HISTÓRICO
La estupidez de tener armas
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Diego Aristizábal | Publicado el 03 de noviembre de 2010

Hace poco la viuda de José Saramago, Pilar del Río, estuvo en Brasil y bajo el brazo llevaba en una carpeta las últimas treinta páginas que el escritor imprimió antes de morir. Sabemos por las declaraciones que dio a la prensa que el tema que trabajaba el escritor mientras lo visitó la muerte, era las armas, escribía sobre un grupo de honestos trabajadores de una fábrica de armas que hacían bien su trabajo para matar a otros.

En la última película de Jean-Pierre Jeunet, que se proyectó hasta esta semana en el Colombo Americano, con un estupendo humor negro, un grupo de "desadaptados" planean una venganza contra los fabricantes de armas a raíz de que el protagonista, Bazil, es impactado por una bala perdida. A esto es necesario sumarle que Bazil quedó huérfano siendo muy joven porque su padre murió por culpa de una bomba cuando era soldado.

En un capítulo de Nip Tuck un niño de unos nueve años saca una pistola y le dispara a Papá Noel al concluir el inventario de cosas que él le ha pedido a lo largo de los años y que no ha recibido así se haya portado muy bien.

Estos son apenas tres ejemplos de cómo la literatura, el cine y la televisión se han ocupado del negocio de las armas de fuego. La lista, si quisiéramos ser más exhaustivos, sería infinita. Pero a pesar de estas manifestaciones en contra de las armas, el negocio no cambia, al contrario, cada día muchos países tienen la convicción de que tener armas les da poder, atemorizan a quienes se atrevan a tocarlos. Lo peor es que esa idea también se ha replicado en muchas personas que no se sacan de la cabeza la idea de portar un arma legal o ilegalmente.

La semana pasada leí en la prensa que Rusia exportará más de 10.000 millones de dólares en armamento este año, la mayor cifra de su historia, según la corporación estatal Rosoboronexport que ostenta el monopolio de la venta de armas rusas. Para colmo, ahora no hay un único país que monopoliza la compra, India o China se disputaban el primer puesto, sino que cerca de diez países representan el 90% de estas compras. Como quien dice, poco a poco los países del mundo se alistan para la guerra, entre ellos Venezuela que le compró los misiles S-300 que Rusia le negó a Irán.

Cuando se compra armamento no cabe la menor duda de que lo que se pretende es demostrarles a posibles adversarios que en caso de agresión, dicho ataque puede salir muy caro. Lo mismo, repito, se refleja en las personas que están convencidas de que un arma es necesaria para cuidarse del otro. Lo delicado del asunto es que en esta guerra armamentista ni los países ni las personas son conscientes de que cuando el dedo está en el gatillo no hay que hacer mucho esfuerzo para que el arma se detone. Después del primer disparo no hay nada qué hacer: se lamentan las guerras y muchos ingenuos se arrepienten porque asesinaron sin querer al que no era. Las armas enaltecen la estupidez del hombre.