Después de meses de escuchar amenazas y leer discursos altisonantes, me atrevo a prever que estamos justo en la antesala de una gran guerra. Una inmensa. Una que afectará profundamente el transcurrir de la política mundial, dejará un daño económico irreparable y manchará de sangre Medio Oriente. Antes de julio, Israel atacará ferozmente a Irán, arropado en el discurso de la defensa nacional y preocupado por el poder nuclear del régimen islámico. Teherán, como lo ha enfatizado en la última semana, no temblará en reaccionar contra su enemigo y aquellos que hayan soportado el ataque.
Benjamín Netanyahu , primer ministro israelí, no oculta su deseo de realizar el bombardeo cuanto antes, aún sin el apoyo de Estados Unidos, pues dice haber diseñado un ataque quirúrgico, rápido y eficaz, que acabará con las instalaciones nucleares iraníes en pocos días y sin mayores consecuencias.
Las duras sanciones económicas impuestas a Irán por la UE y Estados Unidos, promovidas por Barack Obama , son consideradas insuficientes por Israel y, según Netanyahu , solo las armas pueden frenar los intereses nucleares de su vecino.
Lo que no parece calcular es que el resultado de ese bombardeo será catastrófico. Irán no es Irak o Afganistán, donde Estados Unidos ha atacado antes, ni es Libia o Egipto, donde el apoyo de Washington tumbó dictadores. Irán es, por el contrario, uno de los pocos enemigos estadounidenses que repelerán un ataque con fuerza.
Más preocupante aún es la capacidad iraní para crear una debacle económica si decide cerrar el estrecho de Ormuz, punto de paso del 20 por ciento del petróleo mundial. Este cierre, según Washington, significaría la bandera de inicio para una intervención con toda la fuerza de su ejército. El conflicto escalonaría exponencialmente.
Aunque Irán niega que su producción nuclear esté enfocada a las armas y a pesar de que la inteligencia del Pentágono reconoce que faltan varios años para que el programa de Teherán logre una bomba nuclear, Israel no escucha razones y considera que es mejor actuar cuanto antes. Bombardear Irán será un error que abrirá aún más la grieta entre Medio Oriente y Occidente y reforzará la idea de que Israel y Estados Unidos son potencias abusivas que actúan unilateralmente.
Entre sus intenciones está sacar del juego al presidente iraní Mahmud Ahmadineyad pero, por el contrario, el ataque fortalecerá su discurso de odio y hará que su pueblo lo rodee en un fervor nacionalista.
Solo Barack Obama estaría llamado a detener la guerra pero no lo hará. En un año electoral las decisiones que tome están ligadas a su reelección y mostrarse débil contra un país enemigo puede alejarlo de cuatro años más en la Casa Blanca.
Israel, entonces, tiene el camino despejado.
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