Es un pedazo del día en el que dan ganas de abrir los brazos y volar. Ocurre cuando la mayoría de las aves que habitan el Parque Natural Sanquianga, ubicado en la esquina noroccidental del departamento de Nariño, descansan sobre los arbustos que forman los manglares y basta con un murmullo, una brisa suave, el ruido de un motor, para que ellas salten de sus ramas y suceda un acto de magia: el escape no es un violento aleteo de pánico, sino un suave deslizamiento por el cielo; miles de pelícanos, garzas, patos aguja y fragatas abren sus alas y forman una danza silenciosa que se extiende por el firmamento y se refleja en el agua que surca los esteros.
Es en ese preciso momento en que dan ganas de abrir los brazos y comenzar a volar.
Minutos antes de la interrupción en otro rincón del parque, Luis Jiménez García, el coordinador administrativo del Parque Nacional, armado con binoculares y sobre la lancha que causara la estampida, contaba las piuras, pequeñas aves migratorias que reposaban de un viaje maratónico: partieron desde las heladas montañas de Alaska, Estados Unidos, y detuvieron su viaje en las ramas del Parque.
-¿Por qué llegan precisamente aquí?- le pregunto a Luis, que mantiene el binocular sobre el rostro y no duda un segundo en responderme.
-Por los manglares.
Los manglares de Sanquianga son la reserva más grande de esta planta sobre el Pacífico americano. Son 80 mil hectáreas protegidas de árboles que parecen empinados sobre el agua, donde se reproduce la mayoría de la fauna marina que va hacia el océano.
Por eso la cantidad asombrosa de pájaros. Unas 27 especies de aves (entre residentes y migratorias) buscan camarones, peces, langostinos y pianguas, que nacen en las raíces que escarban el suelo pantanoso para buscar el sustento salino, el agua del mar que las alimenta.
-El mangle es como una salacuna para los animales marinos, en especial para los peces pequeños y los camarones. Abundan en las raíces -me explica Luis, sumando los números que escribió en una libreta mientras contaba las piuras.
La piangua
Después de asustar a los pájaros con el rugir del motor de la lancha, nos dirigimos por los esteros, que son como las calles del parque, hacia El Carmen.
Sanquianga no solo tiene muchos pájaros. También es el único Parque Nacional de Colombia con una población de nueve mil habitantes distribuidos en 52 veredas.
El Carmen es una de esas veredas, ubicada en el corazón de la reserva. Es un arrume de casas hechas con pedazos de tabla que sobrevive en una playa de arena gris. En la mitad de un terreno pantanoso, un grupo de niños juega fútbol bajo el cielo nublado, que es constante en este lugar.
-Las aves no son las únicas que sacan algo de las raíces, -me dice Lucho (ahora le decimos así porque ya le tenemos confianza) y señala uno de los canales.
Una delgada barcaza de madera se acerca lentamente flotando sobre el agua. En la frágil embarcación se observa a cuatro mujeres, una canasta repleta de algo que parecen piedras y una escopeta.
Las cuatro mujeres son piangüeras, una labor ancestral que heredaron de las otras mujeres que antes habitaron Sanquianga. Es un oficio exclusivo de ellas, los hombres a pescar, ellas a recoger la piangua, un animal marino invertebrado que vive en el suelo donde crece el mangle.
-Es una especie de ostra que se vende muy bien al Ecuador -responde Lucía, la coordinadora de este grupo de mujeres, mientras le quita el barro a una de las cosas que parecen piedras y me la muestra. En efecto, parece una ostra-. Y es de lo que vivimos aquí.
Vivir es un decir. Son diez mil pesos por cien pianguas, por ocho horas de trabajo en las dificultosas raíces de los manglares. Son ocho horas inclinadas, hurgando el suelo fangoso, arañando, como si estuvieran moldeando arcilla, buscando algo sólido que se convierta en la esperanza de comida para sus hijos, que son numerosos.
-Pero cada vez nos toca ir más lejos- me dice Laura, con una sonrisa enorme que esconde todo lo que sufren estas mujeres en un día de trabajo.
-¿Por qué?
-Por el canal Naranjo.
El canal Naranjo fue una abertura hecha por un comerciante entre los ríos Patía y Sanquianga (que desembocan en el Pacífico en terrenos del Parque), en 1972, para agilizar el transporte de madera. El canal, que era de un metro de ancho, debido a la caudalosa corriente del Patía que se trasladó a la del Sanquianga, ahora es un boquete gigante de 330 metros.
-La sedimentación del río Patía acabó con la fauna de los manglares, porque endulzó el agua que antes era salada -explica Mauricia, otra de las de piangüeras-. Nos toca viajar tres horas donde la sedimentación no haya llegado todavía, para encontrar la piangua.
Lo peligroso es que la pluma de sedimentación ya se salió de madre y camina silenciosamente hacia los corales del otro lugar de nuestra visita: el Parque Natural Isla Gorgona.
