010
Ahora es Jamaica, pero la foto del momento es bien conocida por muchos otros países, incluido Colombia: un narco se gana la simpatía de una buena parte de la sociedad haciendo de benefactor, corrompe algunas instituciones y después desafía al Estado, pues él se considera el Estado.

Eso es, literalmente, lo que viene sucediendo en Tivoli, un distrito de Kingston, capital de Jamaica, donde la orden de captura con fines de extradición de un reconocido narcotraficante ha provocado la muerte de no menos de 70 personas que se enfrentaron a las autoridades durante los operativos de búsqueda de Christopher Coke, Dudus , el señor de la coca.

Guardadas las proporciones, pero con innegables similitudes, Centroamérica y el Caribe afrontan situaciones parecidas a las vividas hace algunos años en Colombia y más recientemente en México, con los llamados carteles de las drogas. El caso de Jamaica no dista mucho del que se presenta en Guatemala, Honduras y El Salvador, nuevos centros de producción y tráfico de drogas, donde muchos ciudadanos defienden la cultura narco y ven como benefactores a quienes los usan para la venta de estupefacientes.

Los narcos han encontrado en las debilitadas economías y frágiles democracias centroamericanas y caribeñas el escenario propicio para replicar modelos de intimidación, violencia y corrupción, parcialmente derrotados en otras regiones del hemisferio, pero con inminente peligro de reactivación. La laxitud de las políticas y la poca corresponsabilidad para atacar conjuntamente el problema en toda la cadena son evidentes.

En los últimos 10 años, mientras Colombia logró reducir a niveles históricos el área sembrada de cultivos ilícitos, y la producción de narcóticos se ha reducido poco más del 39 por ciento en los últimos tres años, la región de Centroamérica y el Caribe vio crecer de forma exponencial el comercio de drogas y la violencia asociada a ese flagelo.

Lo complejo de la situación y, por ende, la urgencia de emprender una acción decisiva y mancomunada en esa región, radica en que las condiciones geográficas, políticas, económicas y sociales son distintas al resto del hemisferio. Centroamérica y el Caribe han vivido violencias endémicas, están sobrepobladas y sus sistemas democráticos están por consolidarse, e incluso la presencia del Estado es débil o no existe.

La guerra entre pandillas y la exportación de las maras centroamericanas hacia otros países de la región es la muestra fehaciente de que la comunidad internacional sigue desempeñando un pobre papel en la lucha contra el narcotráfico y su red criminal. El dramático ejemplo de Jamaica nos indica que no hemos hecho bien la tarea y que se hace urgente hacerla, antes de que los narcos sigan haciendo la suya.

La situación de violencia que aún vivimos por cuenta del microtráfico de estupefacientes y la lucha territorial de las bandas criminales en algunas ciudades del país, incluida Medellín, debe hacernos entender que la situación en Centroamérica no está lejos de nuestra propia realidad.

Del apoyo a la institucionalidad, la colaboración con la Fuerza Pública, la recuperación de los valores y los mínimos éticos, así como el rechazo a la cultura del dinero fácil, dependerá que no tengamos que volver a las épocas en que los narcos pretendieron a sangre y fuego suplantar al Estado. Podemos correr el riesgo de tener de regreso a nuestros propios Dudus.