"El único acuerdo humanitario que acepto es que liberen unilateralmente y de inmediato a todos los secuestrados, que cesen los actos de violencia y hagan paz". Esta declaración del Presidente Uribe corresponde exactamente al concepto de la guerra total, donde (1) No hay ningún diálogo posible con el enemigo (ni siquiera para intercambiar prisioneros) y (2) La única "paz" pensable es la rendición incondicional.
Las dos tesis implican un endurecimiento en la ya dura posición de Uribe. Durante más de seis años admitió la posibilidad de dialogar con la guerrilla, autorizó e incluso envió a distintos mediadores, propuso fórmulas y señaló condiciones para el "canje humanitario". También decía (por ejemplo ante la ONU o en su segundo Discurso de Posesión) que estaba dispuesto a "negociar la paz" con la guerrilla -como de hecho negoció con los paramilitares.
El endurecimiento es una respuesta directa a la liberación unilateral de los secuestrados por parte de las Farc. O sea que, de entrada, es una negación de lo humanitario como un valor in se (no importaba la libertad de los rehenes: importa ganar la guerra). Y en lo estratégico es una forma de abortar cualquier ganancia de popularidad, espacio político o ventaja militar que las Farc hubiesen buscado o pudieran obtener con su jugada.
Nadie ha podido decir en qué consistiría la ventaja militar de la guerrilla al liberar seis secuestrados: de hecho fue el Estado quien trató de obtener "inteligencia" con sus mal escondidos "sobrevuelos". Y la ganancia política si acaso habría consistido en mostrar una guerrilla algo menos criminal, quizás interesada en explorar las vías de la paz negociada.
Pero esto habría entreabierto el debate prohibido acerca de (1) Si en Colombia existe conflicto armado o terrorismo, (2) Si es posible -y a qué costo- la rendición incondicional de las guerrillas, y (3) Si es posible -y sensata- la salida negociada.
Las Farc han hecho todo para ganarse el odio de los colombianos y por eso, de lejos, predominan los halcones. Para la mayoría de la gente "los terroristas están a punto de rendirse y no hay lugar a diálogos"; nos hallamos en medio de una guerra total, que según los teóricos supone (1) La movilización de todos los recursos, (2) contra la encarnación de "el mal" que nos agrede sin razón alguna, (3) hasta lograr su exterminio o su capitulación, (4) donde todo se vale y (5) disentir, preguntar o peor aún, contactar al enemigo, son actos de traición.
En vísperas de un año electoral y con la continuidad del uribismo en juego, el gobierno está empeñado en impedir que el debate tan siquiera se inicie, y por eso se apresura a tildar de "cómplices del terrorismo" (o cuando menos de casos del "síndrome de Estocolmo") a quienes osan disentir, preguntar o contactar al enemigo: son traidores: por ende el candidato que vacile o se aparte de la línea ultra-dura está contra la Patria.
Pero las mayorías no necesariamente tienen la razón -y menos si abiertamente las mueve la pasión-. Los colombianos tenemos razón en odiar a las Farc, pero el odio ciega y el odio ciega más aún. Así que aquellas tres preguntas no sólo son legítimas sino además urgentes y vitales para ponerle fin, por fin, a este desangre.
Alguien podría razonar que en Colombia hay un conflicto armado cuyos actores realizan actos terroristas, que la rendición incondicional de las Farc está lejos o es costosa, que tras los logros de la Seguridad Democrática es posible y sensato explorar la salida negociada -sin suspender ni descuidar por eso las acciones militares-.
Voces como esas deben poder oírse en estas elecciones porque en caso contrario sobran las elecciones.
Y es porque la guerra total, como fue concebida por Churchill o por Roosevelt, es una guerra entre Estados donde se juega la existencia del Estado, no una guerra civil donde se juega el carácter del régimen político. Las Farc son asesinas, pero son colombianas y sus raíces, por mucho que nos duela, se encuentran en Colombia.
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