La isla
Gorgona es una isla famosa. Es como la estrella de los parques naturales, porque no solo tiene todo el antencedente histórico del general Pizarro y la leyenda de que el lugar era habitado por serpientes comehombres, sino por la prisión que también se comió el alma de muchos hombres y las ballenas jorobadas que bailan en el aire buscando el cielo.
Camino a la isla se puede apreciar el recorrido que lleva la pluma de sedimentación, el color del agua pasa del café de la tierra al azul intenso del mar. Realmente está cerca.
También el miedo que va con uno aumenta. Mientras la lancha avanza, se incrementa el pánico a las serpientes, al mar inundado por mil especies de peces de todas las escamas, a la espesura de la selva, de la que uno desconoce qué le va a salir. Es ir de frente hacia la naturaleza pura y salvaje, demasiado lejos de la civilización.
Dos horas después de partir de Sanquianga, se llega a la playa de Gorgona. Un grupo de guías del parque nos recibe equipado con bermudas y botas de caucho reglamentarias. Pero antes de cualquier saludo de bienvenida y las instrucciones rutinarias, uno de los guías señala el horizonte.
-Eyyy, miren, las ballenas- grita.
Sobre la línea imaginaria que dibuja el mar se desliza un lomo oscuro y enorme que parece girar sobre sí mismo seguido por un chorro de agua que expulsa hacia el firmamento. Finalmente, como diciendo adiós con la mano, su aleta posterior se sumerge cortando el agua como si fuera de seda.
El espectáculo es sobrecogedor. Lo mejor de todo esto es que no solo es una la que sale a darme la bienvenida: tres ballenas jorobadas repiten el milagro, como un saludo representativo de las demás, que cada año llegan a las aguas cálidas de la isla para aparearse y reproducirse.
De ese modo, la perspectiva voraz y peligrosa de Gorgona se evapora y frente a uno emerge una isla frondosa y mágica, en la que cuadrillas de micos cariblancos pelean al frente a la hora del almuerzo y los lagartos basiliscos se quitan la cresta para dar la bienvenida.
En la playa de piedras lisas al lado de los guías está Mauricio Gutiérrez. Él es el coordinador ecoturístico de la concesión que administra la isla desde hace un año. Es un bogotano experto en deportes extremos.
Es él quien me explica que la riqueza de la isla está bajo el agua. De las 60 mil hectáreas que componen el parque y de las 2.160 especies de animales que lo habitan, solo el uno por ciento corresponde a tierra firme.
Por esa razón Gorgona es uno de los rincones favoritos para bucear en el país. Sin embargo, para hacerlo hay que tomar un curso y estar acreditado. Pero no tengo el curso y, por supuesto, el carné que certifique ese entrenamiento.
-No se preocupe, puede caretiar- propone Héctor, un alegre moreno quien es el encargado de la guía por el parque.
Caretiar es la forma artesanal de conocer el tesoro oculto de Gorgona. Simplemente hay que ponerse una careta o snorkel, un par de aletas que me entrega Héctor, y listo. Ya con todas las herramientas, nos montamos en una lancha que nos conduce hacia un lugar cercano conocido como el acuario.
Guiado por Mauricio, sumerjo la cabeza en el agua y frente a mí aparece otro espectáculo de la naturaleza: el fondo de este mar que se siente caótico y en desorden en la superficie por la falta de la claridad del sol (Gorgona es uno de los lugares más húmedos de Colombia), es una caricia de la naturaleza.
Y apenas logró aclarar la vista ocurre el mismo prodigio de Sanquianga, solo que esta vez bajo el agua: centenares de peces salen de sus madrigueras submarinas y comienzan a circular en grupo alrededor de los tres curiosos que aletean emocionados. Es un espectáculo de colores, movimiento, contrastes en el que un pequeño banco de peces pasa por tus manos, mientras de uno de los orificios de un coral amarillo surge una morena con la boca abierta, con toda la disposición para atacar. "Es pura pantalla", me dice Héctor después.
Mientras intento tocar los peces plateados que juegan en mi mano, más abajo observo cómo un pez papagayo busca comida en los rincones de otro coral violeta. Y atrás, varios peces bravo (famosos por su exquisita carne) corretean otro grupo de peces dorados, que se escabullen de la persecución con facilidad. Entonces comprendo las palabras de Mauricio antes de ingresar al agua, mientras veníamos para El Acuario: "en diez minutos, aquí, puedes observar más fauna y biodiversidad que en diez horas en la sabana de cualquier país africano".
Una hora después, obligado por la falta de sol, debo salir del agua y volver a la isla. Cuando regreso a Medellín, llego con la convicción de que el Pacífico, representado por Sanquianga y Gorgona, con su inmensidad desbordante, es un milagro natural, una huella que dejó Dios a su paso por Colombia.
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